MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 16    No. 210  MARZO DEL AÑO 2016    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Doctor Julio Ernesto Toro Restrepo:
una vida entera por el Hospital

Hernando Guzmán Paniagua, Periodista Periodista - elpulso@sanvicentefundacion.com
“No son sus muros, ni sus árboles, ni sus saberes, ni sus gentes. Tampoco son sus aires ni sus espacios lo que constituye este queridísimo hospital (…) Este Hospital de San Vicente de Paúl, es todo esto y una magia; es un espíritu que flota por aquí y por allá, y realza sus muros, y se transfunde a sus gentes, y se transmite, no sé cómo, en deseos, en buenas intenciones, en ciencia y en amor a todas sus gentes y de manera muy especial a sus pacientes (…) Es la mano de Dios que lo conduce dulcemente, bondadosamente, amablemente”. Esto dice, en mensaje de despedida, el doctor Julio Ernesto Toro Restrepo, el pasado 5 de febrero en la vieja capilla del Hospital.
Atrás quedan 30 años de alegrías y dolores, logros y sueños pendientes, para quien tiene demasiado qué contar. En su mensaje de retiro, dio fe: “He entregado mi amor, mi libertad, mis sueños y mi vida al Hospital y he sido completamente feliz”. “He vivido”, podría repetir con Barba Jacob.
En entrevista con la periodista Olga Lucia Muñoz, recuerda su “primera vez” en el Hospital: “…Fue en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, año 1968; yo entré como estudiante, en un programa de inducción a la actividad hospitalaria. Nos pusimos la blusa blanca por locos, nadie nos decía por dónde se entraba al Hospital, ni por dónde se salía”. No olvida la primera cirugía que vio: la disección de vena en cirugía infantil, vestido de ropa verde y gorro, ni los fonendoscopios de látex amarillo que fueron a comprar los estudiantes al centro de Medellín. Resalta la humanidad de los médicos de su época: “Tenían un sentido muy humano del manejo del paciente”. Valora en especial a los pediatras. “Lo que más me llegaba era que esa enfermedad estaba en una persona y que esa persona era tan común y corriente como yo, que tenía familia, hijos, padres, y muchos incluso, la intuición de que iban a morir”. Desde entonces, entiende que para ser a la vez “buen médico y médico bueno”, es preciso no hacer daño.
 
La aventura comienza
En el internado, Toro y sus colegas muestran casta: “En el año 1973, me pagaban 600 pesos. Los residentes y los internos movíamos las salas, dábamos las altas, los ingresos, ordenábamos los exámenes, programábamos los pacientes para cirugía con los profesores de la Universidad”. Le resulta trabajo en Leticia, Amazonas. Descarta puestos en Amagá, Concordia… “Me fui para Telecom del barrio Belén, busqué en el directorio el teléfono del hospital, hablé con el director y le dije que estaba interesado en ese puesto”. Aunque le gusta la medicina y el contacto con el paciente, dice: “Yo lo que quiero es ser director de un hospital”. Lo llaman petulante, loco y “equivocado de carrera”. Viendo un mosaico de fotos de alumnos, un profesor de parasitología le sentencia: “A ojo clínico, éste no va a llegar a ninguna parte”.
Así y todo, más tarde se le apunta a la dirección del Centro de Salud del Barrio Popular, de la Secretaría de Salud de Medellín: “Hacía la administración del Centro que era chiquito, las suturas, toda la consulta, pequeñas urgencias, yo era feliz en la vida, no me importaba que eso quedara en la porra”.
Le apuesta a la dirección de la Unidad Intermedia de San Cristóbal, en donde empieza los programas de ginecología, obstetricia y cirugía ambulatoria con la Universidad de Antioquia. Va bien el muchacho. Luego, muestra calidad en su consultorio privado. Al principio de 3:00 a 7:00 p.m. Luego todo el día: “Me iba muy bien, yo era muy buen médico, tenía mucha clientela, la gente me llamaba a la casa. Pude ayudar a salvar muchas vidas”. No tarda el gran salto, al Hospital Universitario San Vicente de Paúl, que lo aguarda con mil problemas por resolver.
"Me apunté a la Dirección”
José Miguel Guzmán, entonces Secretario de Salud departamental y presidente de la Junta Directiva del Hospital, le ofrece al doctor Toro la Subdirección Médica: “Entré en 1981. Yo todavía estaba muy joven, tenía 30 años si acaso. Me tocaba interactuar con los jefes de Departamento, todos de la Universidad; los profesores míos, que me habían regañado tanto, ya eran mis subalternos, y me sentía complacido de citarlos a mi oficina y darles instrucciones”. De la Subdirección pasa a la Dirección Médica. Casi tira la toalla al principio: “Yo le decía a Jorge Cadavid, el director del Hospital: 'Yo me voy a retirar, esto como que no tiene ni pies ni cabeza'”. Pero se queda. Y recuerda: “Tuve días de espanto, no tenía como cogedero, no estaba configurado”. Le toca corregir fallas, como muchos exámenes de laboratorio innecesarios que ordenaban y no llegaban a la historia clínica.
En 1990, breve interludio en Suramericana, arranca su programa de Medicina Prepagada. Viene la prueba de fuego: “Me dijo el doctor Ricardo Restrepo, que no era aún presidente de la Junta, que si yo me le apuntaba a la Dirección del Hospital San Vicente, tenía 31 o 32 años. Dije: 'Si ustedes me orientan y me dan soporte, yo sí'. Nada sabía de administración, recuerdo que me iba a librerías del centro de Medellín a comprar libros de contabilidad”.
Su vida se traslada al Hospital; de buenas a primeras, se las ve con informes de gestión, balances, presupuesto, cuentas por pagar, cartera… Entre el 75 y el 90 la crisis del sistema de salud arrecia y proponen volver públicos todos los hospitales. Como en otras asechanzas del Demonio, los santos patronos, incluso don Alejandro Echavarría, el director y la Junta, salvan al Hospital de caer en tentación y lo mantienen como fundación privada sin ánimo de lucro. Siguiente jaque, adaptarse a los cambios que trajo la Ley 10 de 1990 y la Ley 100 de 1993, cuando el Hospital deja de recibir aportes del Estado y debió reestructurarse para seguir cumpliendo su misión social a favor de la comunidad dentro del sistema de salud actual. “El dilema era facturar o morir“, se empieza a montar el sistema de facturación, otra piedra de escándalo. En distintas reuniones, Toro es rotundo: “O empezamos a facturar o a la vuelta de un año cerramos este Hospital”. Y recalca: “Sólo a partir de 1996 el Hospital alcanza su punto de equilibrio”.
Como impulsor y apoyo de valiosos logros científicos y administrativos en el Hospital San Vicente, la gestión de Toro Restrepo es loable. El avance profundo de los trasplantes de diversos órganos, la capacitación del personal en todas las áreas, el saneamiento financiero, la construcción de los Centros Especializados en Rionegro, la consolidación de San Vicente Fundación con el Hospital Universitario y Centros Especializados junto con Corpaúl y el Instituto de Alta Tecnología Médica (IATM), el desarrollo tecnológico y los altos estándares de habilitación y la Acreditación institucional, son cosas que no reclama como aciertos personales sino como obra colectiva.
En un entorno con problemáticas constantes para el acceso al servicio de salud, su compromiso siempre fue fortalecer un modelo de atención centrado en el paciente, bajo las políticas de humanización, seguridad y rehabilitación, y de una atención digna. El doctor Toro mantuvo siempre la institución con una política de “puertas abiertas”, pese a las crisis económicas, fortaleciendo la contribución social y el liderazgo médico.
“No me llevo nada que no sea mío”
¿Cuál es el futuro del Hospital para el médico Julio Ernesto Toro Restrepo? Dice: “De la medicina del cuerpo se pasó a la medicina del ser humano, después a la de los órganos, y a la de los tejidos. Hay que ir a la medicina de la célula e incluso a la nanomedicina. Pero que sea humana, he ahí el problema; el que haga eso, tendrá el éxito. Yo aspiro a que este Hospital maneje lo más refinado del conocimiento medico dentro del ser humano, eso sería lo fantástico”. Sostiene que nadie sabe medicina, porque ésta pertenece a la naturaleza: “Yo sé cosas de medicina o ejercerla. Entonces, ¿cómo logro que la gente se alivie? Poniéndome de parte de la naturaleza, o sea, de parte del ser humano”.
Todos aprenden con él. Y el doctor Toro aprende que un Hospital “es también para espantar soledades, de esas espantosas, que aterran, que invaden el alma como una tintura que cae en el agua limpia; y es para llenar silencios y vacíos que pueda padecer el alma”. Al partir de ésta, su casa durante 30 años, dice: “No me llevo nada que no sea mío, puesto que nada de lo entregado a mi cuidado es mío. Me llevo sí y como imposible excepción, los recuerdos”.
 
“A todo el mundo lo traté bien”
“El mundo actual no da nada. Todo está en función del trueque y del interés. Si las organizaciones que propenden por la vida y por lo que ella es y significa no continúan en esa tarea, ¿que sería del hombre, de sus angustias y sus preocupaciones?”.
Dr. Julio Ernesto Toro
De sus ancestros de Sonsón, este paisa nacido en Bogotá supo desde chiquito que “el único destino del hombre es el bien” y que “la compañía y el afecto es lo que más sana, lo que más cura, lo que más alivia”. El médico Julio Ernesto Toro Restrepo, antes que gestor de la salud y “médico bueno”, es un buen hombre.
En todas sus facetas, como profesional de la medicina, como administrador, como escritor y poeta, como padre, esposo y amigo, el doctor Toro es fiel a su credo: “El mundo actual no da nada. Todo está en función del trueque y del interés. Si las organizaciones que propenden por la vida y por lo que ella es y significa no continúan en esa tarea, ¿que sería del hombre, de sus angustias y sus preocupaciones?”.
Muy temprano, aprende que el dolor es el primer maestro para el alivio: “Me acuerdo del caso de un muchacho llamado William que tenía una falla cardíaca por un problema valvular, se mantenía asfixiado, sabía que iba a morir, todos lo sabíamos.
Se la pasaba desesperado gritando; y uno saber que va a morir alguien igual a mí, y que yo en ese momento talvez sabré que voy a morir también, eso me daba mucha pensadera”. En diciembre de 2008 dijo en El Espectador acerca del esmero del médico y de la medicina misma: “Detrás de todo ello está el alma. Sí, es el alma, porque es allí donde reside y de donde brota la solidaridad, el respeto, el compromiso y la responsabilidad, algo que además se puede resumir con la palabra amor”.
El contacto con el sufrimiento alienta su práctica profesional. Cuando dirige la Unidad de Salud de San Cristóbal, le pide ayuda al jefe de Epidemiología de la Secretaría de Salud de Medellín, Alberto Vélez, para un programa de manejo de los pacientes hipertensos. Vélez lo ignora y ello es motivo de pelea. Y en el caso del programa de trasplantes de riñón del San Vicente, además del soporte científico y académico, se requirió gran dosis de humanidad y amor por el enfermo, agobiado por la incómoda y costosa diálisis; por ello para brindarle alivio, el doctor Toro impulsa estos procedimientos a lo largo de su gestión.
“La vida no es meramente existir; aunque
parezca un círculo, hay que decir que la vida es existir
en función de la vida misma, es decir en función de los
demás porque, en realidad, la vida tiene sentido no
por la soledad, el distanciamiento, la envidia o la rivalidad,
no, lo tiene por el otro”.
Dr. Julio Ernesto Toro
Cabe recordar que luego del primer trasplante de riñón exitoso con donante vivo en Colombia en 1973, el Hospital alcanzó destacados logros científicos como el primer trasplante exitoso de riñón con donante cadavérico (1974), el primer trasplante de hígado en Latinoamérica (1976) y el primer trasplante de médula ósea en Latinoamérica (1976).
Particularmente durante la gestión del doctor Toro, se hizo el primer trasplante simultáneo de riñón-páncreas en Colombia (1988), el primer trasplante de hígado-riñón en Colombia (2000) y el primero de células de cordón umbilical en el país (2001); también algunos de los primeros de su tipo como el primer trasplante de tráquea en el mundo en 2002, el primer trasplante combinado de laringe-tráquea en el mundo (2003), el primer trasplante de esófago en el mundo (2005), el segundo trasplante de laringe en el mundo (2002); y otros como el primer trasplante de intestino delgado en Colombia (2004), el primer trasplante autólogo de células progenitoras de médula ósea por vía intra-coronaria en Colombia (2004), y el primer trasplante de células madre a miembros inferiores en 2006.
Julio Ernesto Toro es gestor, mas no acepta la mercantilización de la salud en detrimento del ser humano: “Todos ellos (autoridades y ejecutivos), han sabido que hay EPS que no tienen suficiente solvencia, y no pasa nada; que miran con desdén a los enfermos y no pasa nada; que no autorizan cirugías indispensables y no pasa nada; que dilatan la atención en consultas y no pasa nada. Y para colmo, no pagan su deudas con Hospitales y Clínicas, y no pasa nada”.
Lealtad profesional
El doctor Toro tiene ideas muy definidas y las defiende. Pero su respeto por la diferencia es digno de encomio. En su trasegar, ha conocido médicos de todos los pelambres y a cada quien valora en su singularidad.
En larga entrevista con la periodista Olga Lucia Muñoz, pasó revista a esos profesionales, desde sus profesores, agrios y dulces, el meticuloso Alberto Gómez Arango y sus dietas de gelatina Royal, el insufrible Jaime Borrero, el doctor Federico Olarte y su proverbial delicadeza con el enfermo, Eduardo Escorcia, Julio Calle, y una pléyade de directores de genios muy distintos. Escucharlos y aceptarlos es lealtad. “La lealtad no es un bien material que puede adquirirse, como todo lo del mundo, sino un valor metafísico que tiene que hacerse a partir de un credo”, subraya el líder saliente.
Humanista de vieja data, no le son ajenas las veleidades de escritor y poeta (Ver “Una vida de servicio”), no se le escapan los conciertos sinfónicos ni las muestras de arte. El ámbito periodístico le debe la creación del periódico especializado para el sector salud, EL PULSO, en 1998: “Yo juzgaba que el Hospital San Vicente, frente a lo que se estaba viviendo en el sistema de salud que estaba en ese momento funcionando bajo la Ley 100, tenía mucho qué decir, qué aportar”.
“La lealtad no es un bien material
que puedeadquirirse, como todo lo del mundo,
sino un valor metafísico que tiene que hacerse
a partir de un credo”.
Dr. Julio Ernesto Toro
No renuncia al espíritu romántico y aventurero; a raíz de su pasantía rural en Amazonas, no quiere abandonar la selva. Como amigo, Julio Ernesto brinda a todos un trato sencillo y cálido, sin excesos ni fanfarronerías. Le cuesta acostumbrarse al ejercicio de la autoridad. “Lo que sí me acuerdo es que a todo el mundo lo traté bien, inclusive a algunos profesores que cuando yo era interno me trataron mal, porque no sabía la respuesta de una pregunta, como ¿cuál es la vena que pasa por no sé dónde? Para mí, todo era una adivinanza”.
El doctor Toro enseña cosas grandes por lo sencillas. Como que el primer ingrediente de lo bien hecho es el amor. El pasado 18 de febrero, en la fuente del Hospital, en el último conversatorio con su gente, dice lo que repetía a los compañeros recién entrados: “Mañana cuando suene el despertador a las 5:00 de la mañana, no digás 'qué pereza' porque no sabrás lo que tenés: la relación con los pacientes, la gran oportunidad de servir, se está enriqueciendo tu corazón, tu mente; sacá la mano y dormí 5 minutos, pero porque te da pereza levantarte, no porque te da pereza trabajar”
   
Una vida de servicio
Dr. Toro en inauguración de Centros
Especializados de San Vicente Fundación,
El doctor Julio Ernesto Toro Restrepo nació en Bogotá el 21 de junio de 1947. Casado con la enfermera Gloria Obando, tiene dos hijos. Médico Cirujano de la Universidad de Antioquia (1974), especializado en Gerencia Hospitalaria, Universidad Eafit-Ces (1990). Experiencia laboral: Medicina Rural en el Hospital de Leticia, Amazonas (marzo 1975-junio 1976); Secretaría de Salud de Medellín: Médico Director Centro de Salud (agosto 1976-mayo 1977) y Médico Director de la Unidad Intermedia de Salud de San Cristóbal agosto 1977-junio 1980). Consultorio Particular 1978-1982 en Medellín. Subdirector médico del Hospital Universitario San Vicente de Paúl (julio 1981-marzo 1983) y Director General entre marzo 1983 y noviembre 1990.
Gerente general de Susalud (Medicina Prepagada) noviembre 1990-enero 1995; gerente (E) del Instituto de Alta Tecnología Médica de Antioquia -IATM- (agosto 1994-febrero 1995); Director General de la Fundación Hospitalaria San Vicente de Paúl febrero 1995-febrero de 2016. Presidente Corporativo de San Vicente Fundación, enero 2014-febrero de 2016.
Editor del libro “Hospital & Empresa” (3 ediciones); autor de Humanis Corpus Inc. (2007); autor y editor de los libros de poesía “Toda la culpa es mía” (2003) y “Sentencia anticipada” (2009). Director del periódico EL PULSO (1988-2016). Miembro de la Junta Directiva del Club Rotario de Medellín (2003-2004), miembro actual del Club Rotario Medellín, actual presidente de la Junta Directiva de Tecnostent (bioprótesis), de la Junta Directiva del Instituto de Alta Tecnología Médica -IATM-, de la Junta Directiva de Corpaúl y de la Junta Directiva de Centros Especializados de San Vicente Fundación.
 
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