MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 314 NOVIEMBRE DEL AÑO 2024 ISNN 0124-4388
Crear y creer son dos partes de un mismo verbo. Para crear se necesita creer y para creer se necesita crear. “Creo para poder entender”, dijo San Agustín de Hipona. Amor es creer y crear, y así entender que 1 + 1 no es 2; es “el amor, el beso, la unión de 2 cuerpos, de donde nace el número 3”, escribió Eduardo Zalamea.
Pareciera que crear y creer son verbos divinos, porque inmediatamente nos hace pensar en dios y en el universo, en la mano invisible que pareciera dar el paso antes de que notemos nuestra huella. Y, sin embargo, todo ese poder está a nuestra disposición. Mundano, como una madre que da a luz. Cotidiano, como el adolescente que escribe detrás de sus cuadernos los sentimientos que más tarde llamará “tontos”. Mágico, como las ideas vivas. Triste, como las ideas muertas.
Es justo en esta época del año donde volvemos a recodar que “no hay frontera entre lo que un hombre quiere ser y lo que es” (Albert Camus), porque la ilusión circular del tiempo nos hace creer que podemos reinventarnos. Cada año, una persona nueva. ¿Es posible? Solo el humano vive de máscaras.
La creación, entonces, va más allá del arte; vive con nosotros, despierta con nosotros y nos insiste frente al espejo la mutabilidad de la imagen. ¿Quién soy con labial rojo? ¿Quién soy con ojos marrones? ¿Quién soy si uso bóxer, si uso tangas, si uso o no sostén? El espejo, de repente, ya no es un reflejo estable ni seguro. No es necesario quebrarlo para adivinar todos nuestros rostros; si le sonreímos tal vez no nos devuelva la sonrisa y, por el contrario, debamos ir por pañuelos para limpiarle las lágrimas.
Humano, actor natural. Hago mi trabajo como debo de hacerlo. Hoy me toca actuar una voz salada, pero dulce como la mar. Yo no soy la mar. Lloro por dentro. Amargo. Lloro como tormenta en mar abierto. Me ahogo. Lloro y todo sabe a sal en mi interior. Finjo que estoy bien y saludo.
Fingimos y saludamos. Todos los días, un nuevo performance. ¿Sonríes porque me miras? ¿Sonríes porque sí? ¿Esa sí es tu sonrisa? La genuinidad del gesto. Fingido gesto. Gesto adquirido por generaciones, porque así se ríen todos en la familia. Gesto robado de una mujer coqueta, visto por una única vez. Gesto fácil, reconocido en los demás. Gesto difícil, incomprensible, impenetrable. Primer gesto que combina con la risa del bebé que aún no decide si parecerse a su madre o a su padre. Último gesto, ojos abiertos hacia el cielo. Gesto del que tanto escribió Milán Kundera.
Lloro porque no reconoces mis ojos llenos de amor. Lloro porque no reconoces mi piel llena de amor. Lloro porque no reconoces mi abrazo dormido. Lloro porque fingiste que todo estaba bien y me besaste antes de irte.
Entre el crear y el creer, el dolor. ¿Hasta dónde podemos crear? ¿Hasta dónde podemos creer? Esperanza. ¿Esperanza inútil? Esperanza del amor. Esperanza del que escribe, del que pinta, del que dibuja, del científico que busca desesperadamente aquello que todavía no alcanza a ver. Esperanza en el desesperanzado, cuyos ojos aún no han apagado el brillo de quien todavía quiere crearse tan siquiera una vez más.
¿Cuántas yo he sido? ¿Cuántos tú he conocido? ¿A cuántos les he creído? Y no quisiera que mi respuesta fuera un número de una sola cifra; quiero multiplicaciones y hasta números imaginarios. Entre más, mejor, porque así sabremos quiénes potencialmente pudimos ser. Una vida no basta. Crear y creer, milagro del actor.
En La nieve del almirante, Álvaro Mutis escribió: “a mi lado, ha ido desfilando otra vida. Una vida que pasó a mi vera y no lo supe. Allí está, allí sigue, hecha de la suma de todos los momentos en que deseché ese recodo del camino, en que prescindí de esa otra posible salida y así se ha ido formando la ciega corriente de otro destino que hubiera sido el mío y que, en cierta forma, sigue siéndolo allá, en esa otra orilla en la que jamás he estado y que corre paralela a mi jornada cotidiana”. Una vida no basta, pero es lo único que tenemos. Decidir quiénes somos es también rechazar aquellas posibilidades de lo que pudimos ser y ya no seremos.
Y lloro junto con mi madre en cada novela coreana que vemos en el televisor. Ninguna de esas historias es real, pero ella y yo lloramos como si lo fuera, como si los golpes dados en los actores hubieran sido dolorosos, como si los protagonistas se hubieran amado tan intensamente que merecen nuestras lágrimas. Ellos crean y nosotras les creemos. Les creemos porque una pequeña parte de nosotras insiste en que también podemos crearlo, vivirlo, sentirlo.
Sí, hemos elegido una sola vida, pero el engaño está en pensar que no poseemos los mismos dones que los actores. Solo falta ir al teatro para darse cuenta de que del escenario a nuestra vida hay un solo paso. Sobre nuestras manos, la tragedia. Sobre nuestros rostros, la comedia. Sobre nuestros pies, el melodrama. Instantes en los que hemos sido Ofelia, Segismundo, Yocasta, Hamlet, Julieta…
Crear y creer son dos partes de un mismo cuerpo. Un cuerpo, el nuestro.
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