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Pero más allá de la crónica blanda hay
quienes viven la muerte de frente, sintiéndola totear
como cuentan en los barrios de Medellín donde, en los
últimos diez años, han asesinado 42 mil personas.
Algunos la han visto crecer como una ola negra que arrastra
cadáveres hasta helados cuartos donde los médicos
comprueban, muchas veces, que en el país los seres
humanos son registros, meros problemas administrativos. Aquí,
entre las historias de la medicina forense aparecen numerosos
personajes. Uno de ellos reconocido por sus colegas como maestro.
Se trata del médico patólogo César Augusto
Giraldo. El prefiere pasar por debajo de los calificativos
y las untuosas consagraciones públicas de las que decide
no participar. Es reservado, hasta el punto de no correr el
riesgo de describirse a si mismo con frases abundantes como
las que han bordado de insensateces tantas batas blancas.
No obstante, la gente reconoce sus méritos personales
y científicos, su audacia de iniciar, de dar el primer
paso para formar lo que es hoy el Instituto Nacional de Medicina
Legal y Ciencias Forenses y, entre otras cosas, hacer los
primeros estudios epidemiológicos sobre violencia,
suicidio, accidentes, maltrato, farmacodependencia, intoxicaciones...
El establecimiento de la carta dental única y de la
red nacional de identificación, la incorporación
de tecnología de punta al trabajo del Instituto, la
consolidación del primer posgrado en ciencias forenses
del país, la elaboración de libros valiosos,
constituyen aportes por los que hoy se le reconoce con gratitud.
Hoy coordina dos interesantes proyectos de posgrado, uno sobre
valoración del daño corporal y otro sobre valoración
del daño en la salud mental, los dos primeros en Colombia
para especializar al profesional de la salud en el auxilio
de la justicia civil.
Algunos aspectos de su vida profesional se recuerdan con interés,
como los relacionados con los trasplantes, la donación
de órganos y la modernización de su normatividad.
"Se consideraba que la existencia de las personas terminaba
con la muerte. Tuve la oportunidad de trabajar, con el doctor
Mario Giraldo Henao, médico antioqueño, vicepresidente
del Congreso de la República, en el tema de la muerte
cerebral. De otro lado, con el doctor Antonio Duque Alvarez,
logramos introducir en la legislación la llamada presunción
legal de donación, para que toda persona sea potencialmente
donante, a no ser que haya expresado otra voluntad. Hoy la
legislación colombiana es una de las más avanzadas
en este aspecto", afirmó el doctor Giraldo.
Cuentan sus alumnos que es un profesor excelente y que su
conocimiento sólido, su bondad y las lecciones humanas
del quien no se ha propuesto darlas, han sido definitivas
para sus colegas. La labor en el Hospital Universitario San
Vicente de Paúl de Medellín es una muestra de
esa capacidad docente que, también, ha ejercido con
éxito en varios países de América Latina.
El conocimiento lo ha puesto en contacto con personas que
recuerda con afecto. Menciona a personajes de la vida universitaria
como los doctores Alfredo Correa Henao, Oscar Duque Hernández,
Mario Robledo Villegas, Carlos Restrepo Acevedo, Emilio Bojanini,
Federico López, entre otros. La doctora Rosa Turizo,
directora del Instituto de Medicina Legal, fue una de sus
alumnas y, luego de 25 años de trabajo compartido,
los recuerdos le sueltan las lágrimas: "Todo,
absolutamente todo lo que somos en el Instituto se lo debemos
a él. Es un personaje insustituible, lo extrañamos
por su sabiduría, por su respeto del conocimiento y
su comprensión inteligente de la condición humana."
El patólogo Luis Carlos Cano afirma que el doctor Giraldo
es un auténtico maestro, del tipo de los maestros-amigos
que hacen trascendente cualquier aprendizaje. Es además
un hombre de larga formación académica que,
ya se dijo, ha impulsado asuntos vitales como la vigilancia
epidemiológica.
Es también un buen lector y escritor de libros. Cuando
habla o escribe pone a circular pocas palabras con la precisión
y prudencia de quien las conoce demasiado. De la literatura,
especialmente de esas historias que ha recopilado en sus antologías
forenses, recuerda al doctor Juvenal Urbino, personaje de
Gabriel García Márquez en El Amor en los Tiempos
del Cólera, que estrechaba la mano de sus alumnos antes
de cada clase y que hace pensar en cierta poética del
oficio: "...el maestro agarró el borde de la manta
con las yemas del índice y el pulgar, como si fuera
una flor, y descubrió el cadáver palmo a palmo
con una parsimonia sacramental. Estaba desnudo por completo,
tieso y torcido, con los ojos abiertos y el cuerpo azul, y
como cincuenta años más viejo que la noche anterior.
Tenía las pupilas diáfanas, la barba y los cabellos
amarillentos y el vientre atravesado por una cicatriz antigua
cosida con nudos de enfardelar... El doctor Urbino lo contempló
un instante con el corazón adolorido como muy pocas
veces en los largos años de su contienda estéril
con la muerte. Pendejo, le dijo. Ya lo peor había pasado.
Volvió a cubrirlo con la manta y recobró su
prestancia académica."
El doctor Giraldo sigue con su nutrida vida profesional, la
verdad, es imposible sustraerse de un mundo en gran parte
creado por él. Continúa escribiendo y su vocación
de estudio es laboriosa. Muchas personas han expresado a EL
PULSO su complacencia porque se subraye en estas páginas
la admiración que se le tiene al doctor Giraldo, aunque
ahorran adjetivos porque saben, tal vez, que hay siempre algo
barato en las flores de papel. Discretos como él, prefieren
encontrárselo en un día de fortuna y decirle,
con sincera emoción, qué alegría, qué
alegría verlo profesor.
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