MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 128 MAYO DEL AÑO 2008    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Reflexión del mes

"Sin exageración puede afirmarse que la ciencia ética de Sócrates, que ocupa el lugar central en los diálogos de Platón, habría sido inconcebible sin el procedimiento de la medicina. De todas las ciencias humanas entonces conocidas, incluyendo la matemática y la física, la medicina es la más afín a la ciencia ética de Sócrates.

Sin embargo, la medicina griega no merece ser tenida en cuenta solamente como antecedente de la filosofía socrática, platónica y aristotélica en la historia del espíritu, sino además porque por vez primera la ciencia médica, bajo la forma que entonces revestía, traspasa los linderos de una simple profesión para convertirse en una fuerza cultural de primer orden en la vida del pueblo griego".
(En: “Paideia”, Cap. I: “La medicina griega, considerada como Paideia”)
Werner Jaeger (Alemania 1888 Estados Unidos 1961). Filósofo y filólogo alemán. Fue profesor en Berlín hasta 1934, año en que emigró a Estados Unidos, donde ejerció la docencia en las universidades de California, Chicago y Harvard. Relevante estudioso de la Grecia clásica, es autor de Aristóteles (1923), Paideia (1934) y La teología de los primeros filósofos griegos (1952).
 
'Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre'.
Refrán popular castellano
En todos los tratados que dan cuenta sobre los orígenes de la industria de medicamentos, se repite una y otra vez que “la industria farmacéutica surgió a partir de una serie de actividades diversas relacionadas con la obtención de sustancias utilizadas en medicina”; así de simple, la industria de medicamentos se desarrolló en función de la necesidad que
tienen los médicos para prescribir un tratamiento a quienes les consultan porque están enfermos. La industria farmacéutica como la conocemos hoy, acompaña a la humanidad desde hace dos siglos, cuando en 1820 el francés Joseph Pelleterier preparó Quinina del alcaloide extraído de la corteza de quina y posteriormente la farmacia de T.H. Smith Ltd. en Edimburgo y otras más en Europa, utilizando preparaciones normalizadas que les permitían producir estas sustancias de manera industrial, comercializaron éste y otros principios activos como atropina y estricnina.
No es de extrañar que siempre haya existido, y pudiera decirse que siempre existirá, una estrecha relación entre los médicos y la industria farmacéutica, pues los profesionales de la salud siempre han requerido, y requerirán, nuevas alternativas terapéuticas para sus pacientes. Asimismo, el desarrollo de medicamentos siempre demandará de una u otra forma, de la participación del conocimiento médico. Es más que un simple decir: el desarrollo farmacéutico y el conocimiento médico se necesitan mutuamente, y el perfeccionamiento del uno implica ineludiblemente el del otro.
Sin embargo, algunos consideran que los médicos y la industria farmacéutica no deben, ni pueden relacionarse de manera alguna, y que todo médico que trabaje para la industria de alguna forma, sea porque presta sus servicios como asesor científico o investigador, o porque trabaja directamente con ella, pierde automáticamente sus valores y su capacidad para actuar de forma independiente. Nadie pretende negar que se han dado situaciones infortunadas que comprometen a unos y otros, que merecieron la justa crítica de muchos; pero algún trecho va de ajustar las relaciones médico-industria -debido a que han existido dificultades que se han debido y deben controlarse-, a aceptar doctrinas de Talibanes tan de moda por estos días, que amenazantes señalan que los médicos no pueden acercarse de ningún modo a la industria que investiga, desarrolla y provee medicamentos.
Es indiscutible que las relaciones entre la industria farmacéutica y los médicos requieren claros parámetros que permitan a unos y otros, desarrollar sus actividades con independencia, ética, profesionalismo, y anteponiendo siempre el interés último que los debe impulsar, cual es, la atención de los pacientes. Por ello, la industria farmacéutica de investigación en Colombia viene ajustando de manera sistemática su 'Código de Ética para la promoción de medicamentos y su relación con los profesionales de salud' -más conocido como 'Código de Afidro'-, un acuerdo entre las principales compañías farmacéuticas de investigación en el país, que regula cómo deben promocionarse los medicamentos ante profesionales de la salud y cuáles deben ser los principales aspectos que deben regir la relación con los médicos en aspectos tan sensibles como Investigación Clínica, Educación médica, Eventos, Consultoría y Calidad de los medicamentos.
El Código de Afidro busca que “las relaciones de la industria farmacéutica de Investigación y Desarrollo con los profesionales de la salud propendan por el beneficio del paciente, que apoyen una sana práctica de la medicina y demás profesiones relacionadas con la salud de los colombianos, por medio de la entrega de información científica y educativa veraz, debidamente soportada, así como el apoyo a la investigación y el desarrollo”. De igual forma establece su compromiso con el respeto de los más elevados estándares, en todas sus actividades de comercialización. El Código de Afidro puede consultarse en http://www. afidro.org/img/documento /Nuestro_Codigo_de_etica.pdf.
Uno de los aspectos más inquietantes es: ¿Cómo hacer en lo tocante a Educación Médica? Para nadie es un secreto que la industria farmacéutica es uno de los actores que más ampliamente ha participado en el desarrollo de eventos e iniciativas orientadas a que los médicos se capaciten. Ante la casi nula oportunidad de educación médica de los profesionales de la salud hoy en día en Colombia, y ante las muy limitadas condiciones económicas que les ha impuesto el sistema de salud, las opciones de capacitación ofrecidas por la industria farmacéutica no deben descartarse cuando ellas se dan en un contexto de respeto y comportamiento ético. Indudablemente, los seminarios, congresos y demás encuentros científicos deben plegarse a estrictos estándares que busquen la capacitación real de los profesionales de salud, más allá de los intereses de terceros.
Asimismo, se quiere estimular la Investigación Clínica realizada bajo estrictos estándares éticos, y bajo la premisa que debe cumplirse siempre con todos los requisitos de la Buena Práctica Clínica. Estas investigaciones realizadas por médicos y científicos se convirtieron en una importante actividad que aporta nuevos datos para el desarrollo de medicamentos, transfiere conocimientos y tecnologías, y es fuente de importantes recursos para muchos centros de investigación en el país. Para fortuna de todos, este tipo de investigación ha aumentado en Colombia gracias a la calidad de los profesionales de salud, a que existen reconocidos centros de investigación y una muy exigente regulación, además de requerirse la participación de Comités de Ética para llevar a cabo las investigaciones.
Ahora se promueve de manera activa ante las diferentes sociedades médicas, la revisión del Código de Ética de Afidro, con el fin de que adopten planteamientos allí descritos o que adapten algunos de ellos en sus propios Códigos de Ética, convencidos que la adecuada relación médicos-industria y su independencia de criterios, deben buscarse afanosamente. Igualmente se buscan acercamientos con la Asociación Colombiana de Sociedades Científicas -ACSC- y la Asociación de Facultades de Medicina -ASCOFAME-.
Conscientes que la regulación sobre publicidad de medicamentos no es suficiente para dar adecuado alcance a los temas de promoción de medicamentos ante los médicos, es necesario adoptar Códigos de conducta que preserven la ética y la competencia leal entre las compañías. Por ello es impostergable también, que la industria de copias y genéricos que opera en el país participe de estas iniciativas. Hoy el Código de Ética para prácticas promocionales de la Industria Farmacéutica es único en Colombia, y son signatarios del mismo compañías como AstraZeneca, Bayer-Schering, Boehringer Ingelheim, Bristol-Myers Squibb, Elly Lilly, Genzyme, GlaxoSmithKline, Janssen-Cilag, Merck Merck Sharp & Dohme, Novartis, Pfizer, Roche, Sanofi Aventis, Schering Plough, Wyeth, Zambon.
Los debates y señalamientos siempre existirán, pero toda iniciativa orientada a mejorar la relación entre profesionales de salud y la industria farmacéutica, contribuirá como garantía para una mejor atención al paciente y para preservar la confianza en la relación médico-paciente.
 
  Bioética
Dos de los argumentos más frecuentemente presentados a favor de la eutanasia son: primero, evitar al enfermo sufrimientos inútiles que menoscabarían su dignidad humana; y segundo, que la no aceptación de esta práctica es una cuestión religiosa. Ambos argumentos indican ignorancia de quien los presenta o, peor aún, mala fe porque tratan de ocultar la verdad sobre el tema.

La eutanasia, por definición, es la supresión de la vida de un enfermo en fase terminal, con el fin de evitarle dolores o sufrimientos. Esgrimir esta razón es ignorar que la obligación del médico, obligación ética, es administrar al paciente los fármacos disponibles que alivien plenamente tanto sus dolores físicos como su sufrimiento psíquico. Insisto: es deber del médico, y falta gravemente si no está atento a ello, calmar los dolores que atormentan al enfermo así la substancia de que disponga y las dosis exigidas tengan efectos secundarios no deseados pero inevitables como el embotamiento o pérdida de la conciencia, o los que afecten otras funciones -respiratoria, circulatoria, etc.-. Es su responsabilidad procurar una «atención al moribundo -y agrego yo, al enfermo terminal- con todos los medios que posee actualmente la ciencia médica: para aliviar su dolor y prolongar su vida humana», como lo enseña Vidal. Más aún, es su deber velar por que su labor sea oportuna y adecuada y satisfaga aspectos humanos tales como afectos, confianza, aspectos religiosos, legales, etc. Y consideramos medidas terapéuticas necesarias, debidas y con sentido, la adecuada hidratación y la alimentación del paciente por medios ordinarios, proporcionales, no extraordinarios. Es un deber ineludible de todo profesional del área de la salud no acortar la vida ni prolongar la agonía más allá del límite biológico esperado, oportuno, natural, de las reservas biológicas propias de cada organismo -lo que se conoce como ortotanasia-. Es clara la diferencia entre “matar” o eutanasia y “dejar morir” u ortotanasia.
Desde la ética personalista el médico ni ninguna persona del área de la salud puede éticamente disponer de la vida del paciente ni por acción directa ni por omisión -acción por omisión-; tampoco es ético caer en el encarnizamiento clínico. Destruir a un ser humano que no ha cometido ningún delito, ninguna falta, y que está sometido a una condición intrínseca de su existencia, no es dignificarlo ni respetarlo así se haga por compasión, por “amor”. Matar por amor o por compasión también es matar, es suprimir una vida humana injustamente.
El argumento de que son las religiones, especialmente la católica, las que se oponen a la práctica y despenalización de la eutanasia es igualmente falaz e indica ignorancia o mala fe. Cualquier médico medianamente informado sobre su profesión sabe, o mejor debe saber, que en el Juramento llamado hipocrático -hórkos- proclamado entre lo siglos V y IV antes de Cristo, el voto cuarto afirma: «No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal ni haré semejante sugerencia. Igualmente tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte».
La antopología filosófica condena el aborto, la eutanasia, el “suicidio asistido” y exige al médico y a todo aquel que esté al cuidado del paciente terminal con toda claridad, que entre su deber frente al ser humano enfermo no se interpondrá ningún interés político, económico, religioso, racial, social, etc.
La historia y el êthos de la medicina nos muestran que el “sanador” o médico tiene como misión esencial el cuidar de la vida en general y de la humana en particular, y que en las culturas en las que se practicaban sacrificios humanos él -el “sanador”- no participaba, y dichos sacrificios los realizaban sacerdotes. Si se contamina la misión del médico con la del verdugo, cualquiera sea la razón que se dé para ello, traerá como consecuencia que el paciente pierda la esencial confianza en el profesional médico y en el personal del área de la salud.
En la decisión eutanásica la intención es obviamente la de poner fin por medios externos -omisión o comisión- a la vida de una persona, cuya dignidad no se pierde porque esté en la fase terminal. En decisión ortotanásica la intención y la acción de la voluntad expresan el reconocimiento de las limitaciones biológicas de toda vida, a las de la medicina, a las del médico, pero prestando siempre al enfermo en fase terminal todos los auxilios que le ayuden a vivir con dignidad su estar muriendo.
La misión del médico es según Laín Entralgo:«Curar con frecuencia; aliviar siempre; consolar aliviando no pocas veces; consolar acompañando, en todo caso [...] como en la época de Bérard y Gluber -más aún como siempre-, allá donde no puede llegar la técnica debe llegar la misericordia». La misericordia como técnica médica de gran eficacia para el bien del paciente, que es el sentido fundamental de la medicina.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

 
 











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