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Más allá del mar, nosotros

Autor
Por: Yéssica Tuberquia Agudelo
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Hace poco tuve la oportunidad de volver a leer las cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento de América o, como diría Todorov, del “encuentro” de los españoles con un territorio que ya estaba allí, que siempre estuvo, y que lo encontraron por la mera casualidad de tener una embarcación emprendida por un hombre que, más allá de tener un corazón aventurero, confiaba en una ruta de interés comercial.

En las letras de Cristóbal Colón asistimos a la transformación del hombre medieval al moderno, no solo porque con él el mundo se vuelve más grande, sino porque, a pesar de haber llevado oro y riquezas a la Corona española, su vida termina con la decepción de su gran empresa: “Yo estoy tan perdido como dije. Yo he llorado fasta aquí a otros: haya misericordia agora el cielo y llore por mí la tierra”. Murió sin saber que había descubierto un nuevo continente y esa es la única razón por la cual América no lleva su nombre. Si Colón creyó que había pisado las Indias, su mano temblorosa, en cambio, escribió los trazos que darían inicio a la literatura hispanoamericana.

Al igual que él, muchos otros hombres (y una que otra mujer, disfrazadas de hombres, como la Monja Alférez) escribieron no sabiendo que estaban creando un mundo en el cual después nosotros nos fundamentaríamos, para bien o para mal. América se convirtió en un territorio para imaginar porque por primera vez las palabras que existían fueron insuficientes, lo que les dio la posibilidad de algo olvidado: crear. ¿Cómo describir algo nunca visto, algo nunca probado? Gonzalo Fernández de Oviedo se gastó más de cinco páginas en honor a la piña: el “adorno con que la Naturaleza la pintó y la hizo tan agradable a la vista para recreación de tal sentido […] Palparla, no es, a la verdad, tan blanda ni doméstica, porque ella misma parece que quiere ser tomada con acatamiento de alguna toalla o pañizuelo; pero puesta en la mano, ninguna otra da tal contentamiento”.

Es por eso por lo que Gabriel García Márquez inicia su discurso del Premio Nobel de Literatura con las Crónicas de Indias: “Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo”.

Y aunque quisiera romantizar aquel intento por nombrar el mundo como Adán, del imaginario latido estruendoso que supongo debieron sentir en sus corazones, también mencioné que esto pudo haber sido “para mal”, porque los españoles no solo se encontraron con nuevos animales, plantas, climas, colores, sino también con personajes semejantes a ellos, pero con la gran diferencia de la lengua y de las costumbres. Se toparon de frente con la desnudez, una desnudez carente del significado simplista del sexo, y no pudieron ver a las mujeres con sus senos expuestos sin acusarlas de libidinosas. Quisiera, como todos, haber sido producto del amor. Y aunque algunas uniones de las razas sí pudieron haberse dado a través de las risas íntimas producidas por el intento de entenderse entre sí, me temo que muchos de nosotros venimos con una herida en la memoria de nuestra sangre que todavía guarda el grito o el silencio de una mujer violada.

Los españoles encontraron un mundo en el que se preguntaron si aquellos que acababan de conocer, tan parecidos a ellos, eran humanos o animales. ¿Tenían alma o no? Las respuestas fueron más complicadas de lo que ahora parece, porque no obedecían a la obviedad, sino a intereses particulares, como los económicos, militares, evangelizadores... Considerarlos inferiores les otorgaba un dominio total sobre ellos. ¿Qué eran?, ¿qué éramos?, ¿cómo debían colonizarnos? Estas preguntas dieron lugar a lo que se conoció como la Controversia de Valladolid, donde, por un lado, Juan Ginés de Sepúlveda era de esta posición: “¿Cómo hemos de dudar que estas gentes tan incultas, tan bárbaras, contaminadas con tantas impiedades y torpezas han sido justamente conquistadas por tan excelente, piadoso y justísimo rey como lo fué Fernando el Católico y lo es ahora el César Carlos, y por una nación humanísima y excelente en todo género de virtudes?”. Por el otro lado, estaba fray Bartolomé de las Casas que, en su intento por defender a los indígenas de las torturas de los españoles, creó una imagen como la del “buen salvaje”. Si Todorov se atreve a decir que los españoles encontraron a América, es porque quizá no se dieron a la tarea de descubrirnos.

En ese tire y afloje de buscar un encuentro, nacimos nosotros, inmersos en historias, como el mito de El Dorado que, de hecho, impulsó la absurda misión de secar la Laguna de Guatavita, como nos lo cuenta Juan Rodrígues Freyle en El Carnero, no sin un chisme de por medio. En el desencuentro, nuestra lengua se multiplicó, buscó protegernos, escondernos, defendernos, se recreó una y otra vez para gestarnos. En el encuentro, el sincretismo halló su lugar y la exuberancia se volvió parte de nosotros.

No creo que sea arriesgado decir que todos estos procesos de conquista y colonización permitieron que solo en América fuera posible el surgimiento del realismo mágico, porque solo aquí podríamos creer que esas historias pasaron. Por supuesto que en Macondo alguien fotografiaría todo en búsqueda de Dios, por supuesto que un hombre regresaría de la muerte por su incapacidad para la soledad, por supuesto que una mujer subiría al cielo en cuerpo y alma, por supuesto que en Ixtepec el tiempo se detendría para que un par de amantes pudieran escapar.



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