MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMÉRICA No. 336 SEPTIEMBRE DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388
Durante años, la obesidad se relacionó principalmente con el peso y la responsabilidad individual. La mala alimentación, el sedentarismo o la supuesta falta de disciplina eran señalados como sus principales causas.
Pero ¿qué ocurre cuando esas decisiones están condicionadas por el lugar donde se vive, los ingresos, el acceso a alimentos saludables, la educación y la posibilidad de recibir un diagnóstico y tratamiento oportunos?
La obesidad es una enfermedad crónica y multifactorial. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su desarrollo intervienen factores genéticos, neurobiológicos, conductas alimentarias y condiciones del entorno. Los cambios en los sistemas alimentarios, el sedentarismo y determinados factores sociales contribuyen a la existencia de entornos obesogénicos. La OMS estima que más de 1.000 millones de personas viven con obesidad.
Además del impacto sobre la calidad de vida, la obesidad está asociada con un mayor riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, apnea del sueño, osteoartritis y algunos tipos de cáncer.
Las condiciones en las que las personas viven influyen en sus decisiones alimentarias y de actividad física.
Según Carlos Alberto Díaz, “hablar de obesidad sin hablar de entornos es no tener un panorama claro”.
El especialista señala factores como la amplia oferta de ultraprocesados, las diferencias de precio frente a opciones saludables y la disponibilidad de comidas fritas y procesadas.
A esto se suma la denominada “carrera armamentística de la palatabilidad”, estrategia mediante la cual determinados productos son diseñados para resultar altamente atractivos al consumidor mediante combinaciones de azúcar, sal y grasas.
Alexandra Restrepo, especialista en medicina familiar y comunitaria, señala que la obesidad no puede entenderse únicamente desde el peso.
“La obesidad es una enfermedad multifactorial, es decir, factores genéticos, hormonales, metabólicos, ambientales y hasta psicológicos inciden en quien la padece”, afirma.
Aunque reconoce el papel de las decisiones personales, advierte que estas están condicionadas por diferentes circunstancias:
“Es importante aclarar que la elección individual existe, pero no ocurre en condiciones completamente iguales. Desde la medicina preventiva y salud pública se reconoce que el comportamiento alimentario está influenciado por el entorno, por eso no sería responsable culpar exclusivamente al individuo sin conocer el entorno que habita”, explica.
Para Restrepo, uno de los principales retos es fortalecer la prevención y la atención integral, además de la vigilancia sobre la publicidad de alimentos ultraprocesados. El objetivo, afirma, debe ser “crear condiciones que faciliten una vida saludable”.
El país ha desarrollado normas para promover entornos alimentarios más saludables y mejorar la información al consumidor, entre ellas la Ley 2120 de 2021 y su reglamentación sobre etiquetado frontal de advertencia.
También existen disposiciones para la clasificación antropométrica del estado nutricional, como la Resolución 2465 de 2016.
Sin embargo, el reto está en convertir estas medidas en prevención efectiva, diagnóstico oportuno, acceso al tratamiento y atención integral.
La Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo ha insistido en reconocer la obesidad como una enfermedad crónica y en fortalecer un abordaje basado en evidencia. En ese sentido, plantea la necesidad de “homologar un lenguaje amplio que esté sustentado bajo evidencia científica para el abordaje del paciente con obesidad”, además de fortalecer el uso y la vigilancia de las herramientas farmacológicas y quirúrgicas disponibles.
La historia de Inés Durango, de 50 años, muestra la distancia que puede existir entre las normas y el acceso efectivo a los servicios de salud.
Diagnosticada con obesidad aproximadamente hace una década, comenzó a presentar dolores en el pecho al caminar y dificultades incluso para recorrer distancias cortas.
Inés señala problemas para acceder a citas médicas y especialistas. Aunque reconoce que existen programas que podrían ayudarla, asegura que “por falta de tiempo y recursos no le ha sido posible asistir”.
Su experiencia evidencia que reconocer la obesidad como enfermedad y establecer medidas de prevención no garantiza, por sí solo, el acceso oportuno a la atención.
Colombia ha avanzado en regulación y reconocimiento de la obesidad como problema de salud pública, pero aún enfrenta desafíos en prevención, diagnóstico, acceso y tratamiento.
Por eso, ante la pregunta de si Colombia está preparada para enfrentar la obesidad, la respuesta todavía no parece ser afirmativa.
La obesidad no es solo una cifra en la báscula: es una enfermedad multifactorial que requiere una respuesta integral.
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