MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 325 OCTUBRE DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388
Cada día, decenas de niños y adolescentes llegan al Hospital Infantil San Vicente Fundación para recibir su tratamiento de quimioterapia. Vienen de sus casas, acompañados por sus padres o acudientes, para vivir una jornada que puede ser tan esperanzadora como agotadora y que puede resultar en una hospitalización luego de administrar el tratamiento. En ese contexto, el espacio donde reciben la atención adquiere un valor profundo. No se trata solo de un lugar clínico, sino del escenario donde transcurre una parte decisiva de su proceso de sanación.
Consciente de ello, el Hospital Infantil San Vicente Fundación —el hospital pediátrico más grande del departamento de Antioquia— emprendió la renovación completa de su servicio de quimioterapia infantil ambulatoria, con el propósito de brindar a sus pacientes un entorno más cálido, digno y confortable. El proyecto, inaugurado el 22 de agosto de 2025 gracias a la donación de 600 millones de pesos de la Fundación Mia’s Miracles, no buscaba ampliar la capacidad instalada, sino mejorar la comodidad y la experiencia de los niños que allí se tratan.
“Tenemos una de las unidades oncológicas pediátricas más grandes del departamento. Nuestro servicio de oncología es un servicio integral que cuenta con hospitalización, cirugía, atención de urgencias, consulta externa, sala de quimioterapia y trabajo conjunto con todas las áreas del hospital de las que se pueda requerir apoyo: imagenología, laboratorio de patología, laboratorio clínico, banco de sangre, entre otros. Contamos con todas las especialidades y subespecialidades para la atención de la población pediátrica con diagnóstico oncológico”, explica Ana Milena Betancur Pizarro, directora del Hospital Infantil San Vicente Fundación.
Cada año, alrededor de 600 niños con diagnóstico de cáncer son atendidos en la institución, provenientes no solo de Medellín y el Valle de Aburrá, sino también del resto del departamento y de otros departamentos cercanos como Chocó o Córdoba. Por eso, garantizar que el servicio de quimioterapia ambulatoria sea un espacio de bienestar y tranquilidad resulta esencial. Los pacientes pediátricos, además de las exigencias médicas, enfrentan el reto emocional de adaptarse a largas jornadas clínicas. Un entorno amable, seguro y pensado para ellos puede marcar la diferencia entre vivir el tratamiento de forma negativa o como una oportunidad de superar un diagnóstico poco alentador y salir victoriosos.
“Esta renovación de la sala forma parte de un proyecto que tenemos de renovación de muchos de nuestros espacios. En una primera fase se adecuaron unas habitaciones para trasplante de médula ósea, que es otro procedimiento que complementa la atención del paciente oncológico. Y este año nos enfocamos en una segunda fase que se encaminó a la renovación del espacio de terapia ambulatoria. Porque son los niños que ya no están hospitalizados, que vienen a recibir su tratamiento de quimioterapia durante cuatro o cinco horas, según su esquema, y luego regresan a su hogar o incluso algunas veces deben quedarse hospitalizados”, explica Betancur.
Ese carácter ambulatorio hace que la comodidad y la calidez del entorno sean factores decisivos. “Al ser ambulatoria, implica que el niño o la niña tiene que interrumpir sus actividades en casa o en el colegio, dirigirse al hospital para tomas de muestras, administración de medicamentos y batallar con los efectos adversos, que no suelen ser agradables: desaliento, náuseas, vómito, etc.”, agrega. Por eso, aunque el número de cubículos se mantuvo —diez en total—, el enfoque estuvo en transformar la experiencia: los espacios ahora son más amplios, ventilados, coloridos y pensados para el bienestar. “Lo que hicimos fue que lo que teníamos lo volvimos más bonito, agradable y amigable con los niños”, afirma.
Las adecuaciones también respondieron a la comprensión de que un paciente pediátrico no es un adulto pequeño: sus emociones, miedos y formas de procesar la enfermedad son distintas. “La mayoría de los pacientes allí están en una etapa de cambios, de crecimiento y exploración del mundo. Acompañada de una enfermedad, se dificulta más la experiencia. La literatura muestra que la mayor proporción de falta de adherencia al tratamiento oncológico está en los adolescentes entre los 14 y 16 años”, explica Betancur. Por eso, crear espacios donde los niños y jóvenes puedan sentirse tranquilos, respetados y acogidos no es un detalle estético, sino una estrategia terapéutica.
La renovación de la sala de quimioterapia infantil ambulatoria implicó pintura nueva, instalación de aires y adecuación de espacios de recreación y de cubículos para garantizar mayor privacidad y mejores condiciones de aislamiento, fundamentales en pacientes inmunosuprimidos. También se optimizó la iluminación, se adecuaron los lavamanos y baños para que fueran aptos para la población pediátrica y se cambió por completo el mobiliario, priorizando la comodidad y la seguridad. Fue una transformación pensada desde la experiencia humana de quienes habitan ese espacio: los niños, los adolescentes, sus familias y el personal asistencial.
Cada detalle fue diseñado con un propósito: mejorar la vivencia del tratamiento. Las nuevas camillas ofrecen más confort durante las largas sesiones y las áreas de recreación permiten que los niños pinten, jueguen o encuentren un momento de distracción en medio de la rutina clínica. “Queríamos que el espacio se sintiera amable, que los niños lo reconocieran como un lugar donde pueden estar tranquilos, donde hay color, alegría y posibilidad de juego”, explica Ana Milena Betancur.
Para los adolescentes —quienes suelen atravesar el tratamiento con más resistencia emocional— se incorporaron tabletas y elementos tecnológicos que les permiten conectarse, estudiar o distraerse durante las terapias. Además, las mejoras no se centraron únicamente en los pacientes: el personal de salud que acompaña día a día este proceso también cuenta ahora con mobiliario y condiciones más cómodas y tranquilas, reconociendo que su bienestar es fundamental para ofrecer un cuidado empático y de calidad.
El proyecto fue posible gracias al apoyo de la Fundación Mia’s Miracles y lleva su sello tanto en los colores —pastel— como en la elección del mobiliario. La fundación es una organización nacida del amor y la pérdida. Su historia se remonta a Mía Villegas, una niña que, con tan solo 22 meses de edad, fue diagnosticada con un cáncer cerebral. Aunque su vida fue breve, su paso por el mundo dejó una huella tan luminosa que inspiró a sus padres —el golfista Camilo Villegas y María Ochoa— a crear una fundación que llevara su nombre y su espíritu.
Desde entonces, Mia’s Miracles ha impulsado proyectos alrededor del mundo con un propósito claro: brindar bienestar, alegría y esperanza a los niños y familias que atraviesan procesos médicos complejos. En Colombia encontraron en el Hospital Infantil San Vicente Fundación un aliado que comparte esa misma vocación: sanar con humanidad, excelencia y calidez.
“Para nosotros, contar con aliados que entienden la importancia del entorno en el proceso de sanación es invaluable. El gesto de la fundación demuestra que la solidaridad puede materializarse de muchas formas, porque cada mejora, por pequeña que parezca, tiene un impacto profundo en la forma en que un niño enfrenta su proceso médico”.
La nueva sala de quimioterapia infantil ambulatoria es hoy un reflejo de lo que inspira el quehacer del Hospital Infantil San Vicente Fundación: ofrecer atención con excelencia y humanidad al cuidado de la vida. Gracias a la alianza con Mia’s Miracles y al apoyo constante de los demás donantes y colaboradores, el hospital reafirma su compromiso con una atención integral, donde el bienestar emocional es tan importante como el físico. En un entorno más luminoso, amable y humano, los pequeños pacientes encuentran motivos para sonreír en medio del tratamiento, y los profesionales de la salud, inspiración para seguir cuidando con el corazón.
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