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¿Quién
se nutre
con la desnutrición?
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Parece haber una
misteriosa razón que indujera a pensar que las manifestaciones
de cualquier fenómeno son, precisamente, las causas
del mismo. Es decir, se tiende a confundir el efecto con la
causa, y es por ello que en forma pendular y con frecuencia,
se trata de corregir los efectos y no las causas de los problemas,
y de aquí se vuelve a la posición de cero y
se reinicia el ciclo.
Cuando existían las directrices de origen central para
la ejecución de políticas estatales, se abogó
por la descentralización total y se confió en
la madurez de los criterios y en el rigor de los procesos.
Entonces se descentralizó y ese fue el principio del
fin de los logros que en salud, particularmente, se habían
obtenido. En el país habíamos visto decaer,
por ejemplo, la incidencia de las enfermedades inmumoprevenibles
y también iba desapareciendo la desnutrición.
Hoy registramos con verdadera vergüenza tasas de desnutrición
que son de ocultar.
La desnutrición que es en esencia una enfermedad social,
no se puede atacar con acciones individuales ni desarticuladas.
Que cada cual haga lo que considere y que el negocio de la
salud verá si resuelve o no el problema, es una equivocación
que ahora se está pagando con vidas, y en el futuro
con posibilidades de progreso y desarrollo del país,
y claro está, de todos sus habitantes. Un pueblo desnutrido
es un pueblo sin futuro y es un pueblo incapaz de asimilar
el desarrollo, y menos aún será capaz de competir
y aportar al bienestar de sus miembros. Pero se impusieron
las políticas del amigo cuanto tienes, cuanto
vales y hénos aquí.
La pobreza que se ha generado, la nueva pobreza -porque no
es la pobreza que con incomodidad pero con dignidad teníamos,
no, es la nueva pobreza- la que se ha generado por la implantación
de la compraventa como propósito del vivir por el imperativo
de generar utilidades como sentido de la vida, por la estandarización
a que se sometió al hombre, por la imposición
de protocolos, por la que se impuso el hecho llevado a toda
costa de arrancar del corazón el sentimiento, esa pobreza
que abate el alma es la que nos condena con frialdad desde
hoy y nos arrebata con empeño el sueño del futuro.
Todo, empeorado con la violencia, con el desplazamiento forzoso,
con la importación de alimentos con subsidio en los
países de origen, con las privatizaciones, con el narcotráfico
y con el orgullo que produce a empresarios y líderes
la cancelación de puestos de trabajo, arrastra inevitablemente
a toda la gente, ricos y pobres, a una condición de
pauperización que se manifiesta no en la baja del ingreso
per cápita o de cualquier otro indicador financiero,
sino en la desnutrición como principal indicador de
injusticia social.
Es una urgencia que reversemos lo que sea preciso para garantizarle
a la gente alimentos y trabajo y romper el ciclo maldito de
pobreza, desnutrición, falta de educación, falta
de oportunidades, pobreza. La desnutrición y lo que
detrás de ella está, es la más denigrante
forma de perder la dignidad. La desnutrición como fenómeno
social conlleva el desapego por los valores, y como fenómeno
humano el desprendimiento de la propia vida; ella le impone
a la sociedad entera un estigma que se muestra por sí
solo en todo el mundo; la desnutrición le resta de
manera inclemente a todos los estamentos sociales -así
haya algunos que no la sufran- la visión y las posibilidades
de futuro. Sólo por esto, pero también porque
desde el punto de vista humano es inadmisible, los gobiernos
de los órdenes nacional, departamental y municipal,
deben re-entregar al Estado la facultad de imponer políticas
centralizadas que respondan a los sentimientos más
ciertos de Nación y a las conductas más veraces
de expresiones de patria.
Estas cosas no pueden quedar al azar ni a intereses particulares,
no. Es un asunto de Estado. Y son los gobiernos los que deben
velar porque las gentes se desarrollen y progresen, porque
su condición humana sea digna, y porque su espíritu
y sus sentimientos confluyan en el colectivo que da sinergia
a todos sus miembros.
Esa actitud pendular en la toma de decisiones en lo social,
se debe resolver en forma definitiva a favor de la población
infantil y a favor del futuro del país.
El enfoque y el manejo del problema de la desnutrición
salta y se zafa de la mera posición reduccionista y
casuística, y no sólo merece sino que requiere
un enfoque social, partiendo del asunto humano. No hay que
partir de otras consideraciones distintas al hombre. Él
es el verdadero motivo y la preocupación de toda política,
él es el sentido de toda sociedad y él es el
mérito de todo desarrollo.
El enfoque de la solución del problema social de la
desnutrición no es clínico, aunque por supuesto
el médico tiene su campo. El enfoque de la solución
es político y es sin duda, esencialmente, un asunto
de Estado. Aquí, en este asunto, no se puede contemporizar
con intereses subalternos a los propios de la esencia y del
sentido del Estado mismo. El hambre no puede ser herramienta
de vencedores, ni fuente ni elemento de obtención de
beneficios económicos para nadie. Por privilegiar indicadores
de finanzas y por congraciarse con organismos internacionales,
no se puede ser indiferente ni lastimar las condiciones de
vida ni el espíritu ni la moral de nuestras gentes.
De lo contrario, habría que pensar ¿quién
se nutre con la desnutrición? |
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