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Los proyectos de ley para reformar el sistema de salud
no auguran el entorno más favorable al futuro del
sector. Las iniciativas, como siempre, oscilan entre las
más osadas y seguramente justas, pero con cierta
dosis de utopía, y las que envuelven un propósito
continuista dentro de una maraña de conceptos tan
nobles como etéreos. En ambos casos, son proyectos
poco aterrizados cuyas consecuencias inevitablemente las
pagarán los usuarios del sistema de salud cuando
constaten por enésima vez, que el gobierno y el Congreso
fueron inferiores a sus responsabilidades.
La iniciativa gubernamental se mueve en dos direcciones:
por un lado con el proyecto 135, de autoría oficial,
acumulado con el 106, dirigidos a utilizar cuentas maestras
para conjurar la caótica situación financiera
de hospitales, y otras medidas para mejorar liquidez y uso
de recursos. Aquí el gobierno sigue apagando incendios,
legislando de ocasión para resolver emergencias y
aplazando otra vez soluciones de fondo a la crisis.
Estas salidas anunciadas hace meses se dilatan y diluyen
en otro frente de acción oficial: el proyecto de
ley estatutaria del cual se esperan medidas de alta política
al sistema. Las últimas declaraciones del ministro
Gaviria indican que el propósito gubernamental es
basarse en el espíritu del proyecto de ley 051, de
Jorge Ballesteros y Roy Barreras, novedoso para quienes
no conozcan las mañas de la regulación en
salud en los últimos años. El proyecto, pese
a proponer eliminar la intermediación financiera
de aseguradoras y quitarles el manejo de recursos, de resto
contiene elementos reciclados de normas precedentes, amalgamados
con verborrea de principios inspiradores y estrategias de
política pública que encubren un sistema que
se mantiene casi intacto en su estructura.
El proyecto de ley estatutaria de Luis Carlos Avellaneda
propone eliminar las EPS y se acumuló con el proyecto
105 de la Alianza Nacional por un Nuevo Sistema de Salud,
con participación de la Comisión de Seguimiento
a la Sentencia T-760, iniciativa loable que quizás
hace caso omiso del entorno político en el Congreso,
al dejar que se polaricen tanto las posiciones y se pierda
posibilidad de un diálogo nacional, abierto a todos,
con la gente y usuarios, para salvar la salud de los colombianos.
Unos y otros están encerrados en sus esquinas, pero
sobresale la actitud del gobierno por intransigente y burocrática.
Por otra parte, la propuesta de suprimir aportes parafiscales
en el esquema de financiación de la salud y su reemplazo
por impuestos generales, es a todas luces perjudicial e
inconveniente. Tal iniciativa merecería un proceso
de consulta social muy amplio, que implique a los afectados,
a toda Colombia, y que conduzca a una decisión que
garantice la financiación adecuada del sector.
Los argumentos que sustentan esa propuesta son tan falaces
como los que piden más recursos para la salud ante
la supuesta insuficiencia de los actuales, ignorando que
el problema no es de cantidad sino de captación,
manejo, aplicación y control de los dineros, es decir,
de freno a la corrupción. Un síntoma inequívoco
de la perversidad de esa propuesta es el entorno tan peligroso
en que se presenta: un proyecto de reforma tributaria que
por ningún lado se le ve progresividad sino todo
lo contrario, un ánimo regresivo acorde con todas
las reformas de su estilo en las últimas décadas.
Ante propuestas tan poco auguriosas, hay que retomar la
invitación del ministro Gaviria: La salud no
puede seguir siendo la variable que cuadre la ecuación
de la gobernabilidad en Colombia. El país aprendió
que la salud está en el centro de la democracia moderna,
y que la salida de la actual coyuntura la debemos construir
entre todos.
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