MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 12    No. 147  DICIEMBRE DEL AÑO 2010    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Las personas que viven en cualquier comunidad establecen relaciones sociales diversas, mediante las cuales cubren sus necesidades afectivas, económicas, de ocio, o de salud, entre otras. Además, como ciudadanos de esas comunidades con igualdad de derechos, comparten espacios públicos como la calle, el parque, el supermercado o el hospital.
En ocasiones, en alguno de esos espacios tropezamos accidentalmente con alguien: en seguida, con un gesto amable acompañado a veces de un contacto físico, le sonreímos y decimos ¡disculpe! Inclusive, nos agachamos a ayudarle a recoger algún objeto que se le ha caído, como consecuencia del tropezón. Nos portamos entonces como ciudadanos iguales, que compartimos en armonía un espacio común. Por eso cualquier alteración de esa armonía, por pequeña e involuntaria que sea, nos lleva a dar disculpas, a veces sin ser los responsables directos de lo que pasó o por tener una responsabilidad compartida.
Entonces, ¿por qué en un hospital, clínica u otro lugar de atención en salud -espacios que compartimos como ciudadanos iguales- no damos disculpas cuando ocurre un tropezón, como la demora en la atención, se agrava un paciente, o se complica un procedimiento, que son situaciones desagradables o dolorosas para una persona y su familia, aún cuando la responsabilidad no sea directamente nuestra, o al menos sea compartida?
Hablábamos de ciudadanos en igualdad de derechos, que comparten un espacio común. ¿Cómo será entonces si pensamos en el enfermo y sus allegados, que están en desventaja por ser en ese momento quienes necesitan nuestra ayuda? Nosotros estamos sanos, entre colegas y compañeros, nos conocemos e identificamos con nuestras batas blancas; el hospital es nuestro entorno habitual, el que elegimos, mientras el paciente está solo, en una camilla o cama que no es la suya, y nosotros lo visitamos en grupo.
Nuestros pacientes reconocen y aprecian nuestros conocimientos, pero nos sienten fríos, distantes, impersonales. Si cuando ocurriera un tropezón accidental les dijéramos ¡disculpe!, con un gesto amable y hasta con un contacto físico, nos sentirían más cercanos, cálidos, nos percibirían como personas iguales que estaríamos compartiendo con ellos un espacio común. Nos verían como tantas otras personas que han tenido un tropezón y han sabido reconocerlo, tanto que han dado disculpas, aunque no sea su responsabilidad directa -y más si lo es-. Así seguiríamos siendo ciudadanos tan iguales como cuando compartíamos la calle o el supermercado.
Inclusive, podríamos agacharnos y ayudarles a recoger algún objeto que se haya caído como consecuencia del tropezón. Y en este caso sí que vale la pena hacerlo, porque ese objeto puede ser…una lágrima 6
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Nacer, Salud Sexual y Reproductiva. Facultad de Medicina, Universidad de Antioquia

 
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