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En busca de la esperanza

Autor
Por: Damián Rúa Valencia
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Dado que mi último artículo me dejó con un sabor amargo, me había prometido escribir algo alegre para el 2026. Pero un vistazo, aunque sea somero, al estado del mundo y a los recientes acontecimientos que han sacudido los cimientos del orden mundial implantado desde hace más de medio siglo y que nos tienen, más que nunca, al borde de un cataclismo, obliga a hacer un esfuerzo sobrehumano para encontrar una luz de esperanza.

De manera simbólica, y poco esperanzadora la verdad, el 27 de enero el consejo científico del Bulletin of the Atomic Scientists, que mide los riesgos que corremos todos debido al armamento nuclear, modificó la hora a 85 segundos antes de la medianoche, cuyo significado el lector puede fácilmente interpretar.

En este contexto me pareció oportuno recurrir al último premio Nobel de literatura, el húngaro Lászlo Krasznahorkai, cuya obra apocalíptica, celebrada por la crítica y llevada varias veces a la pantalla grande, aborda sin ninguna concesión los cuestionamientos existenciales a los que se ve enfrentado nuestro mundo de hoy.

Justamente él, al escribir su discurso de aceptación del galardón escandinavo, tuvo el mismo problema que tenemos nosotros ahora al tratar de buscar un tema feliz. En lugar de hablar de esperanza, como pretendía hacerlo, Krasznahorkai tuvo que conformarse con tratar, de manera un poco enigmática, de ángeles, de los antiguos que aparecen en los libros y en los cuadros, del Giotto por ejemplo, que transmiten los mensajes divinos y que pueden reducirse a esa única función, según su etimología (ἄγγελος: “mensajero”); pero también los modernos, seres que se visten en jeans y andan entre nosotros. Estos últimos, sin alas ni mensajes, no hacen sino pasearse por el mundo, observándolo, admirándolo, mirándonos, a la espera de una respuesta, que no se halla tampoco en nosotros.

Esos seres ingenuos y cándidos, bastante misteriosos, pueblan las novelas del húngaro y son, a menudo, las víctimas de la brutalidad y de la guerra que desangran el mundo, los chivos expiatorios de los sacrificios modernos.

¿Pero de qué tratan sus novelas? Aunque su obra ha sido calificada de “distópica”, pues nos muestra un lugar imaginario en el que no quisiéramos vivir (a diferencia de la utopía), los paisajes y los personajes que aparecen allí nos son tan familiares que es difícil negar su semejanza con el contexto europeo reciente: pueblos perdidos en la campiña húngara, ascensión del fascismo, aumento de la violencia y regreso de la guerra, retorno a las viejas creencias mesiánicas. Uno se ve casi forzado a afirmar que se trata más bien de una obra realista, que busca desenmarañar los hilos misteriosos de nuestra realidad concreta, y darle, más que una explicación, una forma estética al caos circundante.

Con motivo de la publicación de la que se considera como su obra maestra, El barón Wenckheim vuelve a casa (2016), el escritor aseguraba no haber escrito sino un único libro a lo largo de su carrera. Variaciones a propósito de los mismos temas: retorno de un personaje mistificado, el desorden causado por las preparaciones para recibirlo, combates, caos e indiferencia por parte del supuesto redentor. Pero entre esos temas, hay uno que prima, y que me sopló una amiga húngara cuando me recomendó la lectura de La melancolía de la resistencia (1989): la putrefacción.

La desintegración de la materia, la degeneración de las costumbres, la ruina de las relaciones de pareja, la disolución del contrato social, el deterioro del conocimiento y la decadencia de quienes se supone deberían protegerlo, la descomposición física del cuerpo después de la muerte, no son sino variaciones de la misma temática según la cual todo, absolutamente todo, esta predestinado a la destrucción.

Sin embargo, y es ese aspecto el que resaltaron los académicos suecos, su obra no solo nos hunde la cabeza en el pantano de nuestro mundo. “En medio del terror apocalíptico”, anunciaron, “su obra fascinante y visionaria, reafirma el poder del arte”. Su prosa envolvente de frases extremadamente largas nos lleva por los dédalos de los pensamientos más íntimos, de los más banales hasta los más sofisticados, y nos mantiene en un estado de vigilia perpetua, en una suerte de plano secuencia, que nos va develando poco a poco aspectos de una realidad caótica, es cierto, pero en la que los personajes luchan por mantenerse a flote.

Es precisamente por medio del arte que Eszter, compositor jubilado y sin ilusiones de la Melancolía de la resistencia, vuelve a recobrar algo de paz y de armonía. Después de haber sucumbido al desencanto de la música por lo que esta tiene de artificial, vuelve a la belleza tonal de los acordes equidistantes del Clave bien temperado de Bach.

Eso nos lleva a los dos últimos puntos del discurso de Krasznahorkai: la dignidad humana, tejida de contradicciones, de derrotas y de éxitos, de obscurantismo y de ciencia, de construcción y de posibilidad de destrucción; y la rebelión, vista no tanto como una revolución sangrienta, un enfrentamiento entre facciones, como ha sido el caso en el pasado, sino como una posibilidad de cambio radical del statu quo, una relación entre el individuo y el todo.

Quizá sea esa posibilidad presente, y no la creencia en una posible redención, la que constituya una verdadera afirmación del arte en tanto que capacidad de cambio. No una “esperanza”, en el sentido católico, que no es sino una de las tantas enfermedades que se escaparon de la caja de Pandora, sino una capacidad y una oportunidad, tal vez la última, de construir un futuro radicalmente diferente.



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