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" Los hijos que se van de casa siempre vuelven a ella” es una de la frases que uno tiende a escuchar cuando los hijos han decidido independizarse e irse de la residencia de sus padres. Hay hijos que se van en busca de su propia identidad y otros porque están cansados de vivir bajo la sombra familiar, una sombra que siempre estará, porque cuando se es padre siempre habrá un acompañamiento tanto para el hijo que está en el hogar como para el que se ha marchado con la intención de caminar por otros horizontes, porque al final, regresarán nuevamente al hogar.
Es así como la parábola de “El hijo prodigo” del evangelio de Lucas 15,1-3. 11-32 del Nuevo Testamento, narra como un hijo se va de su casa rompiendo el vínculo afectivo que tiene con su familia, el hijo reclama al padre la herencia para luego derrocharla en otro país. Es necesario comprender que la palabra herencia y el significado de esta va más allá de lo económico, refiriéndose entonces a lo biológico, cultural y hasta lo genético.
Según el doctor Abraham Chams Anturi, en su conferencia “El regreso del hijo prodigo de Rembrand “La herencia en muchos casos son los valores que se han inculcado en el hogar o lo que los padres han enseñado a hacer con el fin de ayudar a su hijos a crecer como humanos, transmitiendo así a la sociedad un conjunto de acciones que permitirán sanar, es por eso que la herencia termina siendo un derecho y una obligación para no dejar perder el acto de humanización”.
Rembrandt Harmenszoom von Rijn, pintor holandés, maestro del claroscuro, y uno de los más caracterizados pintores del barroco, retomó la parábola del “Hijo pródigo” para hacer un autorretrato de lo fue su vida. La obra, pintada al final de su vida, en el año 1669, es un cuadro de grandes proporciones 2,50X2 metros-. En 1766 fue adquirido por la Zarina Catalina la Grande y fue instalado en la Residencia de los Zares en San Petesburgo, capital de la Rusia Zarista. Hoy se conserva en el Museo Hermitage.
Para el doctor Chams, la obra “El regreso del hijo pródigo” expresa el poder y la ternura de Dios que perdona, acoge e ilumina a la humanidad abatida y pecadora que acude al refugio de la gracia divina. “Es allí cuando hay una unión entre el evangelio de Lucas y la obra de Rembrandt”. En la parábola se resalta como el amor se transforma en misericordia, y se olvida un poco la palabra justicia, que a veces termina siendo tan injusta o tan inhumana. Es por eso, que el hijo pródigo después de haberse gastado las riquezas recibidas de su padre, le toca ganarse la vida trabajando como jornalero en la casa paterna y eventualmente, conseguir poco a poco una cierta provisión de bienes materiales; pero quizá nunca en tanta cantidad como la que había malgastado.
Además, el hijo pródigo era consciente de ello y es precisamente tal conciencia lo que le muestra con claridad la dignidad pérdida y lo que le hace valorar con rectitud el puesto que podía corresponderle aún en casa de su padre.
Tales serían las exigencias del orden de la justicia; tanto más cuanto que aquel hijo no sólo había dilapidado la parte de patrimonio que le correspondía, sino que además había tocado en lo más vivo, y había ofendido, a su padre con su conducta. En aquellos años y también en la actualidad, pedir la herencia en vida a uno de los padres, puede ser un acto de irrespeto en que se ve afectada la dignidad de progenitor.
La vida se va en un abrir y cerrar de ojos, porque se vive en el desapego, en la lujuria, se olvida dar un abrazo a los padres y decir te quiero a los hijos. La sociedad y la familia viven enfermas de dolor, de rencor, de desconsuelo, cada vez el tiempo se esfuma más rápido y en la mayor medida, gusta más estar lejos de la casa, del seno del hogar.
Según San Ambrosio “esta parábola nos habla de reconciliación. En este sentido, la historia del padre y sus dos hijos es la historia de la humanidad. Pero es también la historia repetida en la existencia de cada uno de nosotros. El relato toca de manera tan aguda diversos aspectos de nuestra vida y llega tan hondo al corazón que por momentos podemos identificarnos con el hijo menor, en otros con el hermano mayor o incluso en algunos con el mismo padre que espera paciente la vuelta del hijo perdido, quien estalla en alegría con el reencuentro y sufre la incomprensión de su primogénito”.
El perdón va más allá de lo que pueden ver los ojos, el perdón se ve con el alma, con los ojos del padre y es entonces, cuando se abraza con las manos de la misericordia y se sigue amando con “el corazón de padre que es igual al corazón de madre”.
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