MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 80    MAYO DEL AÑO 2005    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

La callada presencia
¿Qué hacer con los auditores?
Emilio Alberto Restrepo Baena - Gineco-obstetra / Laparoscopista - elpulso@elhospital.org.co
“Cuando uno está estudiando medicina y es pichón de médico nos decía con su habitual tono picante y malicioso mientras entornaba pícaro las cejas el inolvidable profesor Tomás Quevedo todos aspiramos a ser cirujanos, ginecólogos, ortopedistas, internistas, pediatras, en general, especialistas médicos o quirúrgicos: No conozco el primero que en la mitad de la carrera diga: mi sueño o la gran aspiración de mi vida es ser auditor médico“.
Y es que en el comentario del que siempre fue un agudo y brillante observador de la realidad, se esconde una gran verdad que desnuda uno de los grandes problemas de la auditoría médica en nuestro medio: La falta de vocación, el no responder a una motivación existencial y académica inequívoca que trate de realizar el derrotero de las utopías y esperanzas que uno alimentó en sus expectativas cuando estudió la carrera y añoraba ser un gran especialista, dispuesto a servir al prójimo bajo los preceptos del juramento hipocrático.
Porque es claro, lo vemos en el día a día y lo sufrimos en el ejercicio cotidiano: La gran mayoría de los auditores médicos lo son, no porque así lo hubieran planeado desde siempre, sino porque no pudieron ser especialistas médicos o quirúrgicos, o porque no pasaron el examen de postgrado, o porque las notas no fueron suficientes o porque no contaban con los recursos que demanda estudiar entre tres y cinco años de tiempo completo y con dedicación exclusiva.
Esto en sí mismo no es malo. También casi nadie quiere ser, de adulto, taxista o vigilante, y por circunstancias del destino es necesario asumir tales oficios, y hay mucha gente que lo hace con gran altura, competencia, decoro y decencia, sin desmerecer la profesión y dejando en alto la representación del gremio, pues el trabajo siempre dignifica al ser humano y no hay que descalificar gratuitamente sectores productivos al caer en generalizaciones arbitrarias. Pero nos llama la atención que en casi todas las reuniones de especialistas o de juntas directivas de clínicas o de agremiaciones o en congresos y seminarios de educación médica, uno de los temas recurrentes, casi el deporte favorito, es el “tiro al auditor”.
Porque hay un concepto unánime: No se entiende la saña con que el auditor persigue al especialista como si éste fuera una peste. No es claro el porqué en el acto médico cotidiano, el especialista tiene que demostrar que no es un delincuente, que cada historia no es una crónica policial de un potencial robo o de un acto irresponsable. ¿Es quizá una motivación personal de algunos representantes de un gremio contra otro? ¿Es un resentimiento gratuito e incorporado a la estructura de la profesión? ¿Es fomentado desde los claustros? ¿Es presionado por las instituciones que sólo persiguen un fin económico olvidando la vocación de servicio, entrega y atención con calidad al usuario?
¿Es acaso cierto que hay directrices concretas de algunas Empresas Promotoras de Salud de glosar la mayor cantidad posible de historias para dilatar durante meses el pago de las cuentas? La leyenda dice que una desaparecida EPS ordenaba glosar en forma consciente y sistemática el 90% de las historias clínicas para postergar las obligaciones, y lo peor es creer o suponer que los médicos auditores se prestaron para esto.
¿Por qué esa desconfianza recurrente? ¿Es sólo por discrepancias conceptuales, o tal vez por falencias académicas? ¿Hay algo más que explique la reticencia de los auditores para aceptar la buena fe del especialista, que de entrada disparan con la “No pertinencia“ del criterio del médico tratante?
Porque de otra manera, ¿cómo se explican casos como no autorizar la atención de un niño con diarrea severa con deshidratación o amigdalitis purulenta febril a medianoche por “no considerarlo una urgencia“? O, ¿de una paciente con dismenorrea incapacitante en la madrugada por ser “un cólico normal que no amerita atención prioritaria“ o negar una mamografía a una señora de 46 años con dos hermanas con cáncer de mama por “no encontrar pertinencia“? O, ¿glosar una cuenta de una paciente operada de una apendicitis aguda, que resultó en laparatomía en blanco por considerarla “un error diagnóstico por falta de criterio“ o una laparatomía urgente realizada a una paciente que reportó ruptura de folículo hemorrágico con un diagnóstico de ingreso de quiste torcido de ovario, por “no coherencia del diagnóstico de ingreso con el de egreso“? O, ¿pretender a toda costa enviar para la casa a una paciente hospitalizada por evisceración e infección de la herida quirúrgica, por considerar que “se puede hacer manejo en casa”, ante la impotencia del cirujano tratante y la angustia del paciente y sus familiares?
¿Cómo es posible que una enfermera, una bacterióloga o un odontólogo evalúen y auditen las historias de pacientes hospitalizados por especialistas y pretendan presionar al médico para que tome la conducta que por costos, no por condicionamientos éticos o técnicos, más le conviene a la entidad que representan? Y así mil ejemplos más tomados de la práctica diaria.
Y al mismo tiempo, cuando la aseguradora pide una “segunda opinión” con fines supuestamente académicos, el procedimiento, examen o cirugía termina realizándolo el mismo personaje de siempre, coincidencialmente familiar o cuñado o íntimo del auditor que recurrentemente nos pone problema, del jefecito expedidor de las autorizaciones, o de la inabordable e insufrible doctora de marras. Al momento de hacer el reclamo respetuoso, OH arrogancia, OH soberbia, “siempre Usted generando conflicto, un día de estos vamos a tener que suspender el contrato; mientras se enfrían las cosas, pediremos otro concepto”, y OH sorpresa, nuevamente al primo o al cuñado.
Y también hay que ver cuando el paciente es familiar de ellos o cuando hay presiones de alguno de sus jefes, para ver como por arte de magia, la forma en que las órdenes se diligencian sin trabas, como se autorizan procedimientos que no están contemplados en los manuales, como los códigos de facturación ahí sí no tienen contradicción ni incompatibilidad ni incoherencia. ¡Eso sí es Pertinencia!
No estamos en contra de la auditoría médica por ella misma. Creemos que el control y la racionalización de los recursos es necesaria a la luz del modelo de salud vigente, pero insistimos en que sean el producto de equilibrar el sentido común con los valores humanísticos, con los preceptos hipocráticos, con el código de ética médica y con un ejercicio humanitario, solidario y comprometido de la práctica médica. Esto se lograría con estimular una verdadera vocación académica para que la auditoría no sea un escampadero en claustros sin rigor de fin de semana, sino una especialidad sólida, coherente, con profundas bases conceptuales, académicas y éticas que busquen defender nuestro objetivo último y primordial, El Paciente, y respetar a nuestros colegas, como era la utopía de nuestro maestro regidor Hipócrates.
 
 
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