MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 270 MARZO DEL AÑO 2021 ISNN 0124-4388
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La violencia es un tema casi tan antiguo como la misma naturaleza humana. Durante siglos y desde diversas áreas del conocimiento se han investigado los comportamientos agresivos que, por su amplia complejidad, han llegado a convertirse en un problema de salud pública sin antes poder entender si son causa o consecuencia, y de qué. Hemos vivido toda una vida la violencia pero nos ha costado su comprensión y por ende, trascenderla.
Según las Naciones Unidas la violencia contra las mujeres se define como “todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”, y está presente, en mayor o menor medida, en todas partes del mundo.
Globalmente, el 35 % de las mujeres, es decir, una de cada tres según la ONU, han sufrido alguna vez violencia física o sexual por parte de una pareja íntima, o violencia sexual cometida por una persona distinta de su pareja. Además, de todos los asesinatos a mujeres que suceden anualmente, el 38 % son consumados por su pareja masculina y cada día, mueren 137 mujeres a manos de algún miembro de su familia.
La violencia frecuentemente ha ido ligada con la salud y tiene factores de riesgo, causas y consecuencias, que mayoritariamente se han relacionado con la víctima, por ser esta quien recibe la afectación inmediata, sin embargo, entender esos factores determinantes que pueden ser causales del comportamiento violento en el agresor, se vuelve imprescindible a la hora de querer desatar un círculo vicioso tan agresivo como normalizado por la sociedad.
En esa búsqueda, diferentes organismos, desde los más institucionalizados, como la ONU y la OMS, han señalado que aspectos macro sociales como las condiciones económicas, la organización y el pensamiento social de un país, son factores que, innegablemente, influyen en el modo y la calidad de vida, regulando la conducta del hombre desde el deber ser, lo que a su vez puede repercutir en el desarrollo de patrones culturales que más tarde pueden influir en el origen de trastornos o patologías relacionadas a comportamientos violentos.
Según Camilo Andrés Betancourt, psicólogo e investigador judicial, “si estoy en un escenario mal adaptativo o disfuncional voy a aprender a comportarme de acuerdo a las exigencias de ese escenario, y puede que esas exigencias sean pensar de forma machista, agredir a quien se oponga a mi postura o mostrarme como el más atarbán, y eso puede generar anomalías a nivel cognitivo-conductual”.
El estar expuesto frecuentemente a ambientes donde el mensaje violento es permitido y avalado hace al sujeto más tendiente a desarrollar conductas agresivas, pues lo que aprende es lo que imita y, en ese sentido, lo que aprende no es mera responsabilidad de la familia, sino de todo el entorno circundante: instituciones educativas, medios de comunicación, amigos, entre otros. Esto sumado a unas pautas de crianza que en algunas culturas son más permisivas en relación con la violencia y el abuso hacia las mujeres, entre ellas las latinoamericanas: “la región más letal para las mujeres según la ONU, donde cada dos horas una mujer es asesinada por el mero hecho de ser mujer; y, claramente, la colombiana, donde la violencia ha estado tan arraigada en el tiempo que hasta se ha vuelto el tema central en la agenda de entretenimiento televisivo con la creación de las famosas ´narconovelas´. En Colombia, 873 mujeres fueron asesinadas y 58.141 sufrieron algún tipo de violencia entre 2019 y 2020. El 85,4 % de las víctimas de violencia sexual son mujeres y más del 69 % de los feminicidas eran conocidos por ellas.
Dentro de esos mismos patrones culturales nos encontramos también con que en nuestra sociedad la identidad masculina está muy delimitada a ciertas creencias, valores y actitudes como el ocultamiento de las emociones, la preocupación por el éxito profesional y el ejercicio del poder como forma de control a todos los niveles; estas, vistas como formas violentas de interacción, son el resultado de un modelo familiar y social que las acepta como estrategias adecuadas para resolver conflictos.
Además de la indudable influencia que ejerce el medio sobre la salud mental del individuo, existen aspectos ajenos al control de la persona, como el desarrollo de un trastorno o una psicopatía, que han sido identificados como causales de comportamientos violentos.
Según Betancourt, entre los trastornos que más se vinculan al hombre en relación con la violencia dentro del hogar y contra su pareja, encontramos el trastorno límite de la personalidad, el trastorno bipolar afectivo, el trastorno antisocial de la personalidad, las psicopatías y las parafilias.
Por otro lado, aunque no sea posible definir un único perfil del agresor, se ha encontrado que en hombres que hacen uso abusivo de las drogas o el alcohol la capacidad de inhibición para controlar impulsos agresivos se ve reducida; esto sumado a otros hallazgos como falta de habilidades de comunicación y de solución de problemas y baja inteligencia emocional. Ahora, en gran parte de las mujeres víctimas de violencia, sea física, sexual, psicológica o de otro tipo, el contexto cultural, el pensamiento social y el tener un continuo de sucesos violentos durante su niñez y juventud, también influyen en el desarrollo de una visión machista incluso desde la mujer, llevándola a reproducir inconscientemente, el mismo pensamiento en los patrones de crianza – mencionados al inicio - de sus hijos e hijas que, a su vez, crecerá con esto tan normalizado que lo seguirá perpetuando.
Según Doris Ospina, psicóloga e investigadora del grupo Salud de las Mujeres de la Universidad de Antioquia, en esa exposición sistemática al maltrato las víctimas pueden desarrollar el “síndrome de la desesperanza aprendida, donde la persona no reacciona, no responde, se queda pasiva, le cuesta entender lo que está pasando y quizás eso es lo que nosotros decimos que se normaliza, pero es que las mujeres están bajo efectos psicológicos y se les dificulta responder al maltratador y al maltrato”.
Si bien las víctimas también pueden presentar patologías - un trastorno obsesivo compulsivo, por ejemplo - o actitudes derivadas del estrés que viva en su entorno social, que auspicien el conflicto sobre todo en la pareja, sin embargo, la respuesta no será la misma. Las mujeres actúan de manera diferente y, por sus condiciones físicas naturales, casi nunca han optado por el enfrentamiento directo contra el hombre, aunque también ocurra, prefieren otras estrategias.
Durante el aislamiento preventivo obligatorio, la línea 155 de atención a mujeres víctimas de violencias reportó un incremento del 169,75 % en las atenciones realizadas por violencia intrafamiliar (74,55 % de las llamadas), con por lo menos una llamada cada 11 minutos.
Para Gallo “…carecemos de buenas prácticas para implementar políticas públicas en la comunidad” y esto afecta desde la falta de rutas de atención eficientes tanto para víctimas como para victimarios, hasta la implementación en las instituciones educativas de programas de educación y prevención sexual.
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