MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 325 OCTUBRE DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388
Leer. Leer unos cuadernos notariales para encontrar la fortuna de no saberse pobre. Leer los titulares sensacionalistas de una noticia, los copys de un influencer que ha descubierto por primera vez el amor al prójimo. Leer las letras pequeñas de los contratos hasta quedarse ciego, una publicidad en medio de la carretera que promete un escape de la realidad para encontrar la felicidad. Leer las indicaciones necesarias para sobrevivir: peligro, prohibido, no eres tú, soy yo. Leer la tristeza de un amigo (o de un desconocido), el nombre borrado de una tumba que presentimos pertenece a nuestro linaje, perdido en el tiempo. ¡Leer tanto y leer tan poco!
¿Cuántas gafas habrá que comprar en el mundo para que los ojos se acostumbren a leer de verdad? ¿O acaso será necesario ver así, tan borroso, para que las letras se confundan con el miedo, el miedo de no saber nunca qué está pasando? ¿Es sol de lluvia o es sol de sol? Mi madre sabía leer la intensidad de la luz que entraba por nuestra ventana, aun con las cortinas cerradas, y me entregaba una sombrilla. “Ábrala, mija, la va a necesitar”, y parecía loca caminando por las calles con una sombrilla abierta, hasta que caía la primera gotera y quienes se reían de mí se acercaban para buscar un refugio. Gracias a mi madre, a la que le costaba escribir su nombre, nunca llegué a casa emparamada.
Leer, definición quinta: “Descubrir por indicios los sentimientos o pensamientos de alguien, o algo oculto que ha hecho o le ha sucedido” (Real Academia Española). Mi madre leyó al cielo, quizá al rastro de una tormenta dejado en mi rostro. Madre, enséñame a leer. ¿Cómo es que suena la “m” con la “o”? “Mo”. Madre, hay un mo-nstruo en mi cama. No debajo. Al lado, y a veces me abrasa. Sí, madre, con s, tú que solo me enseñaste a abrazar, con z.
Debieron ensañarnos cómo lucían todos los trazos, los escritos, los dejados en la voz, los plasmados en el cuerpo. Debieron enseñarnos que al juntar dos palabras podíamos juntar dos cuerpos. Debieron enseñarnos que la ausencia, el silencio, el susurro también deben leerse. Debieron enseñarnos que antes y después del libro estamos nosotros, difícilmente dispuestos a ser leídos, abiertos como un libro maldito en un idioma indescifrable que, con la voz adecuada, despertaría a los demonios y a los dioses que decidieron abandonarnos al ver que nosotros, y no ellos, creamos la guerra.
Leer, definición primera: “Pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados” (Real Academia Española). ¿Comprender?, si lo que aprendimos fue a malinterpretar. Habrá una niña de 14 años que al leer a Ernesto Sabato presentirá en el amor un asesinato: “[..] en seguida supe cómo era y quién era, cómo yo la necesitaba y cómo, también, yo le era necesario. ¡Ah, y sin embargo te maté! ¡Y he sido yo quien te ha matado, yo, que veía como a través de un muro de vidrio, sin poder tocarlo, tu rostro mudo y ansioso! ¡Yo, tan estúpido, tan ciego, tan egoísta, tan cruel!”, y no sabrá huir al verse desangrada, y no leerá su propio rostro en el espejo como para darse cuenta de que hay una sombra bajo sus ojos que le advierte la destrucción que lleva por dentro. Entonces, tendrá más sentido el recuerdo de los garabatos, escritos por ella y borrados por su padre, que su reflejo. Una crayola rosa en la pared, una línea temblorosa, remarcada con las huellas de los dedos, la risa y la angustia de ser descubierta. Algo significaban, ¿verdad? Alguna vez ella escribió y hasta leyó, pero lo olvidó.
Olvidamos el sentido, el movimiento sutil de los ojos al tratar de perseguir las letras o los pasos, la lágrima involuntaria que cae sin ser pensada. Olvidamos los significados y parece que una palabra u otra da igual, porque, al final, todas van a doler. Olvidamos los motivos que nos inventamos para tratar de explicar por qué existe la H.
¿Qué lees? ¿Es una historia de amor? ¿Es un misterio? ¿Es la violencia? ¿Es el futuro? ¿Es autoayuda? ¿Necesitas ayuda? Levanta los ojos y mira. ¿Un libro te ha encerrado? ¿Te cansaste de imaginar? Ay de ti que presumes de los conceptos, ¿cuál de ellos llevas en el pecho? ¿Un libro te ha liberado? Ay de ti que descubriste una pasión, ¿cómo le contarás a los demás que decidiste volver a imaginar?
He visto tantos hombres que aun sabiendo donde queda su casa caminan y caminan buscando algo, quizá un hogar. La sangre de sus talones añora la tierra. Quítate los zapatos, déjala que fluya, que se acerque a las quebradas, que los demás la vean hasta que alguien la lea, la saboree, la recoja y te la devuelva. Leer, segunda definición: “Comprender el sentido de cualquier tipo de representación gráfica” (Real Academia Española), de los mapas de sangre que nos dibuja y nos une, necesitados de una curita para el corazón. Herida no vista, guardada en un cajón viejo en el último rincón de la casa, olida y lamida por un perrito que busca consolarnos.
Leer la mano, el tinto, el tabaco, las cartas. Leer tanto el futuro y tan poco el presente. No sé si lo estamos haciendo bien o si yo lo estoy haciendo bien. He comprado tantos libros que mi avaricia me ha costado la insensates de dejarlos guardados, acumulando polvo, en mi incapacidad para entenderlos.
Si yo hubiera aprendido a leer, madre, tal y como tú lo enseñaste, te habría llevado un paraguas.
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