MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 289 OCTUBRE DEL AÑO 2022 ISNN 0124-4388
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Fue en 1956 cuando por iniciativa de Héctor Abad Gómez se formaron las primeras promotoras rurales de salud, con el fin de mejorar las condiciones de salud de los territorios más marginados. Las historias de estas mujeres están cargadas de valentía y voluntad, su fuerza se vio reflejada de tal manera que sus acciones, en principio relacionadas con la salud, terminaron por impactar la vida social y política de las comunidades.
Sandra Milena Zuluaga, odontóloga y profesora de la Facultad de Odontología de la Universidad de Antioquia, y Gabriel Jaime Otálvaro, salubrista y profesor de la Facultad de Salud Pública de la misma Universidad, realizaron la investigación “Las promotoras rurales de salud: una práctica social en extinción. Estudio de caso en el municipio de Andes, Antioquia, 1976-2015”, en la cual dan cuenta del papel tan importante que desempeñó la promotora en la comunidad. Su rol trajo consigo una ruptura con el sistema patriarcal, tanto de sus territorios como de la misma institucionalidad en salud.
“Cuando uno está en la zona rural, la protagonista en la construcción de la salud es la promotora; no es el hospital, no es el médico, no es la enfermera. Esa figura tiene nombre y además es mujer: la promotora”, asegura Otálvaro. La investigación, entonces, apunta a demostrar que estas mujeres hacían y siguen haciendo un papel de puente y de intérprete, entre el mundo institucional y la comunidad. De esta manera, construían relaciones para el cuidado de la vida territorial, tanto en temas relacionados con la salud como con acciones comunitarias, por ejemplo: la construcción de una vía, de un proceso de acueducto y alcantarillado, la construcción de una placa polideportiva y demás.
Una de las historias que más me impacto fue la historia de una mujer a la que llegaron a preguntarle si quería ser promotora. Era joven, vivía en su casa todavía con su papá y con su mamá. Ya la habían identificado: era juiciosa en el colegio, tenía unas habilidades y capacidades de liderazgo. ¿Le interesaba formarse como promotora?, le preguntó una enfermera. Un sí implicaba que debía viajar para su proceso de formación. Ella vivía en Andes, en una vereda, y tenía que ir hasta Ciudad Bolívar. Ella contestó que sí quería, pero que tenía que pedirle permiso a su papá. Entonces, llegó la enfermera donde él para pedir autorización y ella todo el tiempo estuvo escondida detrás de la puerta escuchando cómo la enfermera le decía que ella quería irse, que si le daba permiso. El papá, presionado, porque estaba detrás de la puerta la hija y en la puerta la enfermera, el papá dijo: “pues si la muchacha se quiere ir, que se vaya. ¿Usted sí quiere ir?” Y ella, todavía detrás de la puerta, contestó que sí se quería ir. Ella contaba como su mayor alegría cuando su papá la autorizó a que se fuera a formar como promotora, relata Zuluaga.
El contexto en que se formaron gran parte de las promotoras era el mundo rural antioqueño colombiano, donde habitaban valores masculinos y patriarcales muy fuertes. “¿Cómo hicieron estas mujeres para salir de la casa para trabajar, para estar en el espacio público y convertirse en una figura con reconocimiento público?”, pregunta el salubrista Otálvaro. Las promotoras tuvieron que negociar con sus padres y con sus esposos el permiso para poder estudiar y para poder trabajar; rompieron con el sistema que establecía que la mujer era para la casa y el trabajo doméstico.
“Allí, en poblaciones marginadas, en poblaciones con limitaciones de acceso al sistema, las promotoras como mujeres traen ese acumulado de lo que significa el cuidado al interior del hogar, pero los trascienden. No se limita al cuidado doméstico, al cuidado y acompañamiento en el ámbito familiar y privado, sino que lo ponen en un contexto social y ubican y le dan un valor adicional”, explica Zuluaga. De esta manera, el cuidado empieza a comprenderse en una noción de salud, en una noción que se construye socialmente.
Durante más de 30 años, las promotoras han navegado entre las normatividades, han construido confianza con los habitantes de sus territorios, se han convertido en personajes legítimos capaces de guiar a la población en temas de salud y en temas sociales. A estas mujeres se les escucha y se les respeta; ellas han sido voz y manos en lugares donde no llega más asistencia en salud.
Para Zuluaga y Otálvaro, con las nuevas propuestas del gobierno actual sobre la transformación del sistema de salud se debe tener en cuenta el papel de la promotora: “Hay una intencionalidad de fortalecer lo que se denomina en este gobierno La Colombia Profunda, entonces la mejor posibilidad de respuesta y de transformación de las condiciones de salud de las poblaciones rurales, de las poblaciones marginales, de las periferias, es a través de la atención primaria en salud, y el agente principal de ese proceso deben ser los promotores de salud”.
Son mujeres de la comunidad y que se forman para la comunidad; en ese sentido, logran identificar y conocer de primera mano las necesidades más urgentes, logran conectar con los habitantes y construir confianza, logran ser el puente entre la institucionalidad y los saberes comunitarios.
No obstante, con los cambios de las normas desde 1950 y el sistema de salud con la Ley 100, su quehacer se limitó: de “promotoras” pasaron a ser “técnicos en salud pública” con menor capacidad resolutiva. Ya no podían, por ejemplo, entregar medicamentos, atender partos, realizar suturas y aplicar inyecciones. “Lo que nos dábamos cuenta y que para mí es la gran conclusión es que el sistema de salud parece hecho para acabar con las promotoras, cuando la construcción de la salud en lo rural depende y descansa en gran medida en esa figura”, señala Otálvaro.
Por esta razón, Zuluaga afirma que las promotoras “deben tener una capacidad resolutiva tal como la tuvieron en su momento cuando iniciaron, para resolver lo más inmediato en el propio territorio”, con el fin de que no pierdan la credibilidad de la población. De igual forma, hay otros cambios que deben tenerse en cuenta para recuperar su figura: anclar un equipo interdisciplinario que acompañe, ponerle la tecnología a su servicio y garantizarle condiciones de trabajo dignas. Añade Otálvaro: “Hay que hacer que ellas estén acompañadas de una institucionalidad que las ponga como eje de transformación en los territorios en lo rural”.
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