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Oncología ortopédica en el Hospital San Vicente Fundación Medellín: ciencia y humanidad

El cáncer óseo es una enfermedad poco frecuente, pero de gran impacto. Su aparición suele ser más común en niños y adolescentes —donde predominan los osteosarcomas (malignos)—, mientras que en adultos los casos más frecuentes son condrosarcomas (malignos) y osteocondromas (benignos). Hasta un 30 % de los niños diagnosticados con osteosarcoma llegan a tener enfermedad metastásica.

El Hospital San Vicente Fundación Medellín, bajo un modelo de atención que entiende que un tumor óseo no afecta únicamente al cuerpo, sino a la vida entera de quien lo padece, combina la ciencia de alta complejidad y la humanidad del cuidado integral para lograr resultados exitosos en cuanto al bienestar de los pacientes.

El equipo de oncología trabaja con quimioterapia e inmunoterapia. Estos tratamientos buscan reducir o eliminar los tumores y evitar la proliferación de nuevas células cancerígenas. Y en muchos casos logran que la cirugía sea menos invasiva o incluso innecesaria.

Cuando la cirugía es indispensable, entra en escena el doctor Jorge Eduardo López, cirujano ortopédico oncológico. Su misión es definir si la extremidad puede salvarse o si es necesario recurrir a una cirugía ablativa (amputación). La diferencia entre una u otra decisión depende de múltiples factores: el tamaño del tumor, su ubicación, la respuesta del paciente a los tratamientos previos y la posibilidad de conservar la funcionalidad. Oncólogos y cirujanos oncológicos obran de la mano con sus equipos de trabajo, conformados por más médicos especialistas y el personal de enfermería requerido, con un mismo propósito: sanar.

El Hospital cuenta desde 2007 con un Banco de Tejidos, un recurso que ha cambiado el panorama de estas intervenciones. Allí se almacenan prótesis óseas de titanio que permiten reemplazar el hueso —o porción de hueso— afectado y realizar cirugías de salvamento. Esto es posible gracias a los avances médicos y tecnológicos. Actualmente, muchos pacientes pueden conservar la movilidad y recuperar su independencia. Cuando no es posible salvar la extremidad, la cirugía ablativa se realiza con el mismo rigor y compromiso, buscando siempre que el paciente tenga la mejor calidad de vida y el más alto grado de independencia posible después del procedimiento.

Una labor humana

La oncología ortopédica en el San Vicente no se limita al bisturí o a los medicamentos. La atención se da bajo un modelo biopsicosocial que integra psicólogos, trabajadores sociales, fisioterapeutas y personal de enfermería, además de los médicos especialistas. Todos cumplen un papel esencial en el acompañamiento, la rehabilitación y la adaptación del paciente a los cambios físicos y las afectaciones emocionales que trae consigo la enfermedad.

En el caso de los niños, este cuidado integral va más allá: el aula hospitalaria les permite continuar con su escolaridad, compartir con otros menores y mantener rutinas que les devuelvan cierta normalidad en medio de tratamientos retadores. Así, la enfermedad no se convierte en sinónimo de aislamiento.

Cada historia que pasa por el servicio de oncología ortopédica confirma la importancia del trabajo multidisciplinario conjunto: todos los partícipes coordinan esfuerzos para que los pacientes reciban no solo tratamientos efectivos y oportunidades de vida, sino también un acompañamiento humano que les devuelva confianza en sí mismos y dignidad.

Cuando finalmente llega el día de concluir el tratamiento, un gesto simbólico resuena en los pasillos: tocar la campana en señal de victoria. Este ritual celebra la fortaleza de los pacientes y sus familias, y recuerda a todos que detrás de cada intervención médica hay una historia de lucha, resiliencia y vida.

El compromiso del Hospital continúa con cinco años de seguimiento a los pacientes, procurando que recuperen su vida con normalidad y su diagnóstico previo no signifique limitaciones.

Historias de vida

Historias como la de la familia García Londoño mueven la causa del Hospital. Liliana y Julieta, madre e hija, transitaron una de las situaciones más retadoras y dolorosas de sus vidas en los pasillos de la institución. El 7 de diciembre de 2018, Julieta sufrió una caída repentina mientras jugaba. En palabras de su madre:

“Juli era una niña de lo más sana, nunca se había enfermado. Ella iba corriendo y, de la nada, se desplomó, y ya no fue capaz de levantarse. Yo anduve con ella de pueblo en pueblo buscando diagnóstico, y en todas partes nos dijeron que era una fractura de fémur. Hasta que en Santafé de Antioquia nos advirtieron que parecía un tumor, pero que allá no podían darnos más detalles, y así fue como llegamos al Hospital San Vicente Fundación Medellín.

Una vez ingresadas, a Juli le hicieron exámenes y, llegado el momento, me llamaron a mí: ‘mamá, ¿tiene con quién dejar a la niña un momento? Venga que tenemos que hablar’. Y así fue, me pasaron a una habitación y allí me informaron que Julieta tenía un osteosarcoma en el fémur, y que iban a moverla a oncología ortopédica de inmediato. Ahí empezó todo.

La vida nos cambió por completo con el diagnóstico. Yo tuve que dejar a mi otro niño, de solo tres años, con el papá en el pueblo para trasladarme a Medellín con Juli a hacer el tratamiento. Fue un año complicado, me separé de mi expareja, no tuve mucho apoyo por parte del papá de Juli, mi hermano falleció, vimos partir a muchos amiguitos que hizo Juli en el Hospital… En fin, fue un año muy difícil, pero nunca perdimos la fe en Dios y en el equipo médico que nos atendió. Sabíamos que Dios obraría a través de ellos”.

Julieta, optimista y alegre, cuenta que lo más duro fueron las quimioterapias. La caída de su cabello sorprendió a su madre, quien temía que fuera un golpe devastador, pues Julieta tenía una cabellera larga y bien cuidada. Sin embargo, Julieta afrontó su calvicie con humor y entereza. Habla con cariño de los doctores que la atendieron, dice que son ángeles terrenales y recuerda con nostalgia a los compañeros que perdieron la batalla.

Ambas recibieron apoyo psicológico desde el primer momento por parte del Hospital. Pese a la situación, Julieta continuó estudiando durante su tratamiento. El aula hospitalaria le brindó la posibilidad de seguir compartiendo con niños de su edad y continuar con su escolaridad.

Julieta se enfrentó en total a seis cirugías, entre la extracción del tumor, la protésica, el salvamento y el alargamiento de la extremidad. La última se realizó hace un año. Pudo conservar su pierna y, poco a poco, recuperar su movilidad y funcionalidad.

Hoy, con 13 años, es una adolescente feliz, agradecida y profundamente espiritual. Dice que la Rosa Mística y su tío —quien falleció al inicio de su tratamiento— la salvaron. Tiene la convicción de que en varias ocasiones, bajo el efecto de la anestesia, conversó con Dios, quien le pidió que no se rindiera, y de que él, en persona, le envía a los ángeles adecuados para cada momento.

Julieta viaja cada seis meses a Medellín para sus controles con el doctor Jorge López y confirmar que todo marche bien. Asegura que el cáncer llegó para enseñarle y no para derrotarla. Su historia de resiliencia y superación encarna el espíritu del Hospital, el lugar en donde recibió el regalo de un nuevo comienzo.



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