MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 16    No. 210  MARZO DEL AÑO 2016    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

 
Hace más de 25 años participo en los órganos de gobierno de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Consejo Ejecutivo 2 veces por año y en la Asamblea Mundial de la Salud (AMS) que reagrupa una vez por año en mayo, las delegaciones de 193 países miembros de la OMS. Mi participación es silenciosa, primero como staff de la OMS, que asiste para escuchar puntos de vista de los delegados de los gobiernos y la sociedad civil; es silenciosa también como representante del Centro Sur que asiste para escuchar y entender mejor y aconsejar a los 54 países en desarrollo miembros del Centro Sur. “Participación silenciosa” pero no pasiva, pues la presencia permanente al final es casi aceptación o complicidad de lo que se delibera y decide.
Este silencio, de presencia y complicidad, lo quiero romper hoy denunciando lo que se convirtió en una farsa y decadente gesticulación diplomática que debate cínicamente mientras millones de enfermedades y muertes, muchas evitables, siguen sucediendo independientemente de lo que se discute en estas “altas esferas” de la salud pública internacional. Tanto el Secretariado de la OMS como los países miembros, así como el grupo de los observadores en los que me incluyo, tendríamos que tener la honestidad de confesar que hemos fracasado… Que estamos presenciando el naufragio de la Agencia Pública multilateral de referencia para asuntos de salud del planeta.
Nunca en 65 años de existencia de la institución, un director y su secretariado había sometido a estudio de los países miembros de manera
insistente, documentos clave que fueron rechazados reiteradamente por los países miembros, 3 y 4 veces durante los últimos 4 años de manera consecutiva. Algunos de estos intentos de hacer aceptar propuestas se han referido a: Reforma de la OMS, papel de los actores no estatales -FENSA- (Framework of Engagement with Non-State Actors), el diálogo financiero, asuntos ligados a calidad o propiedad de medicamentos CEWG (Consultative Expert Working Group on Research and Development: Financing and Coordination) y SSFFC (Substandard/spurious/falsely-labelled/falsified/counterfeit medical products-).
Pero no solo esto: la actual directora general, Margaret Chan, lanza al final de su primer mandato (2012) una “gran reforma de la institución” en temas que se confunden, enredan y se desarrollan de forma desarticulada y a veces contradictoria, sobre cómo financiar la OMS, cómo se gobierna, cuál es o será el papel de los llamados “actores no estatales”, y el rol que jugarán las urgencias, catástrofes naturales y enfermedades o epidemias nuevas o viejas que aparecen o reaparecen en distintas partes del mundo (Ébola, Zika).
Gro Harlen Brundtland, antigua directora general (1998-2003), reformó la Organización para darle un carácter más de carácter normativo que operacional, para consolidar a la OMS como órgano rector en salud global. La gripe aviar, la H1N1, el Ébola y ahora el Zika, confundieron a la actual directora general y a los países, que ya no saben si la Organización debe ser normativa o de acción humanitaria, o las dos.
El principal y más grave problema de la OMS es la pérdida progresiva y vertiginosa del control del presupuesto regular de origen público obligatorio. Actualmente se lleva a cabo una privatización progresiva de la agencia, que en 8 años pasa de tener un presupuesto de 50% procedente de fondos públicos constituidos por contribuciones obligatorias de países miembros, a solo 18%. La agencia está actualmente en las manos (casi 82% de su presupuesto) de fundaciones filantrópicas como Bill y Melinda Gates, y de un pequeño número de países industrializados que ofrecen contribuciones voluntarias, pero además, de la gran industria farmacéutica. Estos aportes son contribuciones voluntarias destinadas a los temas que deciden los donantes y no los órganos de gobierno de la OMS.
Reformas urgentes que requiere la OMS
En mi concepto, varias reformas deben emprenderse de manera urgente para reorientar el rumbo de la Organización Mundial de la Salud (OMS). La primera y más urgente sería establecer un plan para retomar progresivamente el carácter multilateral público de sus recursos, condición fundamental para recuperar la independencia y credibilidad.
Una segunda reforma urgente y necesaria es la recuperación del poder central de este monstruo de 7 cabezas (Sede en Ginebra y 6 oficinas regionales, cada una con buena dosis de autonomía y desarticulación de los órganos de gobierno -Consejo Ejecutivo y AMS-). Existe hoy en OMS, como lo demostró el caso del Ébola, una desarticulación en la línea jerárquica del poder entre la sede en Ginebra y las 6 oficinas regionales autónomas, que no reportan a la Dirección General. Las relaciones de poder entre la Sede Central y las oficinas Regionales y el brazo operacional, que son cerca de 150 oficinas nacionales, no están claras, lo que lleva a una institución sin mando central, incapaz de responder con eficacia y a tiempo a problemas como la gripe aviar o la pandemia de la H1N1 o el Ébola.
El tercer problema por resolver es el dilema entre la naturaleza de ser una agencia normativa encargada de la formulación y puesta al día de estándares internacionales, la administración del Reglamento Sanitario Internacional y la formulación de instrumentos vinculantes en el ámbito de la salud, versus una agencia humanitaria para implementación de proyectos financiados por la “caridad” internacional, compitiendo y duplicando esfuerzos con agencias como el Global Fund, agencias de Naciones Unidas como UNICEF o el UNDP, o grandes ONG como Médicos Sin Fronteras (MSF). La culpabilidad de los errores cometidos con la H1N1 y el Ébola crearon un movimiento tendiente a dar a la OMS una doble misión: Normativa y operacional. La agencia sin embargo debería concentrarse exclusivamente en lo normativo y no en lo operacional.
Un cuarto aspecto, consecuencia de los tres anteriores, es la necesidad de una reducción drástica del número de funcionarios en la sede y las 6 oficinas regionales. La Organización que rige el comercio internacional -OMC- solo tiene 400 funcionarios en Ginebra y no posee ninguna oficina regional ni de país.
Estas ideas y otras que ayudarían a una reorientación de la agencia, como son el lugar de la salud pública en el contexto de las actuales reglas internacionales de inversión y del comercio, o los desafíos de la COP 21 sobre cambio climático en el campo de la salud, deberían ser el objeto del debate para la selección y nombramiento de nuevo director (a) general de la OMS en la próxima elección que se prepara actualmente.
 
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