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Es muy difícil responder a la pregunta: ¿qué
falta en el país para que sus gentes tengan salud,
como muchos lo deseamos? Es difícil dar la respuesta,
porque todos creemos que ya hemos hecho nuestro mejor esfuerzo
en lo que tiene que ver con los aportes económicos
individuales, con la inversión en tecnología
y en infraestructura, con lo tocante a reglamentación
y legislación, y en fin, con todo lo que conduzca
a alcanzar ese anhelo de la salud para todos; y de otro
lado, porque el estado de salud es, la irremediable, la
resultante de una serie de factores bien conocidos, pero
que en nuestro caso no han sido adecuadamente sincronizados
y ajustados para que produzcan el resultado que se requiere,
es decir, que al final se logre un nivel adecuado de vida,
y por ende, de salud.
El hecho de prestar los servicios de salud -asistenciales
propiamente- con criterio mercantilista -sin que se quiera
usar aquí el termino en forma descalificante-, lastima
el sentido y el valor de la relación humana, pero
salvaguarda los indicadores económicos, que en último
término es lo que le importa a los organismos internacionales
y a segmentos poderosos de la sociedad y del gobierno.
De manera que cuando se habla de las relaciones que existen
entre monetarismo y política social, lo que se pretende
es escudriñar el efecto de lo primero sobre lo segundo,
porque en verdad lo social se ha puesto en lugar secundario
a cualquier otro interés. Aquí por supuesto,
lo de salud está contenido en esa gran bolsa de lo
social que poco se aprecia y que se estima sólo en
lo que se cree que vale, valorada solo como elemento fuente
de riqueza.
Esta mirada economicista no es por cierto exclusiva del
país. Esto mismo se ha vivido en el contexto regional
latinoamericano, donde se adelantaron reformas a instancias
de los organismos multilaterales que propiciaron y alentaron
las corrientes globalizadoras y las tendencias aperturistas
de las economías, que en virtud de esa fuerza se
abrieron a otras más capaces y poderosas que, además,
estaban y están protegidas por los gobiernos de esos
países.
Pobreza, desempleo, déficit de vivienda, malestar
social y desmejoramiento de las condiciones de vida de la
gran masa de población, entre otros males, es lo
que le ha quedado a nuestros países, de las políticas
de los últimos 15 años.
La situación ha estado agravada por la creencia,
también de raíces externas, de que todo, absolutamente
todo, es solo una oportunidad de mercado.
Hoy por hoy todas las relaciones están regidas por
intereses económicos, y solo se deja por fuera de
la mesa de negocios, como algo meramente marginal, lo que
corresponde a los subsidios parciales que ahora están
de moda en salud con las coberturas igualmente parciales;
pero no solo en salud, también en vivienda, educación,
transporte, pensiones, etc. Este paño de agua tibia
no ocultará por mucho la hinchazón.
Entendemos perfectamente la complejidad de los temas sociales
y lo difícil de la problemática económica;
intuimos las presiones y los compromisos con los distintos
entes nacionales e internacionales que atan las manos, pero
se hace urgente cambiar los términos sociales de
relación, por unos donde no sea exclusivamente lo
financiero lo que se aprecie, y donde se propicie un despertar
de la sociedad entera a unas coordenadas diferentes, que
den respuesta a las necesidades de la gente, pero de todas
maneras donde prime lo social y donde el éxito se
mida y se premie, no exclusiva ni primordialmente por utilidades
contantes y sonantes al final del período fiscal,
sino en razón del impacto positivo en la sociedad.
De pronto un 3 por mil como aquel con el que salvamos todos
los colombianos el sector financiero, pudiera ser el pie
amigo que le ha hecho falta al sector social. Aquí
seguramente no habrá quien coadyuve.
Hacer dinero al precio de lo social no solo es absurdo,
sino inaceptable.
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