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Cuando el Ministerio de Salud presentó el borrador
de decreto para las Redes Integradas de Servicios de Salud,
dentro de la estrategia de Atención Primaria en Salud
(APS), muchos actores del sistema de salud cuestionaron
que iba totalmente en contravía de los propósitos
y del espíritu de la norma planteada en la Ley 1438.
Ello, porque la APS y las Redes Integradas corresponden
a aspectos neurálgicos, filosóficos de la
reorganización de los servicios de salud, y por tanto,
su determinación por naturaleza es asunto central
de la rectoría del sistema, aspecto de política
pública, no delegable en entidades privadas.
El punto más polémico es el artículo
6°, en el cual se pretende dar a las EPS la facultad
de organizar esas redes de prestación de servicios
y de seleccionar los prestadores. El borrador da a las Redes
y a la Atención Primaria, un tratamiento de aspectos
secundarios en nuestra seguridad social, como cosas de mero
trámite, de pura carpintería, ignorando que
desde la discusión de la Ley 1438, todos le entendimos
al Ministerio que eran fundamentales, elementos primordiales
de la salud pública; ahora resulta que puntos tan
delicados en la organización sanitaria, se dejan
al arbitrio de intermediarios.
Con sobrada razón, gremios, instituciones académicas,
científicas, profesionales y populares rechazaron
de tajo el proyecto, con calificativos que quedan cortos
ante el descaro que implica un intento claro de privatización.
Por culpa de algunas de ellas, hoy las EPS ostentan su peor
imagen, son cuestionadas por sus manejos de recursos, muchas
están intervenidas, investigadas o cobijadas con
medida cautelar y en la mira de organismos de control.
Pues bien, el gobierno en vez de aprovechar este difícil
entorno para poner orden en la casa, dar un timonazo y aplicar
medidas de alta política que paren el desangre financiero,
pongan en cintura a sus protagonistas y racionalicen la
prestación de servicios de salud para beneficio de
los hospitales y sobre todo, de los pacientes, premia esos
entes particulares dándoles mayores prerrogativas
y cediéndoles increíblemente aspectos de su
rectoría. Con este proyecto nada nuevo se aporta
a las redes de prestación de servicios, porque la
selección de hospitales y clínicas la siguen
practicando las EPS sin necesidad de nuevas normas, y al
amparo de la controvertida Ley 100/93, cuyos lineamientos
se mantienen casi intactos pese a pequeños ajustes
cosméticos de las leyes 715/01, 1122/07, 1438/11
y demás disposiciones, ante un modelo de salud en
crisis insostenible.
No cabe duda: las llamadas redes integradas nada tendrán
de integración en la forma en que las concibe el
proyecto gubernamental; por el contrario, su fragmentación
se profundizará. Y los municipios y departamentos
verán burlados de nuevo sus derechos, el papel que
la Constitución y la ley les confieren para la organización
de servicios básicos quedarán otra vez como
letra muerta. ¿Dónde quedaron los conceptos
sociales de política pública en materia de
APS y sistemas integrados de salud, esbozados por la OMS/OPS
y suscritos demagógicamente por el Estado colombiano?
Definitivamente, en el diccionario de palabras bonitas,
y en cuya elaboración somos expertos reconocidos.
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