MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 63   DICIEMBRE DEL AÑO 2003    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

La emergencia silenciosa
e invisible de la desnutrición
en Colombia
Olga Lucia Muñoz López - Periodista elpulso@elhospital.org.co
Calmar el hambre es “cuestión de humanidad”
Programa Mundial de Alimentos
Enfermar y morir en silencio, sin mucho ruido, es lo que implica para miles de personas de todas las edades, padecer grados severos de hambre y desnutrición en la Colombia de hoy día. Y la crueldad del asunto está en que la tragedia se viva en un país reconocido por sus múltiples riquezas naturales, con tierras y suelos bendecidos por la naturaleza como de los más ricos del continente. Paradójico porque morir o enfermar por hambre y desnutrición pareciera un fenómeno de países lejanos, con bajos índices de desarrollo humano, y en continentes más olvidados por el mundo, pero cuando la desnutrición hace presencia a la vuelta de tu casa, en el campo o en la ciudad, en un país de naturaleza física generosa, empieza a prender alarmas en quienes alcanzan a dimensionar la gravedad del problema.
En el informe “Estado Mundial de la Infancia” en 1998, la Unicef calificó la desnutrición como una “emergencia silenciosa” que desencadenaba crisis muy reales, y cuya persistencia tenía y sigue teniendo graves y amenazantes repercusiones sobre los niños, la sociedad en general y el futuro de la humanidad. Sentaba su voz de alarma, al afirmar que causaba más de la mitad de los casos de mortalidad infantil que ocurren en el mundo, una proporción sin precedentes en la historia de las enfermedades infecciosas desde la época de la peste negra. “Y sin embargo, no se trata de una enfermedad infecciosa”. También mostró como el poder destructivo de la desnutrición dejaba millones de sobrevivientes con discapacidades, mayor propensión a contraer enfermedades el resto de sus vidas o disminución intelectual.
Agregaba Unicef, que además de poner en peligro la existencia misma de sociedades enteras, constituye una violación flagrante de los derechos de los niños, y que sin embargo, la crisis mundial de la desnutrición no genera gran alarma popular, ni siquiera cuando muestra más y más pruebas científicas del grave peligro que representa. Dice Unicef: “Se presta más atención a los altibajos de los mercados bursátiles del mundo que al potencial destructivo de la desnutrición, o que a los igualmente importantes beneficios que entraña la nutrición racional, incluso a las pruebas cada vez más firmes de que el mejoramiento de la nutrición mediante la ingestión de cantidades adecuadas de vitamina A y yodo, por ejemplo puede beneficiar profundamente a poblaciones enteras”.
Las consecuencias de la desnutrición no son sólo el resultado del hambre, las guerras y otras catástrofes, pero esas situaciones de emergencia si suelen originar las formas más graves de desnutrición. En tales situaciones, resulta fundamental satisfacer las necesidades de los afectados en materia de alimentación, pero también el protegerlos de las enfermedades y garantizar que los niños de corta edad y otros sectores vulnerables reciban buena atención.
“Hay hambre en 929.111 hogares colombianos”
Segunda Encuesta de Calidad de Vida ~ Dane 2003
Advertía Unicef, que la desnutrición es en primer lugar, una crisis relacionada con la muerte y la incapacitación de niños en gran escala, con miles de mujeres que engrosan las estadísticas de mortalidad materna y con el costo social y económico que estrangula el desarrollo y hace desvanecer las esperanzas. Y concluía que cada vez más, resulta evidente que la desnutrición es consecuencia de la pobreza y que la una también es causa de la otra.
¿Hambre en Colombia?
Los colombianos quizá están un poco acostumbrados a pensar que los grandes problemas del mundo se viven en otra parte. El Banco Mundial por ejemplo, informó recientemente que en el año 2002 se gastaron 800.000 millones de dólares en el mundo en defensa, mientras en asistencia para el desarrollo apenas fueron unos 56.000 millones de dólares, un grave desequilibrio que debe reducirse. El secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, indicó además que “los fondos que podrían promover la inversión y el crecimiento en los países en desarrollo o construir hospitales y escuelas, o apoyar otros avances hacia los objetivos del milenio (reducir a la mitad la extrema pobreza y el hambre en el mundo antes del año 2015), son enviados por las personas e instituciones más pudientes a otros países donde puedan rentar más”. Entretanto, los colombianos no se han dado cuenta que igual sucede en su tierra, donde los gastos de defensa (seguridad democrática) y de pago de deuda pública están disminuyendo los presupuestos para inversión social, sin contar con la fuga de capitales de personas e instituciones que luego de obtener riqueza con los recursos y la mano de obra del país, aseguran esos capitales en el exterior, sin saldar la deuda social pendiente con quienes les enriquecieron.
Tampoco se reconoce que los indicadores de nutrición se vinieron a pique paralelamente con los demás indicadores de salud pública en general, luego de la Ley 100. Mientras a comienzos de los años 90 Colombia era modelo en Latinoamérica en vacunación, en atención y prevención de enfermedades transmisibles por vectores y en descenso de la natalidad por los fuertes programas de planificación familiar, a finales de la década y comienzos del siglo XXI, varios de los indicadores se muestran similares a los de países africanos. Llama la atención por ejemplo, que en la Encuesta de Demografía y Salud 2000 (ENDS), los índices de desarrollo humano de municipios alejados de Antioquia, presenten cifras muy similares a las de Chocó o la costa atlántica. O que en Antioquia, una región considerada rica, muera un niño por desnutrición cada dos días.
Pero no pretendemos mostrar “colchones de cifras” que evidencien la grave magnitud del problema de desnutrición en nuestro medio: lo más urgente es que el gobierno nacional emprenda acciones globales y de profundo impacto, porque de lo contrario veremos cada vez más niños y personas enfermas por males que hubieran sido prevenibles e incluso con enfermedades reemergentes, como ya sucede. La solución no puede quedarse ni en la caridad pública ni en las buenas intenciones y acciones de muchas personas. O sea, ya no basta con la solidaridad, dada la gravedad del problema. La solución exige acciones de Estado, no pequeños programas ni soluciones de coyuntura, ni tampoco programas seccionales bien intencionados como “Maná” en Antioquia o "Fogones comunitarios" en el Meta, ni Bancos Arquidiocesanos de Alimentos, ni restaurantes escolares, ni hogares de Bienestar Familiar, ni entrega de comida de segunda de generosas fundaciones o la anunciada “emergencia social” y el “Día sin hambre” en la Bogotá del gobierno Garzón el año próximo. Todo eso hace falta y es parte de la solución al problema, pero a todas luces es insuficiente. Tiene que ser una acción de Estado, tan o más importante que la seguridad democrática, porque la primera obligación del Estado es asegurar la vida de sus asociados, ya que si están hambrientos o desnutridos, ¿cómo podrá hacer lo que viene después, cuando esa misma hambre es caldo de cultivo para buena parte de sus problemas de inseguridad y violencia?
El periódico El Pulso quiere hacer eco de la “emergencia silenciosa” e invisible de la desnutrición en el país y de lo que se intenta para enfrentarla, procurando sensibilizar otro poco acerca del enemigo que acecha cada vez más la vida y la calidad de vida de millones de colombianos.
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