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EL TRIUNFO DE LA MUERTE de BRUEGHEL EL VIEJO
El virus que tiene sitiado al mundo entero desde hace un par de meses parece salido directamente de un libro o de una película. No de una de Hollywood, porque no hay gringos salvando al planeta y porque no convierte a las personas en zombis sin cerebro (o, por lo menos, no a los infectados), sino más bien de una comedia improvisada con consecuencias, ésas sí, muy serias.
Lo hemos visto desde el principio con ojos incrédulos: hospitales construidos de un día para otro, gente peleándose por el papel higiénico, barrios enteros aislados, mandatarios organizando procesiones multitudinarias para exaltar el amor en tiempos de confinamiento social, otros encomendándose a la virgen y a todos los santos, y el resto de los mortales (en este contexto la palabra adquiere todo su significado), recluidos en las casas, obligados a darle un respiro a la Tierra.
El coronavirus reanima en nosotros miedos arcaicos que pensábamos superados. Puesto que la Humanidad ha sufrido otras plagas en el pasado, el arte y la literatura, que son el crisol de nuestros sueños y nuestras pesadillas, abunda en referencias a enfermedades, pestes y otros escenarios apocalípticos en los que quizá podríamos vernos reflejados. Como dijo alguna vez Jean de La Bruyère, vinimos tarde al mundo y ya todo ha sido dicho. Por eso convendría, ya que el tiempo vuelve a ser nuestro, repasar algunas obras que abordan este tema tan contagioso.
Las pandemias, que no son un ataque masivo de osos panda como yo creía, han tenido, en general, un origen y un final inciertos. Llegan y se van misteriosamente. Por ello, no es raro encontrarlas asociadas a la ira divina, a eventos sobrenaturales que tienen, en el fondo, un carácter moral y, más recientemente, a teorías de conspiraciones farmacéuticas y control económico.
En la Biblia, libro con aventuras muy recomendado para estas “vacaciones”, Dios azota con varias pestes a sus muy amadas criaturas. Sin embargo, cuando está de buen genio, puede mostrarse bondadoso. Así, enojado con David, le da el privilegio de escoger, para él mismo y para su pueblo, entre una hambruna de siete años, tres meses de persecución por los enemigos o una epidemia durante tres días. (Parece la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de nuestros países). El patriarca, agradecido, elige la enfermedad porque en vez de perecer bajo manos hostiles, prefiere que sea por obra del Señor, pues “grande es su misericordia” (2 Samuel, 24, 14-15). Mejor malo conocido, que bueno por conocer, como dice el dicho. Al fin y al cabo, un alivio para él, que sobrevivió pese haber cometido la falta contra Yahvé, mientras el ángel devastador se llevaba a 70 000 buenas almas.
Haciendo memoria, recordé otro clásico de la literatura que incluye también a un rey y una epidemia como telón de fondo. Edipo de Sófocles, que todos recordamos por las teorías de Freud, cuenta la historia del hijo de Layo, quien asesina a su padre en un cruce de caminos y se casa con su madre Yocasta. Más allá del lío de alcoba, el libro hace alusión a la peste de Atenas acaecida en 430 a. C., la cual, según el relato, se origina en el crimen de un ciudadano que ha roto, sin saberlo, el equilibrio natural. Hay un pecado que debe ser expiado y, aunque la historia nos lo muestre como un horrible parricida incestuoso, Edipo se sacrifica por el bien de la polis y de sus ciudadanos. ¿Cuántos gobernantes estarían dispuestos hoy a hacer tal acto de patriotismo?
Como no existe aún un preservativo de cuerpo entero, el método infalible para cuidarse del contagio sigue siendo el de limitar todo contacto físico. ¡Que nadie me toque! No abrazar a nadie (a menos que uno esté en México), saludar a diez metros de distancia, cambiarse de acera al ver a otro ser humano y, mejor aún, encerrarse en la casa para que el virus quede entre familia.
Una solución similar aparece en otro gran clásico de la literatura. Giovanni Boccaccio cuenta en el Decamerón los estragos de la peste bubónica que atacó a Florencia en 1348 y que, ¡coincidencias de la vida!, había llegado a Italia desde el Lejano Oriente. En el libro, diez personajes, siete mujeres y tres hombres, se recluyen en una casa de campo por diez días durante los cuales cada uno debe relatar una historia relacionada con un tema determinado. El grupo de amigos, encabezado por Pampinea, además de tratar de salvaguardar su salud, buscan mantener el buen ánimo y los buenos hábitos, aunque sea en un espacio reducido. Así, frente a la Florencia apestada física y moralmente en que vivió el autor, los narradores crean por un tiempo un microcosmos donde reinan la concordia, la honestidad y la amistad duradera. Una solidaridad olvidada por los contemporáneos de Boccaccio, que se preocupaba no sólo por el sufrimiento de los enfermos, sino sobre todo por la mezquindad de los aliviados.
Una de las obras más importantes sobre el tema es el Diario del año de la peste de Daniel Defoe. El autor inglés, que todos conocemos por su célebre novela Robinson Crusoe, redacta una suerte de reportaje basado en la peste que azotó a su país en 1665. En el libro, rigurosamente documentado, un narrador da cuenta de la situación y de los comportamientos de las personas. Aunque el relato pretende ser una crónica, el autor utiliza todo su talento y crea personajes que ilustran las pasiones humanas en tiempos aciagos.
La idea que anima la narración es la omnipresencia y el acostumbramiento a la muerte. Así como existe una sociedad de consumo, hay una sociedad de la peste, una que se acostumbra a la lógica de la enfermedad. A diferencia de las obras citadas, la muerte pierde todo carácter simbólico y se vuelve banal. Para sobrevivir cómodamente, los personajes la ignoran (así como hacen algunos con el covid-19) y dejan salir todo su cinismo, indiferentes a la muerte ajena.
“En cada casa -dice el narrador-, sólo se oían llantos y lamentos, particularmente al principio; pues al final, los corazones se habían endurecido, y la muerte era tan visible que las personas ya no se conmovían tanto por la de sus familiares, porque cada uno esperaba ser el siguiente”.
En un contexto así, pululan la locura, el fanatismo religioso, los profetas y los vendedores de productos milagrosos: “pastillas contra la peste”, “elixir de vida”, o, en la actualidad, hidroxicloroquina.
La palabra la han pronunciado varios mandatarios y nos asusta porque parece devolvernos al vocabulario médico del siglo XVII en el que los galenos, a falta de medios adecuados, se enfrentaban cuerpo a cuerpo con las enfermedades, en un combate despiadado. Asusta porque nos libra a las veleidades del tiempo y el azar.
Pero una guerra puede librarse de diferentes maneras. En La peste, que debe de ser el libro más vendido en este momento, Albert Camus cuenta el paso de una epidemia por la ciudad de Orán, en Argelia. La enfermedad avanza lentamente, pero con consecuencias dramáticas, y no provoca en las personas sino indiferencia, una lucha tenue por sacar el mejor partido de la situación, como es el caso de Cottard, que se entrega feliz a actividades ilícitas. En el otro extremo, se encuentran el doctor Rieux y Tarrou que ponen en peligro su vida para luchar contra la enfermedad. Para ellos, “lo natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza son efecto de la voluntad, de una voluntad que nunca debe detenerse”. En esa ciudad banal como cualquier otra que es Orán, la lucha se convierte en un combate cotidiano, del que Dios se encuentra totalmente excluido. Si hay una victoria final contra la peste, sólo puede ser gracias a combatientes anónimos y a una nueva fraternidad.
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