|
Lo dicho: la reforma del sistema de salud tiene un rumbo
incierto. Y mirando aspectos específicos como la
transformación de las actuales EPS en Gestores
de servicios, el fondo financiero único Salud
Mía y el plan de beneficios Mi-Plan, entre
otros, el norte de la reforma es aún más oscuro.
Todos los actores del sistema manifiestan incertidumbre
ante los anuncios sobre instituciones de suyo trascendentales,
pero a la vez complejas y ambiguas. El mismo gobierno tampoco
tiene del todo clara la fisonomía de esos proyectos.
¿Qué decir de los usuarios y pacientes, víctimas
como son de todas las insensatas regulaciones, y sin aparente
derecho a verdad ni a reparación?
Lo primero que salta a la vista son las incongruencias que
plantea la transformación de los aseguradores privados
(EPS) en Gestores de Servicios de Salud, iniciativa
que basta para apreciar el terreno de arenas movedizas en
donde se mueven los reformadores. Esta idea tiene el mismo
vicio de todo el paquete de cambios: es una colcha de retazos
donde se pretende conjugar elementos de aseguramiento estatal
con mecanismos de gestión privada. Late ahí
claramente la idea de quedar bien con Dios y con el diablo,
de atender con cierto espíritu demagógico
las quejas y denuncias de todo el mundo ante el fracaso
del modelo de competencia regulada, y al mismo tiempo mantener
e incluso acrecentar los privilegios e incentivos de los
entes privados, los llamados aseguradores, que poco aseguraron
cosa distinta de la rentabilidad de sus negocios. Comportamiento
explicable en un contexto pre-electoral en el cual el mandatario
requiere el beneplácito de todos los estamentos,
porque necesita la plata de unos y el voto de todos.
A las EPS se las sigue tratando con una tolerancia que no
se compadece con el daño económico, administrativo
y social que algunas de ellas le han infligido al país.
Primero, hasta el momento nadie ha hablado del pago de las
cuantiosísimas deudas que tienen esas empresas con
los hospitales y clínicas, a punto de colapsar muchos
de ellos. ¿Contempla el proyecto de ley ordinaria
210 esa puesta en orden de la casa, la cancelación
de las deudas como requisito para el otorgamiento de nuevas
responsabilidades en el sistema? ¿En el período
de transición que contempla la reforma, figura como
ingrediente ese saneamiento financiero? ¿Qué
fundamento legal y constitucional tiene la delegación
de funciones de auditoría a unos entes privados?
¿No se están usurpando estas funciones al
Estado, y de manera específica a las entidades territoriales?
¿Está plenamente superada en el texto del
proyecto la peligrosa ambigüedad que convierte los
recursos públicos en privados, o todavía nos
atenemos a una simple promesa del ministro de Salud y Protección
Social?
Tampoco hay claridad sobre el mecanismo que utilizará
el fondo único recaudador y pagador en la nueva estructura
de financiación del sistema de salud. Indudablemente,
Salud-Mía es una iniciativa muy progresista, en el
papel. No se trata de oponerse a un aseguramiento estatal
y mediante instrumentos estatales. En sí la idea
es conveniente, y además, el descalabro financiero
que vivimos amerita una seria intervención del Estado.
Pero de Salud-Mía podríamos decir lo mismo
que dijo el gran Víctor Hugo de la Constitución
de Rionegro: que era una norma muy buena para un país
de ángeles. O sea, bienvenido Salud-Mía, siempre
y cuando se reemplace el reinado de la corrupción
y la impunidad por un auténtico control con participación
social, y el desgreño administrativo y financiero
por una gestión ágil, moderna, eficaz y transparente.
En todo caso, Colombia no resiste más EPS desviadoras
y derrochadoras de recursos, ni una integración vertical
por decreto, ni otro Seguro Social, ni otro Agro Ingreso
Seguro.
|