MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 270 MARZO DEL AÑO 2021 ISNN 0124-4388
elpulso@sanvicentefundacion.com
Es difícil saber desde ya si la pandemia por Covid-19 operará como un punto de inflexión en la humanidad, o si se perderá en la historia como sucedió con la gripa española, y otras catástrofes del mismo tipo, quedándose como fuente de inspiración para literatos.
Y es que pasado el estupor por las muertes, los cierres perentorios de las ciudades, la quiebra de negocios, la transformación de hábitos, y de algunos redescubrimientos, como la felicidad por sentirse sano, la importancia del afecto, la necesidad de pausar a ratos el ritmo de la vida, o simplemente recapitular para definir lo verdaderamente importante, parece que la sociedad clama por el regreso, gracias a la existencia confirmada de la vacuna, a la normalidad, pero… ¿a cuál normalidad?
Aunque desde el comienzo de la pandemia se han escuchado voces que llaman a la reflexión sobre el modo de vivir de la sociedad posmoderna, es tal vez el momento de comenzar a prestarles atención.
Sobre los efectos del Covid-19 aún falta mucho por saber y por decir, las secuelas en la salud, el Covid prolongado, las características que deben tener los sistemas de salud en el mundo a partir de ahora con el fin de estar mejor preparados para este tipo de emergencias, la necesidad de repensar los sistemas de propiedad intelectual frente a desarrollos que pueden salvar la vida, y un sinnúmero de elementos sobre los cuales habrá que desarrollar análisis amplios que nos lleven como humanidad hacia nuevos quehaceres y a miradas más encaminadas a privilegiar lo esencial, la vida.
La Organización Mundial de la Salud, y muchas otras entidades y pensadores, han llamado la atención sobre un par de realidades que si bien son sabidas desde hace años, no habían estado tan presentes como ahora. Existen millones de virus que pueden ser potencialmente peligrosos para los humanos y que hasta hoy han vivido en especies animales para las cuales son inocuos. Y la otra realidad, el cambio climático puede ser la gran pandemia que haga colapsar la vida tal como la conocemos.
Ambos hechos se correlacionan porque están unidos por una finísima cuerda que puede romperse en cualquier momento. La invasión de hábitats hasta ahora poco explorados por el hombre, ha producido el desplazamiento de especies animales y un mayor y más constante contacto con el hombre. A esto se debe sumar el tráfico de fauna silvestre, el tercer mayor delito a escala mundial, que actúa como un factor de riesgo real para la transmisión de zoonosis incluso hasta ahora desconocidas.
La probabilidad de que en los próximos años nos veamos enfrentados a pandemias de origen desconocido no es remota y la OMS ha alertado sobre el tema, sin embargo nuestra confianza se ha visto fortalecida por la capacidad de la ciencia cuando trabaja de forma cooperativa. En pocos meses se tuvo la identificación genómica de un virus hasta ese momento desconocido, pero fue más allá y en menos de un año se contó con vacunas eficaces, estos dos logros hacen que su papel se haya cumplido.
Pero esta capacidad científica de la contemporaneidad no debería generar falsas confianzas en que todo podrá ser solucionado. Los humanos no podemos seguir viviendo como si mantuviéramos una guerra contra la naturaleza, por el contrario, somos parte integral de ella y la tarea debe ser aprender a convivir sin depredar ni destruir bajo el entendido de que somos mutuamente dependientes.
Si bien la esperanza de superar el Covid-19 ya es una realidad tangible, es también claro que aún no se puede cantar victoria; las nuevas cepas son un peligro real que atenta contra las soluciones halladas hasta ahora, y lo que esto muestra es que el virus, un ser que convive con nosotros en la misma naturaleza, también puede luchar por su existencia a través de mutaciones que lo hacen cada vez más resistente, y en este caso lo que presenciamos es solo el primer capítulo de un enfrentamiento que se podría prolongar durante mucho tiempo.
Definir hacia cuál normalidad queremos avanzar debe incluir el análisis de variables como el respeto del hábitat, pero también, entendernos como seres que dado nuestro grado de evolución, debemos asumir la tarea de ser responsables y cogestores del cuidado de la vida en el sentido más amplio que esto puede tener. La vida no es un término que se reduzca al campo de lo humano, y debe ser entendida como una característica hasta ahora única del planeta, por lo tanto lo que debemos cuidar no es la conservación de nuestra especie, sino la del concepto en su totalidad.
Y este sería el cambio más profundo que podríamos hacer como resultado de una inflexión en el rumbo de los humanos como habitantes de un planeta que también clama por “nuevas normalidades”.
EL PULSO como un aporte a la buena calidad de la información en momentos de contingencia, pública y pone a disposición de toda la comunidad, los enlaces donde se pueden consultar de manera expedita todo lo relacionado con el Covid-19-
Tel: (4) 516 74 43
Cel: 3017547479
diana.arbelaez@sanvicentefundacion.com