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Los viejos teatros de cine
De cómo se fue apagando la tradicional
máquina de los sueños |
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Teatro Faenza, el más
antiguo de Bogotá, inaugurado en1924 con La tragedia
del silencio, ahora es centro cultural de la Universidad
Central.
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Hernando
Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
Ahora, se apaga la luz, se enciende la pantalla,
vendrán la aventura, la acción, el romance, el
terror..., decía la promoción en dibujos
animados antes de comenzar cada película en algunos de
los desaparecidos teatros de Medellín, Bogotá
y otras ciudades colombianas, y nos daba la bienvenida
al espectáculo donde sus sueños se hacen realidad. |
La transformación
del cinematógrafo, heredero de la linterna mágica
y de las sombras chinescas, nos está despertando, por
cuenta del multiplex, de esos sueños del
celuloide, amenazando de muerte un ritual de la cultura urbana.
El cine huyó del centro citadino detrás del poder
financiero, hacia las zonas de colonización de los nuevos
proyectos económicos, el norte en la capital y al sureño
barrio El Poblado en Medellín. Si en Bogotá la
situación es preocupante, en Medellín es catastrófica:
pese a lo perdido en la capital, algo queda y hay iniciativas
de restauración en marcha. En Medellín, en cambio,
no queda qué restaurar; aparte de iniciativas aisladas
de recuperación cultural, la única opción
es reconstruir. La tradición cultural bogotana y la conciencia
crítica de las nuevas generaciones, volvieron los ojos
sobre esa máquina de los sueños, de
celuloide, nitrato y electrodos de carbón, donde nacían
pistoleros, princesas encantadas, héroes, monstruos y
gangsters, en una deliciosa duermevela de matiné, vespertina
y noche que se resiste a morir en el Teatro Faenza, el más
antiguo de Bogotá. Inaugurado en 1924 con La tragedia
del silencio, primer largometraje totalmente colombiano,
estrenó Bajo el cielo antioqueño,
pionero del cine mudo nacional, y ahora es centro cultural de
la Universidad Central. En el 24 también abrió
el Teatro Junín de Medellín, con la película
italiana La sombra. Se fueron el Salón Olimpia,
el primero de Bogotá, construido en 1913 por los hermanos
italianos Di Doménico; allí se vio en 1915 El
drama del 15 de octubre, documental censurado, sobre el
asesinato del general y doctor Rafael Uribe Uribe. Hoy es oficina
bancaria. |
| Los
estudiantes Felipe Vaughan y Christian Fernández, recogie-ron
el caído telón del viejo Teatro Teusaquillo, llamado
el más bello entre los viejos templos de Bogotá
para el Centro Cultural Mnemosyne (madre de las
9 musas), uniendo cine, teatro, música, danza, pintura
y fotografía en el nuevo Teatro Metro Bogotá,
con apoyo público y privado. Se mantienen a flote el
resucitado Jorge Eliécer Gaitán, antiguo Teatro
Colombia, levantado en 1938 en los 400 años de la capital
y demolido en1952 por orden del presidente Laureano Gómez.
Resisten el Teatro Colón, la Cinemateca Distrital y modestas
salas de cine del centro bogotano. |
En Medellín se inauguró
en 1924 el primero, el teatro Junín (demolido en 1967
para dar paso al Edificio Coltejer), presentando la película
italiana La sombra.
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Del
tradicional Embajador queda un multiplex, y el Metropol sobrevive
con conciertos y actos de graduación. El Mogador, abierto
en 1947, que fue distribuidor exclusivo de la Paramount, pasó
por sala X, centro de convenciones y hoy es el Downtown Majestic,
sala de conciertos. El Dorado lo adaptó la Escuela Colombiana
de Carreras Industriales para cine y teatro. Sólo fantasmas
vagan por el abandonado Teatro San Jorge. En el lote del Lux
se aposentaron el cine porno, las bandas metaleras, un parqueadero
y finalmente, una empresa de telefonía celular.
En Medellín cayó el telón
En Medellín, el expansivo prurito mercantil dio
cuenta del Circo Teatro España, coliseo taurino, cinema
y sala de conciertos, donde cantó Carlos Gardel; tenía
establos para los caballos de los Aguilar y otros artistas mejicanos
que nos visitaron. En su galería circular, muchos aprendieron
a leer al revés, porque veían la película
por detrás del telón; y la gente se agachaba en
un tiroteo y se tiraba a un lado cuando se venía un carro
o un tren encima. |
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El cine nunca morirá,
y merece un futuro digno,
aunque el viejo teatro, su marquesina, su palco
y su luneta, se hayan desvanecido como el fantasma
de cartón del plató de cine en el cuento
Decorado en la noche de Ray Bradbury, que
se desvaneció lentamente por entre
los oscuros edificios
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El aristocrático
Teatro Bolívar, inaugurado en 1919, donde actuaron el
gran guitarrista Andrés Segovia y la legendaria contralto
estadounidense Marian Anderson, entre otros grandes artistas,
fue demolido por autorización del alcalde Darío
Londoño Villa, para hacer un parqueadero. El Teatro Junín,
patrimonio invaluable de Medellín, huésped de
compañías de ópera y zarzuela, de Ortiz
Tirado, Alfredo Sadel, Imperio Argentina y la Sonora Matancera
con Celia Cruz y Alberto Beltrán, dio paso al Edificio
Coltejer. Por fortuna, la Alcaldía convirtió El
Lido, sala de cine y conciertos con un bello diseño arquitectónico
y excelente acústica, en centro cultural de público
acceso. El buen cine perdura en el Centro Colombo Americano,
en los museos, el Palacio de la Cultura, Cine Club San Antonio
(al aire libre), las universidades, la Cámara de Comercio
y las cajas de compensación familiar, entre otras entidades.
Desde los 70's y 80's, las tradicionales salas del centro de
Medellín se convirtieron en comercios, bancos, iglesias
evangélicas, talleres, centros comerciales o edificios.
Murieron los pioneros del cinerama, visión
panorámica: los teatros Colombia y El Cid, sala reina,
con excelente proyección de 70 milímetros, donde
la Junta de censura mutiló películas como El Último
Tango en París y archivó muchas otras. Luego sede
de la Fiscalía, objeto de un luctuoso atentado, paró
en centro comercial, como el Teatro Ópera y el Dux, y
el Teatro Metro Avenida. El Diana se volvió Cine México,
después Cine Capitol (sala X), y al final, Centro
de ayuda espiritual; en su puerta siguen parados los travestistas.
Cine Centro, alquilado a otra iglesia, es de un empresario de
un pueblo antioqueño, que trabajó 40 años
en distribución de cine y soñó desde joven
con tener su propio teatro; con profunda depresión, hoy
está recluido en una clínica siquiátrica.
Se fueron el Libia, cine arte comercial, Aladino,
María Victoria (llamado María Pulgas),
Alameda y Olimpia. El recatado Guadalupe, hoy Cine Villanueva,
compite con el Sinfonía, Radio City y Metrocine, en lo
mejor del porno hardcore, con Rosanna Doll, Eva Orlowsky,
Miss Pomodoro, La Cicciolina y demás porno-stars.
El porno empezó en16 mm., en apartamentos y en el Teatro
Bolivia, que hacía streap-tease en vivo en los intermedios,
y simultáneas con el Sinfonía. |
Desde los 70's
y80's, las
tradicionales
salasdel centro
de Medellín se
convirtieron en comercios,
bancos, iglesias evangélicas,
talleres, centros comerciales,
edificios.

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El antiguo Teatro Mogador en Bogotá, ahora es escenario
de grandes
conciertos: desde agosto de 2007 se denominó Downtown
Majestic.
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Ya no
están El Odeón, pilar de la fallecida Operadora
de Teatros, competencia de Cine Colombia, ni los indecentes
de Guayaquil: el Balkanes, con balas y puñaladas dentro
y fuera de la pantalla, Colón, Bolivia y Medellín,
ni el Granada, donde cantaron el hijo de Agustín Magaldi
y otros artistas. Murieron los teatros del barrio La América:
primero el Santander, luego el Tropicana (pionero del vistarama
con el Avenida), Rívoli, América, Odeón
80 y Capri. Lo mismo el Roma del barrio Colón, el Mariscal
de Belén, Lux y Manrique, Palermo, Laika y Aranjuez,
el Ayacucho y el Cinelandia, que lo alquilaban a circos pequeños
por ser circular; Iris y Rosalía del municipio de Bello;
Colombia, Anaconas y El Dorado de Envigado; y Caribe y Joci
de Itagüí.
Quedan las historias, como la del viejo Gino Di Doménico,
uno de los pioneros del cine en Colombia, quien acaparaba los
saldos de repuestos para proyectores
que vendía Cine Colombia y fiaba a los teatros: Cuando
pueda me paga, decía; tiempo después, cobraba
con altos recargos sobre los nuevos precios de los artículos.
Accionista de Cine Colombia y otras empresas, iba a pie a cobrar
las deudas, se vestía en El Pobre Luis, almorzaba
en La Estancia y recogía sus sobras de comida,
dizque para los perros. Los hábiles operadores
eran duchos en el arte de cambiar la proyección de una
máquina a otra, y en vaciar: cambiar al instante
el rollo de cinta con un solo proyector, sin perder la continuidad,
sabiendo de memoria la escena del empate; en evitar rayones
y cortes de la cinta -que si era de nitrato, al romperse se
incendiaba-; en enfocar milimétricamente el sonido óptico
con la mágica y diminuta lámpara que leía
las figuritas geométricas de la banda sonora; en operar
el nuevo sonido magnético sincronizado en 70 milímetros
y en calibrar el lente de cinemascope para no deformar
la figura humana. |
| Cine
Colombia movía en carro las cintas entre teatros: los
patinadores de Operadora, las llevaban a pie o en
bus. Mientras el Avenida proyectaba el segundo rollo de una
película, un joven llevaba el primero en carretilla o
bajo el brazo hacia el Tropicana, que a esa hora exhibía
la otra película del doble: había intermedios
prolongados cuando el muchacho no llegaba. El público
resultó damnificado con Terremoto
(1974), con Charlton Heston, primer filme llegado con el aterrador
sistema sensorround: sonido sensorial o sonido envolvente;
en su ensayo, El Cid utilizó, fuera de la |

Teatro Teusaquillo en Bogotá.
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amplificación
básica, 70 parlantes distribuidos en la sala, y uno principal
detrás del telón; hubo que suspender cuando el
sonido rompió todas las vidrieras del teatro, además
de vidrios y lentes del Radio City contiguo; reubicados los
bafles junto a las butacas, en pocas semanas, se trasladó
la película al Teatro Granada para evitar mayores daños.
Con el mismo sonido llegaron Terror en la montaña
rusa, La aventura del Poseidón y El
coloso en llamas.
Charros y estafadores
En los años 50's y 60' s del siglo XX, los teatros
pueblerinos aún no tenían los proyectores de 35
mm., que desplazó de la ciudad el video-beam. Los parroquianos
veían cine en una pared de la plaza dos o tres veces
al año, cuando una camioneta de Sonrisal
daba la función, a veces interrumpida por la lluvia.
Pocos municipios tenían teatro, en muchos casos de la
Iglesia. En un pueblo, la sala heredó las antiguas bancas
del templo parroquial, con todo y reclinatorios.
Antaño, la publicidad del cine la hacían locutores
como el célebre Mandrake en el municipio
de Santa Rosa de Osos (Antioquia), quien conectaba la vieja
corneta en las cuchillas del alumbrado público y anunciaba:
El Teatro Berrío presenta esta noche El grito de
la muerte, con Gastón Santos, en cinemascope y color
por technicolor.... Le decían Mandrake
porque antes fue mago, y en un número de traga-fuego
casi quema una casa. En otro pueblo, Don Bonifacio pasó
de vendedor de conos y crispetas a administrador del teatro,
donde mantuvo el monopolio de los comestibles. Cuando iba a
Medellín por las películas, decía: Déme
una bien divertida, pero que no tenga muchos besos, a ver si
moralizamos ese pueblo. Al final, en Cine Colombia le
respondían: Vea Don Bonifacio: si quiere, presente
todos los días El mártir del Calvario; y
tenía fama de ir a misa en matiné, vespertina
y noche. Como los héroes eran Don Antonio Aguilar, Miguel
Aceves Mejía, Pedro Infante y otros charros mejicanos,
a veces ciertos impostores o artistas chiviados
engañaban en vivo al público. Otras veces salían
a pedradas del pueblo, como el falso Galán Azteca
en un pueblo del nordeste antioqueño. |
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La televisión
multi-canales, el cable, las parabólicas,
el video, el Internet, alejaron al público de las salas
de cine.
Las pequeñas cerraron, vendieron a las grandes,
o a empresarios de propiedad raíz.
Los sobrevivientes tuvieron que hacer reingeniería
y entrar en la moda de los multiplex,
para enfrentar a las invasivas multinacionales.
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Don Óscar
llevaba cine a los pueblos los fines de semana con un proyector
de 16 mm. Su investigación de mercado fue averiguar dónde
no había teatro ni entraba la televisión. Sin
videos ni cosa parecida, el público llenaba el salón
parroquial o el teatro del colegio, de viernes a domingo. Aquí
no nos gusta leer letreros -decía la gente-, traiga mejicanas;
o 'americanas' con bala ventiada todo el tiempo. En pueblos
donde ni siquiera vendían discos, los cantineros pagaban
lo que pidiera el operador para que les dejara grabar la banda
sonora de los musicales mejicanos, que luego ponían a
todo volumen en sus negocios, una de las primeras formas de
piratería musical.
Que siga la función
La televisión multi-canales, el cable, las parabólicas,
el video, el internet y sus congéneres, alejaron al público
de las salas de cine, que se volvieron incosteables. Las pequeñas
cerraron, vendieron a las grandes, o a los empresarios de propiedad
raíz. Los sobrevivientes nacionales tuvieron que hacer
reingeniería y entrar en la moda de los multiplex,
para enfrentar a las invasivas multinacionales. Con estándares
internacionales de una pantalla por cada 33.000 espectadores,
en 1998 irrumpió la gringa Cinemark en Colombia, que
tenía una por 120.000. En 2002, juntos Cine Colombia,
Procinal y Cinemark habían invertido más de $70.000
millones en multicines, con todos los juguetes de
los centros de ocio made in USA: salas concentradas con menú
para distintos gustos, horarios extendidos, sillas ergonómicas,
graderías tipo estadio, boletería numerada y tecnología
de punta, en hiper-centros comerciales. De precios, ni hablar...
Antes se veía cine en un teatro con identidad propia:
El Faenza, El Teusaquillo, El Cid, casi templos. Hoy se va a
cine al centro comercial o a un hipermercado donde venden de
todo, hasta cine, un producto más de la canasta familiar,
en un paquete costoso, porque el multiplex determina qué
ver y cómo: con un balde de crispetas, una bolsa de chitos
y una gaseosa, todo en tamaño familiar. El salto tecnológico
al video-beam resolvió más de un problema, pero
la coexistencia y fusión de viejas y nuevas tecnologías
es una pauta cultural en países avanzados.
Sobre intervenciones y restauraciones de salas, Daniel Restrepo
Mejía, de la Dirección de Patrimonio del Ministerio
de Cultura, señaló que pese a los criterios
profesionales y respetuosos de algunas, otras alteraron
el uso original para el cual fueron concebidas y en algunos
casos realizaron inexcusables mutilaciones arquitectónicas.
La tendencia -dijo-, muestra que el destino común
de los teatros es rendirse ante los intereses económicos
de las compañías de cine comercial y hay
que prever el terrible riesgo de que parte de nuestro
patrimonio cultural termine siendo una especie de fantasma que
deambula en una memoria sólo rastreable en fuentes documentales
o periodísticas.
Lo real es lo fantástico, decía Cortázar,
y nada tan real como la fantasía del viejo cinematógrafo,
donde uno cabalgaba al lado del Llanero Solitario, entraba con
Jonathan Harker en las criptas de Drácula, a uno le disparaban
los bandidos de Al Capone, le cantaban Sandro y Rocío
Durcal, y lo besaba Brigitte Bardot. El cine nunca morirá,
y merece un futuro digno, aunque el viejo teatro, su marquesina,
su palco y su luneta, se hayan desvanecido como el fantasma
de cartón del plató de cine en el cuento Decorado
en la noche de Ray Bradbury, que se desvaneció
lentamente por entre los oscuros edificios
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