MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 238 JULIO DEL AÑO 2018 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com
L os comités nacieron cuando los médicos se enfrentaron por primera vez al impacto de diferentes avances tecnológicos y alternativas terapéuticas que generaron la presencia cada día más frecuente de enfermos con supervivencia en condiciones de pobre calidad de vida.
Avances paradójicos que a pesar de sus beneficios trajeron consigo nuevas formas de sufrimiento y de prolongación de la vida en condiciones que antes no se conocían. Es lo que ha ocurrido en las décadas de los años sesenta y setenta del siglo pasado con la aparición de antibióticos de alta espectro, inotrópicos, inmunosupresores, diálisis, UCIs, trasplantes, RCP, técnicas quirúrgicas, diagnósticos prenatales etc.
Bien pronto aparecieron dilemas como los de Karen Ann Quinlan, el Baby Doe y muchos otros que se conocen suficientemente en la literatura de la historia del nacimiento de la bioética y que obligaron a los médicos y familiares a buscar respuestas en los tribunales de una sociedad tan legalista y respetuosa de los derechos humanos como lo es la norteamericana. Los tribunales a su vez se encontraron sorprendidos y solicitaron a los hospitales la configuración de comités de ética interdisciplinarios para resolver tales asuntos.
Se inició así lo que conocemos como el apogeo de los comités de ética hospitalaria, los cuales adquirieron renombre y empoderamiento de gran relevancia, simultáneamente este fenómeno impulsó la génesis de la bioética como disciplina académica influenciada por profesionales del derecho, de la medicina, teólogos y filósofos, principalmente.
Se configuró así una bioética clínica girando alrededor de los comités de ética hospitalaria y de las pautas legales y jurisprudenciales que impulsan de deberes y principios.
No obstante, durante las últimas tres décadas, los países avanzaron en legislaciones que han fijado parámetros de actuación frente a dilemas como limitación del esfuerzo terapéutico, eutanasia, cuidados paliativos, aborto, consentimiento informado, secreto profesional, técnicas de reproducción asistida, anticoncepción, trasplantes, investigación en humanos y en animales etc.
Como efecto de tales legislaciones, los médicos se ocuparon con mayor interés en actuaciones de una medicina a la defensiva para proteger ante la ley sus propios derechos y autonomía para tomar decisiones generalmente de alto riesgo y poco beneficio, seducidos por los avances de la tecnología, incidiendo en altos costos que han sido una de las causas determinantes de la insostenibilidad financiera de los sistemas de salud. Este modelo de práctica profesional protectora y autodefensiva se ha hecho realidad a través de pólizas, asesoramientos jurídicos y aplicaciones formales de protocolos clínicos, proformas de consentimiento informado, dejando así cada vez más relegada la consulta ética a los comités, los cuales de este modo fueron perdiendo confianza, interés y relevancia por parte de los médicos.
A su vez, la dinámica conceptual de la bioética clínica fue perdiendo espacios porque la ley aparentemente lo tiene todo resuelto a través de jurisprudencias, legislaciones, códigos deontológicos, tutelas. Además, esta bioética de los años sesentas a los ochentas, se concentró en repetir discursos centrados en forma monotemática en: aborto, eutanasia, consentimiento informado, limitación de esfuerzo terapéutico, y últimamente el estatuto embrionario a raíz de la implementación de técnicas de reproducción asistida, experimentación en clonación y genética, y en problemas como la marginalidad y estigmatización de pacientes con VIH Sida, en confrontaciones entre las llamadas bioéticas laicas y bioéticas personalistas de tinte católico. En esta estéril confrontación, la bioética clínica agotó sus discursos asumidos por las legislaciones de los países o por las moralidades de corte ideológico no exentas de cierto fundamentalismo.
Así se llega a lo que algunos denominan el ocaso de la bioética y que yo prefiero llamar la bioética del ocaso, porque esa bioética ya cumplió su cometido histórico, pero quedan ahora nuevos desafíos que obligan a reconstruir y a repensar una nueva bioética clínica que sustituya a la ya agotada y subsumida por la legislación y la medicina a la defensiva o por corrientes fundamentalistas.
Se requiere de una nueva bioética capaz de responder a los nuevos desafíos que plantean la evolución de las sociedades, sus culturas y la misma tecnología, las políticas públicas reguladoras del acto médico y de su autonomía, el acceso a los escasos recursos que deben ser justa y racionalmente utilizados y asignados por los profesionales y las instituciones, el agotamiento del medio ambiente, la destrucción de la biodiversidad y la protección de los derechos humanos.
Ahora tenemos nuevos contextos: medicina gestionada y mercantilizada, mediación económica del aseguramiento, presiones de la industria para impulsar el uso intensivo de tecnologías y medicamentos no siempre beneficiosos ni necesarios, el problema de la injerencia de la justicia en el acceso a los beneficios de la alta tecnología, la responsabilidad con la gestión clínica de los recursos escasos y costosos, la gestión clínica (managed care y medicina basada en la evidencia). El predominio que la tecnología y la visión tecnocéntrica de la medicina basada en la evidencia imponen a través del modelo biomédico, ha cambiado la cultura profesional del médico que ahora mira al paciente en forma fragmentada y despersonalizada, o incluso como fuente de enriquecimiento, y los servicios de salud como mercancía, mirada cuestionada por pacientes y sociedades como constitutivos de la deshumanización del acto médico.
Para esta nueva bioética clínica debemos repensar una fundamentación centrada en valores y en virtudes que transformen la cultura médica tecnocrática y economicista en una cultura humanística que imprima carácter y dignidad al acto médico. Virtudes no en el sentido religioso o moralista del concepto, sino más bien virtudes en el sentido griego de la palabra. Areté para los griegos era excelencia en el obrar, vigor, coherencia que constituyen honor y responsabilidad. Hoy podríamos hablar de un pianista virtuoso cuando sobresale por su agilidad y estética para interpretar una partitura, y es esta excelencia en hacer bien lo que corresponde hacer, lo que es la virtud.
El término areté fue traducido al latín y luego al castellano como virtud (véase: Aquiles en la Iliada, Ulises en la Odisea, Etica a Nicómaco de Aristóteles, El Fedon y el Fedro de Platón, la vida y muerte de Sócrates, la Apología de Sócrates). Requerimos con urgencia de una bioética fundamentada en los sentimientos morales, en la compasión, en la veracidad y confidencialidad, en la responsabilidad, en la prudencia, en la justicia y en el valor del cuidado. Son estos sentimientos los que permiten cultivar una nueva bioética que imprima de nuevo un carácter de honorabilidad al profesional de la medicina y que dignifique y haga honroso un nuevo pacto social con la profesión médica.
Lo anterior obliga a un cambio de paradigma en el ejercicio de los comités y su misión al interior de los hospitales, paradigma que genere constantes procesos de auto-evaluación y mejoramiento de comportamientos, actitudes y habilidades en el trato, la comunicación, el respeto y la consideración a la dignidad humana y al sufrimiento de las personas, pacientes y familias, y a todo el personal de cuidadores de los equipos terapéuticos.
Los comités tienen ahora fundamentalmente dos tareas: liderazgo en la generación de pensamiento y de cambios actitudinales, y liderazgo en la formación permanente en torno a tales cambios actitudinales, con el fin de que ya no se mire al paciente como conjunto de órganos sino como persona humana, con su historia de vida y sus proyectos, sus miedos y sus esperanzas y se generen aproximaciones compasivas al dolor y al sufrimiento de las personas.
Concepto de virtudes tal como las propone James Drane, Pellegrino, Thomasma, Habermans, Hans Jonas, Martha Nussbaum, Torralba, Lain Entralgo, Aranguren, Victoria Camps, Alasdair MacIntyre, y últimamente Juan Carlos Mèlich. Podríamos repensar la bioética clínica desde la perspectiva de virtudes fundamentadas en la compasión ante el sufrimiento tal como lo proponen en especial Mèlich en su obra Etica de la Compasión.
Asumir una ética con estos referentes, exige sobrepasar la filosofía del consenso para lograr acuerdos de mínimos éticos a la persuasión y a la convicción sobre una ética de máximos, pasar de la amabilidad en el trato a la solidaridad real con el enfermo y los compañeros de trabajo, pasar del hacer las cosas más o menos bien según lo establecen los protocolos y normas legales y controles de calidad, a la convicción por lograr la excelencia moral de un comportamiento virtuoso. Una ética y bioética así visualizada exige mayores compromisos de todos y estrategias formativas permanentes que conduzcan a una dialéctica de confrontaciones en el discernimiento diario de errores, limitaciones, obstáculos a la búsqueda de la excelencia.
Solo así lograremos que la bioética del ocaso, la bioética meramente normativa, principialista de corte anglosajón, ya desfallecida, sea superada por una nueva perspectiva, un renacer que evite el ocaso de la bioética, capaz de fortalecer un acto médico digno y dignificante por su carácter virtuoso y por su talante de excelencia en el ser y en el hacer.
Tel: (4) 516 74 43
Tel: (4) 516 74 43
Tel: (4) 313 25 23, Medellín