MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 323 AGOSTO DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388
Te quiero contar cómo murió mi padre, pero para eso tendría que confesarte que yo lo maté. ¿Sí querrías compartir tu cama con una asesina? Fui yo la culpable. Culpa. Culpa. Culpa enterrada en lo más profundo de mi pecho, pero no tan enterrada como sus huesos que cargan con el peso de la tierra. Difícil de perdonar.
Homicidios simples, cotidianos, causados por el simple hecho de ser humanos, con la muerte a la vuelta de la esquina. Sin premeditar, solo sucedió. El cuchillo vendría de su hija menos querida, de la que a veces olvidaba su nombre, tal vez él ya lo sabía. Supongo que ahora mi nombre es imborrable en su alma fallecida, incapaz de ir al cielo.
No quería hacerlo, ¡lo juro!, aunque a veces, en mi adolescencia, sí lo deseé, con el portazo de saberme incomprendida por no poder llegar a la casa después de las 9:30. Malos deseos, deseos infantiles. Malditos, premonitorios.
Podría haberle pasado a cualquiera, me dijeron y todavía me siguen diciendo, pero me pasó a mí. La infecciosa que contagió a su padre; sus pulmones heridos por el cáncer y un cuerpo lastimado por la quimioterapia no aguantaron. Debieron haberme señalado en su entierro; debieron haberme prohibido pronunciar con ellos el “brille para ella la luz perpetua”; debieron llevarme a la cárcel, acusarme, apuñalarme; algo, tan siquiera un atisbo de desprecio hacia mí.
¿Crees que él me culpó el día en que se lo llevaron en la ambulancia? Le pedí perdón, solo que no le dije por qué. Yo, su asesina; yo, la última en hablarle mientras que estuvo consciente. ¿Qué se le dice a un padre cuando sabe que no va a volver a despertar? Últimas palabras, último “te quiero” y su imposibilidad para responder porque no podía respirar.
No sé si me perdonó, no sé si también quería decirme que me quería. Sus ojos lloraron que no; yo también lloré que no.
Llegaron días de estar con él sin sentirlo; un cuerpo vivo sin alma en una habitación de hospital. No estaba, lo presentía. Esa sombra en descomposición no era mi padre. Ni siquiera era capaz de acariciar sus manos o sus pies. Me aterraba la idea de sentirlo tan frío, de que su piel se deshiciera a mi contacto, de sentir sus huesos porque ya había perdido su carne. No era capaz de verlo, me quedaba en el sillón detrás de su camilla y pasábamos horas muertas. Yo tampoco estaba en esa habitación y no volvería a mí en mucho tiempo. Morí. También me asesiné un poquito.
“El Gaviero yacía encogido al pie del timón, el cuerpo enjuto, reseco como un montón de raíces castigadas por el sol. Sus ojos, muy abiertos, quedaron fijos en esa nada, inmediata y anónima, en donde hallan los muertos el sosiego que les fuera negado durante su errancia cuando vivos”, me dijiste que Maqroll se redimió por haber muerto con los ojos abiertos, mirando hacia el cielo. Eres un mentiroso. Mi papá murió igual y no hubo ningún significado. Tal vez todos los hombres del mundo mueren con los ojos abiertos, ¿se quedarán ciegos?
Su pecho solo dejó de inflarse. Hubo un último suspiro, prolongado por aquellos que presenciábamos su muerte. Lo vi morir, cómo poco a poco de su cuerpo se iba su vida, lo abandonaba y se entregaba a la muerte sin más resistencia, de la que sabía que no huiría desde que llegó al hospital. Tal vez la veía. Tal vez tenía el presentimiento que tienen los muertos antes de ser muertos. Se negó tanto en ir al hospital porque de ahí no saldría; tenía razón. Me pidió llorando que no lo llevara, igual lo hice. Seguí matándolo.
Creí que en el instante que murió le perdoné todo. Ilusa. Con los muertos no se pelea, solo quedan preguntas que se responden en silencio. Precisamente no lo perdoné por haberse muerto, porque sería yo quien habría de cargar con su muerte hasta que llegara la mía.
Y, entonces, me di cuenta de que la muerte no es ausencia, es presencia, y eso es peor, porque se vive del recuerdo, y el recuerdo tiende a mentir. ¿Quiénes éramos mi padre y yo? ¿Una vez nos quisimos? ¿Cuándo nos dijimos que nos odiábamos? ¿Por qué lloré sobre su pecho? ¿Qué hago poniéndome sus mejores camisas? Los años vividos se me revuelcan y confundo su voz con la mía; de un día para otro heredé sus arrugas y su mirada helada, incorruptible, muerta.
Su presencia me persigue y no hay momento en que esté sola. Tengo un muerto a mis espaldas, que no me habla ni me da la suerte de un chance. Solo está ahí para recordarme que cada paso que doy es un paso que él no dio. Ahora uso sus palabras y sus groserías; manejo igual de mal que él y acelero solo para acordarme cuando le tapaba los ojos para verlo manejar con su intuición. ¿Cómo me llamaba? ¿Por qué me decía chatarra vieja?
Quizá su desprecio empezó desde que nací, al ver que para vivir no necesitaba llorar. Nací silenciosa y mis pasos fueron silenciosos. Aprendí rápido las palabras para quedarme callada. Nunca respondí ninguno de sus regaños, hasta intentaba insultarme para conseguir un quejido o la sombra de una lágrima. Inútiles esfuerzos. A veces me miraba desde lejos, como cuestionándose cómo había hecho una criatura como yo, ¿cómo era yo?, ¿un espejo quebrado?, ¿el presentimiento de la locura y del homicidio?
A veces pienso que su asesinato fue el destino de pequeños odios acumulados en los gritos que nunca di, solo para darme cuenta, a través de su muerte, que quizá sí lo quería un poco.
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