La medicina y el ejercicio médico
Jaime Bedoya Restrepo - elpulso@sanvicentefundacion.com
Con frecuencia, los medios difunden información sobre deficiencias en la atención médica. La información consigna quejas de pacientes por los largos plazos para la obtención de citas con especialistas, carencia de medicamentos y suministros médicos. En un tono más dramático, se escuchan declaraciones sobre muertes por falta de una atención oportuna. Ante el caos que genera la insatisfacción de la demanda de atención en salud, originada ya sea por el mal ordenamiento del sistema o por posibles manejos burocráticos aviesos, podemos preguntar cómo esta situación afecta la imagen de la profesión médica y de los profesionales de la salud
El ejercicio de la medicina está sometido a una estricta vigilancia por la sociedad. Los postulados éticos que la rigen y orientan han de ser exigentes y con la suficiente solidez para conservar el prestigio y dignidad que por siglos, la humanidad le ha conferido. En los códigos de ética médica se consignan los valores que debe poseer el profesional médico; algunos de ellos son la honestidad, la responsabilidad, la beneficencia, la no-maleficencia, la empatía y la compasión.
La medicina es una profesión que exige a quienes la ejercen, conocimientos, responsabilidad, vocación de servicio y una gran capacidad de discernimiento y autocrítica. Para una correcta aplicación de estos valores, debe contarse con suficiente estabilidad anímica y satisfacción en el trabajo con sentido de pertenencia.
on frecuencia hablamos de los derechos de los pacientes como uno de los logros más destacados de la profesión. Pero conviene dedicar unas líneas a los derechos de los médicos y profesionales de la salud y los deberes que necesariamente ellos generan.
Empecemos por la autonomía de su criterio clínico y decisiones terapéuticas, los cuales, no pueden ser ignorados o alterados sin ser discutidos con el debido rigor académico en los foros médicos y no necesariamente en el entorno judicial. Los protocolos de atención, orientan pero no sustituyen totalmente la ponderación y agudeza de diagnóstico que se deriva de la experiencia con las diversas narrativas de los pacientes.
Los dilemas éticos que plantea la escasez de recursos de atención, deteriora la salud de los pacientes y la confianza, que es uno de los pilares básicos de la relación médico-paciente. Situaciones se dan, en las que la frustración de los pacientes o las familias es dirigida contra el personal de la salud con incremento de los niveles de tensión que son comunes en áreas de trabajo con niveles considerables de estrés.
La aplicación de los criterios de sostenibilidad en el uso de unos recursos que no están acordes con las necesidades, afecta el buen juicio clínico del médico quien, a su vez, teme a eventuales demandas legales por negligencia. Una amplia comunicación con los colegas y asesores del trabajo, suaviza la tensión y confirma la idoneidad profesional.
La estabilidad financiera de las fuentes del trabajo médico y con ello, la remuneración y las jornadas de trabajo y descanso justos, contribuyen al bienestar de los profesionales. Ya ha sido reconocido el llamado síndrome de desgaste o agotamiento profesional que incluye no solamente la fatiga física, sino además, afectación de la autoimagen con desmotivación y alteración del estado emocional.
El estrés que se origina en las demandas y modalidades de atención clínica se incrementa cuando la comunicación es deficiente entre el personal asistencial y entre éste y el paciente y la familia. Los errores médicos tienen seguramente múltiple causalidad pero con toda probabilidad el estado tensional por estrés o por conflictos personales contribuye a su presentación.
La medicina y su ejercicio no pueden ser ajenos a la dinámica del ordenamiento social; la fragilidad de la moral pública de funcionarios y políticos, igual que la de los grandes conglomerados económicos, es un modelo negativo de identidad para los niños y los jóvenes en formación y también para quienes ya ejercen como profesionales. La deshonestidad y la apropiación indebida de dineros destinados al bien de la comunidad es un pésimo ejemplo que no desaparece con los enunciados de ética de los políticos o de los conglomerados empresariales. Solo es posible con la reflexión y reforzamiento de valores éticos, en las familias, escuelas, universidades y en todos los ámbitos formativos de la sociedad.
En tanto este escenario se realice, el profesional médico debe dotarse de una autocrítica y autorregulación con suficiente nivel académico que permita una interacción responsable y beneficiosa con los pacientes y colegas.
Algunas variables del ejercicio médico pueden ilustrar un poco los dilemas que debe confrontar el médico en su cotidianidad.
El tiempo para las consultas en los modelos de atención vigentes es proporcional, no a las necesidades del paciente, sino a la disponibilidad programada en una carga de trabajo. La exigencia de tiempo no posibilita una narrativa que refleje la situación de estar enfermo del paciente haciendo que las pruebas diagnósticas del laboratorio sean las casi exclusivas reveladoras de la naturaleza de la enfermedad. La tecnología médica avanza en forma acelerada en el desarrollo de nuevas modalidades diagnósticas con mejor certeza, pero también con mayores costos, y por ello, con accesibilidad selectiva a sus beneficios.
Además, ante la limitación de los recursos para la atención en salud, los criterios para la adquisición de dispositivos médicos de alta tecnología, en forma justa deberán estar bien fundamentados tanto en los objetivos de su aplicación con un buen balance costo-beneficio, sino también con un riguroso criterio sobre la obsolescencia de los que están en uso.
La medicina debe rescatar y sostener su indiscutible prestigio como profesión y los profesionales de la salud, necesitan ser rescatados, apoyados, protegidos y valorados en su verdadera dimensión profesional y humana por los organismos oficiales, la academia, las instituciones hospitalarias, los jueces y los medios de comunicación.
Los comités de ética hospitalaria y los centros de bioética tienen, dentro de sus funciones, la reflexión en forma interdisciplinaria de dilemas de la práctica clínica y el estudio de la naturaleza, objetivos, riesgos y beneficios de la investigación biomédica y de la innovación de técnicas diagnósticas y modalidades terapéuticas. Los aportes de las distintas disciplinas facilitan la comunicación y atempera la presunta suficiencia del conocimiento, generando más interrogantes que respuestas. Interrogantes indispensables para la reflexión ética.
Los comités de ética necesitan abrir una ventana de observación y deliberación con los estamentos formativos de los profesionales de la salud para que desde muy temprano en los estudios, los alumnos interioricen la normatividad y los valores que han de dotarlos a la vez, como personas y ciudadanos y como profesionales. Quizás de esta forma resulte más factible ser ético en un mundo no ético, mientras a la vez, se mantendrá sólido el prestigio de la medicina y la imagen del médico y del profesional de la salud como legítimos y confiables depositarios del saber y el cuidado para el mantenimiento y la recuperación de la salud.
La autonomía del ejercicio médico debe mantenerse lo más ajena posible de las sujeciones a rendimientos económicos de inversión o de las empresas productoras de medicamentos o dispositivos médicos. El juicio clínico y la salud de las personas a nuestro cargo están por encima de todo afán de enriquecimiento.
Los avances de alta tecnología y la automatización, ya han sido entronizados en la sociedad y los nuevos desarrollos que ya se avizoran, hace que nos preocupemos sobre el futuro mismo de la medicina y el ejercicio médico en el marco de lo humano. Solo nos queda afianzar la personalización y el cuidado integral de los pacientes, con todas las premisas de lo que se ha buscado como medicina humanizada.
Debemos recordar que en la medicina fue posible identificar el cuidado y naturaleza de la patología sin que aún se elaborase una definición comprensiva del término salud. En igual sentido, ahora entendemos la medicina deshumanizada, y desafortunadamente cada vez será más demostrable, sin que aún hayamos concluido una comprensión y aplicación de aquello que consideramos medicina humanizada.
La anterior consideración nos mueve a reflexionar y no olvidar que somos humanos y todo lo relacionado con los humanos nos es pertinente para investigar, compartir o cuidar. Para la justa preservación de la imagen y el prestigio de la medicina, se precisa que los médicos y el personal de la salud sean entrenados, tratados y considerados con el suficiente talante ético para facilitar su lugar en la sociedad y procurar la salud y el cuidado a los enfermos dentro del rango más amplio de su condición humana.
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