MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 326 NOVIEMBRE DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388
En los pasillos de los hospitales, en los consultorios rurales y en las salas de urgencias del país, los médicos empiezan a describir una escena inquietante: enfermedades que creíamos controladas están regresando, y los pacientes con patologías crónicas llegan más graves, más tarde y con menos posibilidades de recuperación.
No se trata solo de un repunte estadístico. Lo que se está observando —y que cada vez más profesionales denuncian— es un deterioro silencioso pero sostenido de la salud de la población colombiana. Este fenómeno tiene causas estructurales: la debilitación de la atención primaria, la demora en diagnósticos y tratamientos, la fragmentación de los datos y la crisis financiera de los prestadores. A esto se suma un elemento crítico: los recursos no están llegando al ritmo ni en la magnitud que el sistema necesita, y la UPC dejó de ser suficiente para cubrir el costo real de la atención. Es la combinación de todos esos factores la que ha puesto al sistema en una zona de riesgo clínico y sanitario.
Se están viendo más descompensaciones y más enfermedades que se complican por falta de seguimiento: casos de diabetes mal controlada que terminan en amputaciones, de hipertensos que ingresan a urgencias por crisis severas, de pacientes oncológicos diagnosticados en fases avanzadas.
Estos son síntomas de un problema mayor: el sistema dejó de acompañar a los pacientes a tiempo.
Durante la pandemia se interrumpieron miles de controles y procedimientos, pero la recuperación plena nunca llegó. La atención primaria sigue débil, y las demoras administrativas, los cuellos de botella en las EPS y la falta de equipos interdisciplinarios han amplificado las consecuencias.
Los reportes del Instituto Nacional de Salud (INS) son claros: aumentan los casos de tuberculosis, tos ferina, dengue y otras enfermedades inmunoprevenibles. Esto revela un retroceso en coberturas de vacunación y en vigilancia epidemiológica. Cuando fallan los sistemas de prevención, el resultado es evidente: las enfermedades vuelven y lo hacen con mayor fuerza entre los más vulnerables, los rurales y los que tienen menos acceso a servicios médicos continuos.
La reemergencia de estas patologías no es casual. Está directamente vinculada a los vacíos de seguimiento, la pérdida de personal de salud pública en los territorios y la falta de inversión en programas preventivos.
A la crisis clínica se suma un problema estructural: los recursos no están llegando y la UPC es insuficiente para cubrir el costo real de la atención. Los hospitales operan con giros tardíos, incompletos y muy por debajo de lo que requiere el manejo de pacientes que llegan cada vez más complejos. Esta brecha financiera se traduce en menos personal, servicios saturados y una red asistencial que funciona al límite. Sin liquidez y sin una actualización realista de la UPC, el sistema seguirá respondiendo tarde y pagando más por lo que pudo prevenir.
1. Fragilidad de la Atención Primaria en Salud (APS)
La APS es el termómetro del sistema. Sin brigadas, sin equipos extramurales y sin programas de seguimiento, las enfermedades crónicas se descompensan y las infecciosas se propagan.
Colombia requiere un plan nacional para la recuperación de la atención primaria, que incluya financiación a nivel territorial, incentivos para los médicos y objetivos verificables en términos de prevención.
2. Falta de información fiable y sistemas desintegrados
El país aún no cuenta con un sistema interoperable que integre la historia clínica, las citas, los medicamentos y el seguimiento. No es posible crear políticas efectivas sin contar con datos sólidos.
La actualización digital de la salud no es un lujo en términos tecnológicos, sino una necesidad para preservar vidas y manejar el gasto.
3. Agotamiento financiero de los prestadores públicos y privados
Los hospitales de complejidad baja y media funcionan con presupuestos desfinanciados y con demoras en los pagos. Esto implica menos personal, menos turnos y más demoras.
Urge un mecanismo de liquidez inmediata para las ESE y clínicas que sostienen la red asistencial, acompañado de un sistema transparente de rendición de cuentas.
Colombia se encuentra en una encrucijada: puede continuar con un sistema que reacciona tarde, que atiende la enfermedad avanzada y que deja sin resolver las causas de fondo, o puede apostarle a una política de salud preventiva, integrada y financieramente realista.
Esto no significa ignorar la reforma a la salud, sino orientarla hacia donde más se necesita: fortalecer la APS, estabilizar la red hospitalaria y garantizar datos verificados que permitan decisiones basadas en evidencia.
El país no puede seguir dependiendo de diagnósticos tardíos ni de presupuestos que se proyectan sin la información validada. La crisis clínica que los médicos están viendo no es un problema de percepciones: es el reflejo de un sistema que perdió su capacidad de anticiparse.
Programas de autocuidado, alimentación saludable y control de enfermedades crónicas con participación comunitaria y educación en salud.
Lo que los médicos están viendo hoy —ese regreso de enfermedades y deterioro de pacientes— no es un accidente, sino el síntoma de un sistema desbordado por la desatención estructural.
Colombia no necesita más diagnósticos políticos; necesita decisiones médicas y fiscales coherentes.
Si el Estado decide invertir en la base del sistema —la prevención, los datos confiables y la sostenibilidad hospitalaria—, podrá revertir la descompensación del paciente que hoy se manifiesta en cada sala de urgencias.
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