MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 324 SEPTIEMBRE DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388
Conocí a un hombre que se sabía todas las palabras del mundo, pero no tenía a quien decírselas. Cada vez que intentaba acercarse a alguien, solo había silencio y la seguridad de un rechazo. ¿Por qué las personas huían de él?, ¿por qué nadie quería escucharlo?, ¿por qué no había alguien que quisiera leer con él?, ¿por qué tendría que gritar solo en su habitación las palabras más sagradas, ya olvidadas por aquellos que habían cerrado sus puertas, sus oídos, su corazón, su voluntad?
Estuve tentada, también quise abandonarlo.
Nos conocimos por “casualidad, que es como se suelen encontrar los grandes amores, casi siempre por casualidad, por una llamada equivocada, por un encuentro fortuito” (Eduardo Galeano, Cartas de amor). Simplemente porque a un hombre que no sale nunca de su casa le pasó lo de cualquier mortal: se quedó sin café y sin pan, elementos primordiales para quien lee tan empedernidamente que solo saca tiempo para tomarse un tinto sin azúcar y comerse un pedazo de harina que disimule el hambre.
Y ahí estábamos, en una tienda cualquiera, esperando a que él contara las monedas con las que iba a pagar. Se disculpó por la demora y le sonreí, no por cortesía, sino porque, en serio, a algo en mi interior le pareció absurdo ver a un señor llamar a un café barato un “néctar” mientras sonaban las monedas en su bolsillo. “¡Ah, es usted muy afable!”, me dijo como respuesta a mi sonrisa. Por supuesto, no le entendí, pero igual le agradecí; debía ser algo bueno, algo parecido a amable.
Ya me habían advertido que en el pueblo había un loco que vivía en una casa agónica que no se caía simplemente porque él, desde hace mucho, había olvidado respirar con rabia. A veces sí respiraba con agonía y, entonces, la casa se mecía un poco para consolarlo, no para caerse como creían todos. No me pareció que se veía como un loco; de hecho, era bello y elegante, con una voz masculina, pausada y profunda. No tuve miedo; tuve curiosidad.
Me ofreció del pan que había comprado y me pareció maleducado rechazarlo; me había convidado aunque tal vez era lo único que podría pagar y comer por una semana. Solo tomé un poco y le sonreí mostrándole todos mis dientes. “¡Ah, es usted tan cándida!”, de nuevo no le entendí, pero esa vez me asusté. ¿Qué era cándida?, ¿y si era una propuesta indecente?, ¿y si me había tomado por fácil? Me despedí. Eran suficientes palabras nuevas para una tarde, para un día, para un mes, para una vida.
Llegué a mi casa y busqué ambas palabras en el diccionario, palabras que nunca nadie había usado para definirme. ¿Yo era eso? Afable: “agradable, dulce, suave en la conversación y el trato”; cándida: “ingenua, que no tiene malicia ni doblez”. ¿Acaso eso era mi sonrisa? Y quise creerlo, quise creer algo tan bueno de mí.
Quizá la locura me había llegado con sus palabras porque caminé por el pueblo buscando la casa más caída. Volví a él con un diccionario para tratar de entenderlo, seguramente tendría más palabras para mí, más palabras para todos. Toqué su puerta y me dijo que pasara, que su puerta siempre estaba abierta para quien lo quisiera visitar. No tenía nada que le pudieran robar a parte de sus palabras, ¿y eso cuánto valía?, ¿por cuánto lo podrían vender?, ¿por cuánto lo podrían comprar?
Su casa no estaba por derrumbarse; su casa estaba completamente viva. Apenas cabía él; apenas cabíamos él y yo juntos. Los libros se acumulaban aquí y allá, algunos abiertos, otros cerrados, y formaban puentes, pequeños cuartos de imaginación, donde se cruzaba la selva con la civilización. Las paredes estaban cubiertas de palabras, las suyas, escritas a mano, ininteligibles para mí, proféticas para ese hogar en que habían florecido las palabras “perenne”, “sempiterno”, “indeleble”. Abrí mi diccionario para buscarlas y él me detuvo para explicarme que venían del corazón. Él mismo me dio sus significados y, sin embargo, al hacerlo me dejaba más confundida, porque usaba más y más palabras que no conocía.
Sí, estaba loco. De nuevo tuve el impulso de huir, pero entonces me llamó “mi cándida”. ¿Cómo me había hecho suya con dos palabras? “¿Mi?”, le pregunté con temor. “No, es artificio del lenguaje que refleja mis anhelos. Disculpe, no quería ofenderla. No se vaya, no me deje solo con mis palabras. No tienen significado alguno si no hay quien las escuche, quien las ame como yo”, respondió. Lo vi llorar, agotado ya de su propia lengua, de su propia mano sucia de tinta, agotado de sí mismo, buscando algo que no encontraba.
“¿Por qué no habla más normal?, quizá así tenga más compañía, tal vez amigos”, le dije. “Me he acercado a personas y he comprendido sus palabras, incluso hasta sus insultos y sus vicios; no obstante, ellos no quisieron siquiera vislumbrar mi mundo, ni siquiera quisieron preguntar. Solo me tomaron por loco. Me dijeron que yo me creía más que los demás con mis palabras extravagantes, que si me creía un rey. Es usted la primera que ha llegado con un diccionario, la primera que ha sonreído por una palabra, aunque nunca la hubiera escuchado”.
La puerta se balanceaba con el viento: la gran agonía, la pequeña distancia entre el afuera y el adentro. Él ya salió una vez, tal vez más, regresó y dejó la puerta abierta para mirar el mundo que se construía sin las palabras que los demás no quisieron escuchar, para mantener la leve esperanza de que alguien, algún día, se atrevería a entrar a una casa construida y sostenida con imaginación.
“De las generaciones de las rosas / que en el fondo del tiempo se han perdido / quiero que una se salve del olvido” (Borges). No, él no quería dejar las palabras que había aprendido con tanto esfuerzo; por el contrario, quería protegerlas y salvarlas del olvido, para tan siquiera rescatar la palabra “virtud”. Había elegido su soledad que, muy a su pesar, quería compartir. Aunque amaba su mundo, extrañaba la carne, una mano sobre la suya, el calor de un abrazo, el erotismo del cuerpo.
Me convertí en su visitante frecuente. Entre clases y besos quise compartir las palabras que había aprendido con los demás, quería que, como yo, al mirar el cielo descubrieran más de un azul; quería que supieran que somos más sustantivos que los que nos habían puesto de niños.
Hubo un nuevo chisme en el pueblo: cuidado, que la locura se contagia. Ahora hay dos locos en el pueblo.
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