MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMÉRICA No. 336 SEPTIEMBRE DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388

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pintura de dos mujeres, una frente a otra.

La química del carbono: sobre lo que nos hace amigos

Autor
Por: Luisa Fernanda Hincapie - Psicóloga
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No recuerdo el día en que nos volvimos amigas. Sé el año, más o menos; sé que había un trabajo de por medio y una conversación que se alargó más de lo previsto. Pero el instante exacto en que dejamos de ser dos personas cordiales para convertirnos en otra cosa se me perdió. De los amores uno recuerda fechas. De los amigos, casi nunca.

A esa amiga —la del año que no recuerdo bien— le debo, entre otras cosas, el nombre de mi perro. Se llama Jaime Molina. No por casualidad, y tampoco porque en casa tuviéramos una afición particular por los nombres de pintores, sino por una canción de Rafael Escalona y por ella. “Comprendo: no es el pensamiento, sino la amistad, lo que da valor a la condición humana del vallenato”, escribió Gonzalo Arango. Lo pienso cada vez que llamo al perro.

El libro que me puso a pensar en todo esto se llama, sin más, Amistad. Jacobo Bergareche y Mariano Sigman se sientan alrededor de una mesa con un grupo de invitados, sirven vino y ponen sobre ella una pregunta que parece sencilla hasta que uno intenta responderla: ¿qué significa ser amigo? Es un banquete, en el sentido socrático de la palabra. Entre los comensales aparece Rosa Montero, que llega con Petra, su perra pequeña. Cuando le preguntan si considera a Petra una amiga, responde que no. Para ella, los perros pequeños exigen una relación más parecida al cuidado de un bebé; con los grandes, en cambio, encuentra algo más próximo a la reciprocidad. ¿Y a partir de qué tamaño empieza un perro a ser amigo? “A partir de treinta kilos”, contesta sin dudarlo.

Me reí sola. Y después me quedé pensando en que todos tenemos una lista, aunque no la digamos en voz alta. Sabemos quién es amigo y quién no. Lo que no sabemos es por qué.

Bergareche y Sigman recurren a la expresión “química del carbono” para nombrar el elemento inexplicable que hace que dos personas sientan el deseo de ser amigas. Me gusta, porque le pide prestado el lenguaje a la química para nombrar justo lo que no se deja medir.

Y, sin embargo, conocerse apenas abre la puerta. Después viene lo más difícil, que es también lo más lento. Aristóteles pensaba que el simple deseo de entablar amistad no bastaba para que esta existiera: hacía falta tiempo. Hay algo casi molesto en esa idea. Estamos acostumbrados a querer resultados rápidos; conocer, conectar, gustar, seguir en contacto. Pero la amistad parece pertenecer a otro ritmo. No se declara. Se acumula.

Se acumula en cosas menores: un trasteo, una espera en un pasillo de hospital, tres días de gripa, un chisme, una discusión por algo que ninguna de las dos recuerda después. En las conversaciones que se alargan sin que nadie sepa muy bien cómo empezaron. En el “avísame cuando llegues” que se vuelve costumbre. En aprender cómo toma el aguardiente, y en saber, por el tono de un mensaje, que algo no está bien.

Bergareche y Sigman comparan la amistad con un fuego: cuesta trabajo conseguir que prenda, pero, una vez encendido, no exige empezar de cero cada vez. Basta con volver de vez en cuando para que siga vivo. Me hizo pensar en los amigos a los que veo una vez al año, por la fecha de mi cumpleaños, y con quienes retomo la conversación en mitad de una frase, como si entre la última vez y esta no hubieran pasado meses sino un par de minutos. Con ellos la palabra “mantener” no sirve de mucho. A los amigos no se los mantiene, se los retoma. Una de las pocas cosas que, sospecho, el tiempo hace bien.

Alrededor de esa misma mesa caben también los desacuerdos. Me interesó encontrar allí una idea que parece sencilla y no lo es, no necesitamos pensar igual para ser amigos. Tal vez incluso necesitemos pensar distinto.

Hay una diferencia entre tolerar a alguien, aceptarlo y dejar que su diferencia nos modifique. En el libro llaman a esto “extenderse”. Me quedé con la palabra porque tiene algo de movimiento. Un amigo no tendría que ser solo alguien que confirma nuestra manera de mirar el mundo; también puede ser alguien que nos obliga, cada tanto, a mirarlo desde otro lugar.

Al mismo tiempo, pienso que hemos confundido demasiado la afinidad con la amistad. Nos gusta estar cerca de quienes nos entienden, nos dan la razón, comparten nuestros códigos; es cómodo. Pero una amistad que nunca nos incomoda ni nos hace revisar nada termina pareciéndose a un espejo, y un espejo solo devuelve lo que ya trajimos. Los amigos que más me importan hacen algo más raro: a veces me confirman y a veces me desmienten, y rara vez sé de antemano cuál de las dos cosas voy a necesitar.

Los autores proponen una idea que inquieta: nuestros amigos conservan versiones de nosotros que no sobreviven exactamente de la misma manera fuera de esa relación. Si uno se detiene en la idea, agobia un poco. Perder a un amigo es perder también una parte de uno que quizá no tenga otro lugar donde vivir. Montaigne, intentando explicar por qué quería tanto a La Boétie, terminó escribiendo: “porque era él; porque era yo”.

Vuelvo, no sé bien por qué, al nombre del perro. Cada vez que lo llamo estoy nombrando, sin proponérmelo, una canción y una amiga. Una parte de esa amistad se quedó a vivir ahí, en dos palabras que repito en voz alta todos los días sin medir lo que cargan.

Las palabras nos permiten comprobar hasta qué punto las cosas nos ocurren dos veces, cuando pasan y cuando las contamos. Quienes trabajan en salud lo saben desde el lado difícil, han visto a alguien recibir una noticia y buscar de inmediato el teléfono. No siempre llaman a un familiar. Llaman a la persona a la que le pueden decir la verdad sin tener que dar muchas explicaciones.

Por eso, en septiembre, cuando celebramos la fecha del amor y la amistad, se me ocurre algo menos solemne que compartir una frase bonita sobre los amigos. ¿Qué tal llamar a uno? Sentarse a la misma mesa, servir algo, dejar el teléfono lejos y quedarse conversando hasta que se olvide la hora. Contarle la vida y que nos cuente la suya.

Con suerte habrá un vallenato de fondo y alguien, al otro lado de la mesa, que entienda por qué mi perro se llama como se llama.


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Autor

Andrea Ochoa Restrepo

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