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Las personas que viven en cualquier comunidad establecen
relaciones sociales diversas, mediante las cuales cubren sus
necesidades afectivas, económicas, de ocio, o de salud,
entre otras. Además, como ciudadanos de esas comunidades
con igualdad de derechos, comparten espacios públicos
como la calle, el parque, el supermercado o el hospital.
En ocasiones, en alguno de esos espacios tropezamos accidentalmente
con alguien: en seguida, con un gesto amable acompañado
a veces de un contacto físico, le sonreímos
y decimos ¡disculpe! Inclusive, nos agachamos a ayudarle
a recoger algún objeto que se le ha caído, como
consecuencia del tropezón. Nos portamos entonces como
ciudadanos iguales, que compartimos en armonía un espacio
común. Por eso cualquier alteración de esa armonía,
por pequeña e involuntaria que sea, nos lleva a dar
disculpas, a veces sin ser los responsables directos de lo
que pasó o por tener una responsabilidad compartida.
Entonces, ¿por qué en un hospital, clínica
u otro lugar de atención en salud -espacios que compartimos
como ciudadanos iguales- no damos disculpas cuando ocurre
un tropezón, como la demora en la atención,
se agrava un paciente, o se complica un procedimiento, que
son situaciones desagradables o dolorosas para una persona
y su familia, aún cuando la responsabilidad no sea
directamente nuestra, o al menos sea compartida?
Hablábamos de ciudadanos en igualdad de derechos, que
comparten un espacio común. ¿Cómo será
entonces si pensamos en el enfermo y sus allegados, que están
en desventaja por ser en ese momento quienes necesitan nuestra
ayuda? Nosotros estamos sanos, entre colegas y compañeros,
nos conocemos e identificamos con nuestras batas blancas;
el hospital es nuestro entorno habitual, el que elegimos,
mientras el paciente está solo, en una camilla o cama
que no es la suya, y nosotros lo visitamos en grupo.
Nuestros pacientes reconocen y aprecian nuestros conocimientos,
pero nos sienten fríos, distantes, impersonales. Si
cuando ocurriera un tropezón accidental les dijéramos
¡disculpe!, con un gesto amable y hasta con un contacto
físico, nos sentirían más cercanos, cálidos,
nos percibirían como personas iguales que estaríamos
compartiendo con ellos un espacio común. Nos verían
como tantas otras personas que han tenido un tropezón
y han sabido reconocerlo, tanto que han dado disculpas, aunque
no sea su responsabilidad directa -y más si lo es-.
Así seguiríamos siendo ciudadanos tan iguales
como cuando compartíamos la calle o el supermercado.
Inclusive, podríamos agacharnos y ayudarles a recoger
algún objeto que se haya caído como consecuencia
del tropezón. Y en este caso sí que vale la
pena hacerlo, porque ese objeto puede ser
una lágrima
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Nota: Esta sección es un aporte del Centro Nacer, Salud
Sexual y Reproductiva. Facultad de Medicina, Universidad de
Antioquia
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