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La lucha de la mujer por sus derechos ha sido un proceso heredado de generación en generación y en la cual se han conseguido históricos logros a través del tiempo. La medicina es un ámbito que ha hecho parte de esta batalla por la igualdad, y en el que grandes mujeres se han abierto paso sobresaliendo ante sus pares gracias al talento y perseverancia por cumplir sus metas.
Elizabeth Blackwell, por ejemplo, fue una mujer inglesa que a mediados del siglo XIX viajó a Estados Unidos y se convirtió en la primera mujer en graduarse de medicina en el país americano. Tuvo que sortear obstáculos como el rechazo por parte de más de 10 universidades que negaban su ingreso como estudiante, y después, de las instituciones que no querían tener a una mujer trabajando. Con el tiempo, ante la falta de alternativas, se dedicó a la partería, pero la constancia y convencimiento de sus saberes, la llevaron a abrir un consultorio junto con su hermana que terminaría convirtiéndose en un hospital, sería el primer centro de salud dirigido por mujeres.
En Colombia estos logros llegarían después, y muchas mujeres consiguieron abrir puertas para las futuras generaciones. Entre ellas estaba Vilma Piedrahita Echeverri, antioqueña que estuvo entre las trece primeras mujeres en graduarse de medicina en el país, fue la primera mujer pediatra de Colombia y la primera nefróloga de Antioquia. Su responsabilidad y ganas de aprender la llevaron a convertirse en parte fundamental del desarrollo de la nefrología en el país.
La doctora Vilma nació en una familia bastante comprensiva y cálida. Su padre era Guillermo Piedrahita, tesorero en la Universidad de Antioquia por 45 años, y su madre era Ángela Echeverri, quien dedicaba su tiempo al hogar. La generación de la doctora Piedrahita fue testigo de la entrada de las damas a carreras como odontología y derecho. Gracias a esto, desde el bachillerato ella tomó la decisión de continuar estudiando en la universidad cuando se graduara.
Era muy buena en matemáticas, pero todavía no conocía ninguna ingeniera, entonces decidió entrar a medicina y aplicó para la Universidad de Antioquia, Alma Máter al que su padre le había inculcado un cariño especial. Su familia la apoyó en la decisión, ya que eran fieles creyentes de que las mujeres debían tener un espacio en las universidades. Para ese momento solo había cinco cupos para ‘damas’, por lo que entró a estudiar en 1952 en compañía de cuatro mujeres y 100 hombres.
Su experiencia cursando la carrera no fue fácil, incluso uno de sus hermanos, que estudiaba medicina en la misma universidad, le pidió no involucrarlo mucho debido a los ’problemas’ que esto le podía traer. Además, las mujeres recibían miradas descalificadoras y muchas veces llegaron a escuchar personas diciendo que elegían a las más feas para ser médicas. Esto nunca la afectó, pues ya iba preparada para este tipo de trato y aprendió a sobrellevar la situación.
Cuando terminó su internado, que finalizó en el sector de pediatría, y por la que estuvo nominada a mejor interna de su generación, estaban empezando las residencias en el hospital, pero ella tenía pensado irse para Valparaíso donde ya había estado unos meses dirigida por el doctor Héctor Abad Gómez. Sin embargo, sus profesores la convencieron de quedarse en el hospital. Se graduó de medicina en 1958 y para enero de 1959 empezaba su residencia en pediatría.
La experiencia en la residencia fue muy buena y gracias a su destacada participación fue nombrada jefe de residentes de pediatría y contratada por la institución para ser profesora. Tiempo después recibió una beca completa de la Fundación Kellogg, con la que pudo irse a estudiar nefrología a Estados Unidos en Harvard y el Hospital de Boston. La especialización en nefrología pediátrica apenas empezaba en el mundo y ella la eligió por los casos que había recibido en el hospital que le mostraban la necesidad de esta especialidad en Colombia.
En Estados Unidos tampoco se veían muchas mujeres en el área de la medicina, pero fue tratada con bastante respeto y admiración. Tanto así que cuando terminó los años de especialización, le ofrecieron quedarse en el Hospital de Boston para reemplazar al jefe de nefrología, pero ella rechazó el trabajo porque sabía de la responsabilidad que tenía de llevar sus nuevos conocimientos a Colombia para compartirlos y lograr salvar más vidas.
Así, volvió a Antioquia y, junto al doctor Bernardo Ochoa, preparó charlas sobre nefrología por todo el país para que otros médicos pudieran aprender sobre estos temas, tal y como ella había aprendido en Estados Unidos. Con las charlas consiguieron extender sus conocimientos a otras personas que no tuvieron la necesidad de viajar al exterior, y lograron que más adelante se creara la especialización en Colombia.
Entre sus cargos administrativos se destacan el de subsecretaria de salud en 1970, en el que estuvo un año; de allí salió para ir a trabajar a la Facultad de Medicina de su Alma Máter, donde llegó como vicedecana. En 1973 fue ascendida y se convirtió en la primera mujer decana de medicina en toda América del Sur. En este puesto tuvo que enfrentar varios retos relacionados con agitación estudiantil, pero consiguió controlar las situaciones y ayudó a corregir varios aspectos a favor de los estudiantes y la facultad.
Ella acepta que era estricta, por eso decían que tenía los pantalones bien puestos, aunque pasaba sus días con su bata de médica. Creía, al igual que su padre, que todos tenían cabida en la Universidad sin importar raza, política, religión. Fue nombrada rectora encargada por tres semanas mientras el rector cumplía con compromisos en el exterior. Después de un año como decana, renunció debido a que se acababa de casar y no creía que pudiera dedicar el tiempo necesario a la Facultad.
A finales de 2018, siendo consciente de la necesidad de darle paso a las nuevas generaciones que ella misma había preparado, decidió irse del Hospital tras más de 50 años de servicio, aunque no la querían dejar ir. Así, ya retirada, empezó a recibir varios homenajes y reconocimientos, entre ellos el de Gran Antioqueña de Oro en medicina en el año 2016.
Vilma no se arrepiente de ninguna de sus experiencias y decisiones. Ahora ve desde su casa el esfuerzo de sus ‘discípulos’ para enfrentar esta pandemia y los riesgos que están corriendo, y le duele no poder estar en el campo de batalla ayudando a combatir el Covid-19. Sin embargo, entiende que por su edad y su salud no puede ponerse en riesgo por el momento.
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