MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 326 NOVIEMBRE DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388

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Entrada de un diario

Autor
Por: Yéssica Tuberquia Agudelo`
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Hay una soledad de la que no puedo escapar, ni siquiera cuando hoy es solo un recuerdo. Hay una niña que aún come sola en los descansos del colegio y suplica que alguien le pida la mitad de su sánduche para saber lo que se siente compartir. Hay una niña que ve a otras niñas jugar y perseguirse, que se caen y se vuelven a levantar sin soltar una sola lágrima aun con la tierra encarnada en las rodillas (yo me habría puesto a llorar, pero supongo que hay que ser valiente para hacer amigos). Hay una niña que está asustada en el baño y no tiene a quien contarle que tuvo su menarquia.

En ese tiempo me hacía falta el entusiasmo de tener pies para correr y las palabras se me quedaban atoradas en el estómago; creía que no había quien quisiera escucharlas. Prepotente, una mujercita de siete años que descubrió a temprana edad que a veces las palabras se responden con golpes, prefirió callar. Pero, ellas, ellas me sacaron poco a poco las sílabas que llevaba atravesadas en el cuerpo. Las conocí antes de aprender a escribir, pero solo nos hicimos amigas cuando nos enseñaron que las matemáticas también tienen números imaginarios.

Han pasado bastantes años desde que fui esa niña solitaria, tantos que ya las cuentas por pagar llevan mi nombre. Hay una adulta que acaba de llegar a su casa después de trabajar, debe hacerse su comida, comérsela, pensar en el día siguiente, ir a la cama y dormir. Hay una adulta sintiendo el tic-tac del reloj que lleva en su muñeca en una habitación en la que parece que al tiempo se le olvidó correr, porque lleva horas llorando y aún no amanece.

Soy como Melquiades, que tiene que volver de la muerte porque no es capaz de soportar la soledad, y al único lugar al que quiere ir es a la casa de su amigo, José Arcadio Buendía. Como si adivinaran que caía, otra vez, en mi silencio, cuadraron para vernos. Fuimos a un museo, entramos juntas, pero cada una siguió su propia manera de sentir el arte, el dolor, la vida.

Cami se quedó atrás, justo en la primera obra. Leyó cada una de las sinopsis de las piezas que vio; ella necesitaba ahondar entre el significado y el absurdo. Observaba cada obra minuciosamente, como un médico a un paciente, encontrado el motivo de su enfermedad, casi adivinando la razón por la cual moriría.

Vale pasaba de largo por el lugar y algunas veces se detenía. Le gustaba jugar y encontrar una obra divertida. Supongo que su cabeza estaba llena de preguntas que se respondían con la risa. La vi enredarse entre hilos y telescopios, con la seguridad de que encontraría una foto que hablara de ella, tan siquiera una que la impulsara a sacarse el puñal que le perforaba el corazón.

Gela caminaba buscando las obras más bellas, ideando la manera de transformar cualquier cosa en un trípode para tomar una foto, sin temblor, que capturara el instante de la belleza. ¿Qué era lo bello? Gela lo sabía, sin esfuerzo y solo con la intuición de una mujer que nació con la mente y las manos de una alquimista capaz de transmutar el horror en dulzura.

Yo olvidé ver las exposiciones. Tal vez no tenía la capacidad de detenerme a observar y a sentir como ellas. No, no era eso. Era miedo: miedo de que volviera a aparecer cualquier grito en mi cabeza, un enredo entre la nariz y el oído, imposible de sacar sin aguja y la paciencia de enhebrar. Intenté seguir sus pasos y mi visita se concentró en buscarlas, casi como si estuviéramos jugando escondidijo, solo que ellas no sabían que yo ganaba cada vez que las encontraba. Quería saber qué veían, aunque no me atrevía a preguntarles nada por miedo de interrumpir sus propios pensamientos.

Cami me pidió perdón de vez en cuando por quedarse más de la cuenta en algunas obras mientras los demás visitantes continuaban su camino. Gela me tomó una foto y, entre sus ojos, me sentí bella. Vale me insistió que viera por los telescopios; ella había encontrado algo que yo no.

A la salida Valen (que no es Vale, hay que aclarar que una “n” las diferencia) nos esperaba. No había logrado entrar con nosotras porque el amor le había robado el reloj. Me hubiera gustado saber si sus ojos cambiaban de color con el arte; yo los he visto marrones, miel y casi verdes. Me niego a creer que es por la luz; debe ser por sus emociones.

Cami, artista plástica; Gela, ilustradora; Vale, bióloga; Valen, diseñadora gráfica; y yo, supongo que escritora. ¿Qué hacemos nosotras cinco juntas desde hace más de 10 años? Destino, azar de los dados, elección. Nos pasó como a Sancho y al Quijote: “Juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos...”, solo que en vez de dos, somos cinco. Cinco, como los dedos de una mano; cinco, como los sentidos; cinco, como las vocales. ¿Quién será la “a”?

Quisiera, como Epicuro, tener un jardín para estar con mis amigas. Un jardín para verlas florecer; por ellas, haría un trato con San Pedro para hacer llover y pondría una vela prendida en la mitad del patio para llamar al sol. Guardaría sus hojas marchitas con tanto amor por haber sido los pétalos que se sacrificaron para hacerlas brillar. ¿Ellas perseguirán mis hojas, las que se fueron con mi llanto?

Pero no tengo un jardín, solo una casa a la que debo regresar. Tengo miedo de perder el calor con el que me abrigaron. El frío me atrapa aun entre las sábanas. Hay un tic-tac con el que lucho y, sin embargo, no quiero que deje de sonar. Significa que llevo un minuto más viva y falta menos para volverlas a ver.



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