DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 133 OCTUBRE DEL AÑO 2009    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Los viejos teatros de cine
De cómo se fue apagando la tradicional

“máquina de los sueños”
Teatro Faenza, el más antiguo de Bogotá, inaugurado en1924 con “La tragedia del silencio”, ahora es centro cultural de la Universidad Central.
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co

“Ahora, se apaga la luz, se enciende la pantalla, vendrán la aventura, la acción, el romance, el terror...”, decía la promoción en dibujos animados antes de comenzar cada película en algunos de los desaparecidos teatros de Medellín, Bogotá y otras ciudades colombianas, y nos daba “la bienvenida al espectáculo donde sus sueños se hacen realidad”.
La transformación del cinematógrafo, heredero de la “linterna mágica” y de las sombras chinescas, nos está despertando, por cuenta del “multiplex”, de esos sueños del celuloide, amenazando de muerte un ritual de la cultura urbana.
El cine huyó del centro citadino detrás del poder financiero, hacia las zonas de colonización de los nuevos proyectos económicos, el norte en la capital y al sureño barrio El Poblado en Medellín. Si en Bogotá la situación es preocupante, en Medellín es catastrófica: pese a lo perdido en la capital, algo queda y hay iniciativas de restauración en marcha. En Medellín, en cambio, no queda qué restaurar; aparte de iniciativas aisladas de recuperación cultural, la única opción es reconstruir. La tradición cultural bogotana y la conciencia crítica de las nuevas generaciones, volvieron los ojos sobre esa “máquina de los sueños”, de celuloide, nitrato y electrodos de carbón, donde nacían pistoleros, princesas encantadas, héroes, monstruos y gangsters, en una deliciosa duermevela de matiné, vespertina y noche que se resiste a morir en el Teatro Faenza, el más antiguo de Bogotá. Inaugurado en 1924 con “La tragedia del silencio”, primer largometraje totalmente colombiano, estrenó “Bajo el cielo antioqueño”, pionero del cine mudo nacional, y ahora es centro cultural de la Universidad Central. En el 24 también abrió el Teatro Junín de Medellín, con la película italiana “La sombra”. Se fueron el Salón Olimpia, el primero de Bogotá, construido en 1913 por los hermanos italianos Di Doménico; allí se vio en 1915 “El drama del 15 de octubre”, documental censurado, sobre el asesinato del general y doctor Rafael Uribe Uribe. Hoy es oficina bancaria.
Los estudiantes Felipe Vaughan y Christian Fernández, recogie-ron el caído telón del viejo Teatro Teusaquillo, llamado “el más bello entre los viejos templos de Bogotá” para el “Centro Cultural Mnemosyne” (madre de las 9 musas), uniendo cine, teatro, música, danza, pintura y fotografía en el nuevo Teatro Metro Bogotá, con apoyo público y privado. Se mantienen a flote el resucitado Jorge Eliécer Gaitán, antiguo Teatro Colombia, levantado en 1938 en los 400 años de la capital y demolido en1952 por orden del presidente Laureano Gómez. Resisten el Teatro Colón, la Cinemateca Distrital y modestas salas de cine del centro bogotano.
En Medellín se inauguró en 1924 el primero, el teatro Junín (demolido en 1967 para dar paso al Edificio Coltejer), presentando la película italiana “La sombra”.
Del tradicional Embajador queda un multiplex, y el Metropol sobrevive con conciertos y actos de graduación. El Mogador, abierto en 1947, que fue distribuidor exclusivo de la Paramount, pasó por sala X, centro de convenciones y hoy es el Downtown Majestic, sala de conciertos. El Dorado lo adaptó la Escuela Colombiana de Carreras Industriales para cine y teatro. Sólo fantasmas vagan por el abandonado Teatro San Jorge. En el lote del Lux se aposentaron el cine porno, las bandas metaleras, un parqueadero y finalmente, una empresa de telefonía celular.
En Medellín cayó el telón
En Medellín, el expansivo prurito mercantil dio cuenta del Circo Teatro España, coliseo taurino, cinema y sala de conciertos, donde cantó Carlos Gardel; tenía establos para los caballos de los Aguilar y otros artistas mejicanos que nos visitaron. En su galería circular, muchos aprendieron a leer al revés, porque veían la película por detrás del telón; y la gente se agachaba en un tiroteo y se tiraba a un lado cuando se venía un carro o un tren encima.
El cine nunca morirá, y merece un futuro digno,
aunque el viejo teatro, su marquesina, su palco
y su luneta, se hayan desvanecido como el fantasma
de cartón del plató de cine en el cuento
“Decorado en la noche” de Ray Bradbury, que
“se desvaneció lentamente por entre
los oscuros edificios”…
El aristocrático Teatro Bolívar, inaugurado en 1919, donde actuaron el gran guitarrista Andrés Segovia y la legendaria contralto estadounidense Marian Anderson, entre otros grandes artistas, fue demolido por autorización del alcalde Darío Londoño Villa, para hacer un parqueadero. El Teatro Junín, patrimonio invaluable de Medellín, huésped de compañías de ópera y zarzuela, de Ortiz Tirado, Alfredo Sadel, Imperio Argentina y la Sonora Matancera con Celia Cruz y Alberto Beltrán, dio paso al Edificio Coltejer. Por fortuna, la Alcaldía convirtió El Lido, sala de cine y conciertos con un bello diseño arquitectónico y excelente acústica, en centro cultural de público acceso. El buen cine perdura en el Centro Colombo Americano, en los museos, el Palacio de la Cultura, Cine Club San Antonio (al aire libre), las universidades, la Cámara de Comercio y las cajas de compensación familiar, entre otras entidades.
Desde los 70's y 80's, las tradicionales salas del centro de Medellín se convirtieron en comercios, bancos, iglesias evangélicas, talleres, centros comerciales o edificios. Murieron los pioneros del “cinerama”, visión panorámica: los teatros Colombia y El Cid, sala reina, con excelente proyección de 70 milímetros, donde la Junta de censura mutiló películas como El Último Tango en París y archivó muchas otras. Luego sede de la Fiscalía, objeto de un luctuoso atentado, paró en centro comercial, como el Teatro Ópera y el Dux, y el Teatro Metro Avenida. El Diana se volvió Cine México, después Cine Capitol (sala X), y al final, “Centro de ayuda espiritual”; en su puerta siguen parados los travestistas. Cine Centro, alquilado a otra iglesia, es de un empresario de un pueblo antioqueño, que trabajó 40 años en distribución de cine y soñó desde joven con tener su propio teatro; con profunda depresión, hoy está recluido en una clínica siquiátrica. Se fueron el Libia, “cine arte” comercial, Aladino, María Victoria (llamado “María Pulgas”), Alameda y Olimpia. El recatado Guadalupe, hoy Cine Villanueva, compite con el Sinfonía, Radio City y Metrocine, en “lo mejor del porno hardcore”, con Rosanna Doll, Eva Orlowsky, Miss Pomodoro, La Cicciolina y demás “porno-stars”. El porno empezó en16 mm., en apartamentos y en el Teatro Bolivia, que hacía streap-tease en vivo en los intermedios, y simultáneas con el Sinfonía.
Desde los 70's
y80's, las
tradicionales
salasdel centro
de Medellín se
convirtieron en comercios,
bancos, iglesias evangélicas,
talleres, centros comerciales,
edificios.
El antiguo Teatro Mogador en Bogotá, ahora es escenario de grandes
conciertos: desde agosto de 2007 se denominó “Downtown Majestic”.
Ya no están El Odeón, pilar de la fallecida Operadora de Teatros, competencia de Cine Colombia, ni los “indecentes” de Guayaquil: el Balkanes, con balas y puñaladas dentro y fuera de la pantalla, Colón, Bolivia y Medellín, ni el Granada, donde cantaron el hijo de Agustín Magaldi y otros artistas. Murieron los teatros del barrio La América: primero el Santander, luego el Tropicana (pionero del “vistarama” con el Avenida), Rívoli, América, Odeón 80 y Capri. Lo mismo el Roma del barrio Colón, el Mariscal de Belén, Lux y Manrique, Palermo, Laika y Aranjuez, el Ayacucho y el Cinelandia, que lo alquilaban a circos pequeños por ser circular; Iris y Rosalía del municipio de Bello; Colombia, Anaconas y El Dorado de Envigado; y Caribe y Joci de Itagüí.
Quedan las historias, como la del viejo Gino Di Doménico, uno de los pioneros del cine en Colombia, quien acaparaba los saldos de repuestos para proyectores
que vendía Cine Colombia y fiaba a los teatros: “Cuando pueda me paga”, decía; tiempo después, cobraba con altos recargos sobre los nuevos precios de los artículos. Accionista de Cine Colombia y otras empresas, iba a pie a cobrar las deudas, se vestía en “El Pobre Luis”, almorzaba en “La Estancia” y recogía sus sobras de comida, dizque “para los perros”. Los hábiles operadores eran duchos en el arte de cambiar la proyección de una máquina a otra, y en “vaciar”: cambiar al instante el rollo de cinta con un solo proyector, sin perder la continuidad, sabiendo de memoria la escena del empate; en evitar rayones y cortes de la cinta -que si era de nitrato, al romperse se incendiaba-; en enfocar milimétricamente el sonido óptico con la mágica y diminuta lámpara que leía las figuritas geométricas de la banda sonora; en operar el nuevo sonido magnético sincronizado en 70 milímetros y en calibrar el lente de “cinemascope” para no deformar la figura humana.
Cine Colombia movía en carro las cintas entre teatros: los “patinadores” de Operadora, las llevaban a pie o en bus. Mientras el Avenida proyectaba el segundo rollo de una película, un joven llevaba el primero en carretilla o bajo el brazo hacia el Tropicana, que a esa hora exhibía la otra película del doble: había intermedios prolongados cuando el muchacho no llegaba. El público resultó “damnificado” con “Terremoto” (1974), con Charlton Heston, primer filme llegado con el aterrador sistema “sensorround”: sonido sensorial o sonido envolvente; en su ensayo, El Cid utilizó, fuera de la
Teatro Teusaquillo en Bogotá.
amplificación básica, 70 parlantes distribuidos en la sala, y uno principal detrás del telón; hubo que suspender cuando el sonido rompió todas las vidrieras del teatro, además de vidrios y lentes del Radio City contiguo; reubicados los bafles junto a las butacas, en pocas semanas, se trasladó la película al Teatro Granada para evitar mayores daños. Con el mismo sonido llegaron “Terror en la montaña rusa”, “La aventura del Poseidón” y “El coloso en llamas”.
Charros y estafadores
En los años 50's y 60' s del siglo XX, los teatros pueblerinos aún no tenían los proyectores de 35 mm., que desplazó de la ciudad el video-beam. Los parroquianos veían cine en una pared de la plaza dos o tres veces al año, cuando una camioneta de “Sonrisal” daba la función, a veces interrumpida por la lluvia. Pocos municipios tenían teatro, en muchos casos de la Iglesia. En un pueblo, la sala heredó las antiguas bancas del templo parroquial, con todo y reclinatorios.
Antaño, la publicidad del cine la hacían locutores como el célebre “Mandrake” en el municipio de Santa Rosa de Osos (Antioquia), quien conectaba la vieja corneta en las cuchillas del alumbrado público y anunciaba: “El Teatro Berrío presenta esta noche El grito de la muerte, con Gastón Santos, en cinemascope y color por technicolor...”. Le decían “Mandrake” porque antes fue mago, y en un número de “traga-fuego” casi quema una casa. En otro pueblo, Don Bonifacio pasó de vendedor de conos y crispetas a administrador del teatro, donde mantuvo el monopolio de los comestibles. Cuando iba a Medellín por las películas, decía: “Déme una bien divertida, pero que no tenga muchos besos, a ver si moralizamos ese pueblo”. Al final, en Cine Colombia le respondían: “Vea Don Bonifacio: si quiere, presente todos los días El mártir del Calvario”; y tenía fama de ir a misa en matiné, vespertina y noche. Como los héroes eran Don Antonio Aguilar, Miguel Aceves Mejía, Pedro Infante y otros charros mejicanos, a veces ciertos impostores o artistas “chiviados” engañaban en vivo al público. Otras veces salían a pedradas del pueblo, como el falso “Galán Azteca” en un pueblo del nordeste antioqueño.
La televisión multi-canales, el cable, las parabólicas,
el video, el Internet, alejaron al público de las salas de cine.
Las pequeñas cerraron, vendieron a las grandes,
o a empresarios de propiedad raíz.
Los sobrevivientes tuvieron que hacer reingeniería
y entrar en la moda de los “multiplex”,
para enfrentar a las invasivas multinacionales.
Don Óscar llevaba cine a los pueblos los fines de semana con un proyector de 16 mm. Su investigación de mercado fue averiguar dónde no había teatro ni entraba la televisión. Sin videos ni cosa parecida, el público llenaba el salón parroquial o el teatro del colegio, de viernes a domingo. “Aquí no nos gusta leer letreros -decía la gente-, traiga mejicanas; o 'americanas' con bala ventiada todo el tiempo”. En pueblos donde ni siquiera vendían discos, los cantineros pagaban lo que pidiera el operador para que les dejara grabar la banda sonora de los musicales mejicanos, que luego ponían a todo volumen en sus negocios, una de las primeras formas de piratería musical.
Que siga la función
La televisión multi-canales, el cable, las parabólicas, el video, el internet y sus congéneres, alejaron al público de las salas de cine, que se volvieron incosteables. Las pequeñas cerraron, vendieron a las grandes, o a los empresarios de propiedad raíz. Los sobrevivientes nacionales tuvieron que hacer reingeniería y entrar en la moda de los “multiplex”, para enfrentar a las invasivas multinacionales. Con estándares internacionales de una pantalla por cada 33.000 espectadores, en 1998 irrumpió la gringa Cinemark en Colombia, que tenía una por 120.000. En 2002, juntos Cine Colombia, Procinal y Cinemark habían invertido más de $70.000 millones en multicines, “con todos los juguetes” de los centros de ocio made in USA: salas concentradas con menú para distintos gustos, horarios extendidos, sillas ergonómicas, graderías tipo estadio, boletería numerada y tecnología de punta, en hiper-centros comerciales. De precios, ni hablar...
Antes se veía cine en un teatro con identidad propia: El Faenza, El Teusaquillo, El Cid, casi templos. Hoy se va a cine al centro comercial o a un hipermercado donde venden de todo, hasta cine, un producto más de la canasta familiar, en un paquete costoso, porque el multiplex determina qué ver y cómo: con un balde de crispetas, una bolsa de “chitos” y una gaseosa, todo en tamaño familiar. El salto tecnológico al video-beam resolvió más de un problema, pero la coexistencia y fusión de viejas y nuevas tecnologías es una pauta cultural en países avanzados.
Sobre intervenciones y restauraciones de salas, Daniel Restrepo Mejía, de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura, señaló que pese a los “criterios profesionales y respetuosos de algunas”, otras alteraron el uso original para el cual fueron concebidas y en algunos casos realizaron “inexcusables mutilaciones arquitectónicas”. La tendencia -dijo-, muestra que “el destino común de los teatros es rendirse ante los intereses económicos de las compañías de cine comercial” y hay que “prever el terrible riesgo de que parte de nuestro patrimonio cultural termine siendo una especie de fantasma que deambula en una memoria sólo rastreable en fuentes documentales o periodísticas”.
“Lo real es lo fantástico”, decía Cortázar, y nada tan real como la fantasía del viejo cinematógrafo, donde uno cabalgaba al lado del Llanero Solitario, entraba con Jonathan Harker en las criptas de Drácula, a uno le disparaban los bandidos de Al Capone, le cantaban Sandro y Rocío Durcal, y lo besaba Brigitte Bardot. El cine nunca morirá, y merece un futuro digno, aunque el viejo teatro, su marquesina, su palco y su luneta, se hayan desvanecido como el fantasma de cartón del plató de cine en el cuento “Decorado en la noche” de Ray Bradbury, que “se desvaneció lentamente por entre los oscuros edificios”…
 



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