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El conjunto de medidas especiales -llámense intervenciones
forzosas administrativas para administrar o para liquidar,
o medidas cautelares de vigilancia especial- aplicadas a
un conjunto de EPS en Colombia, son un camino espinoso,
necesario e inevitable, pero que no se sabe adónde
conduce. Nadie discute la legalidad de esos procesos ni
mucho menos la gravedad de las situaciones que los desencadenaron.
Pero el desarrollo de esas intervenciones deja muchas dudas
e interrogantes sobre el rumbo seguido y por seguir, sobre
la forma de ejecutar las medidas y, sobre todo, sobre su
repercusión en las entidades intervenidas, y en los
distintos actores del sistema de salud.
Cuando los voceros del gobierno hablan sobre estas medidas,
no sabemos por qué hacen más énfasis
en la salvación financiera de la EPS y tan poco en
el bienestar de los usuarios y pacientes, en la estabilidad
financiera y administrativa de los hospitales y clínicas.
Sin duda, al margen de los buenos propósitos que
invoca toda la regulación de las intervenciones,
estos procesos están manchados con el mismo pecado
original que convierte nuestro sistema de salud en una feria
mercantil, en una orgía de contratos, cobros, recobros,
glosas, sobrecostos de medicamentos y servicios, y en un
manejo politiquero ajeno al derecho fundamental a la salud.
El mismo entorno jurídico, regulatorio y burocrático
en el cual se han movido algunas de las aseguradoras, cruzando
muchas veces los linderos del Código Penal en medio
de aberrante impunidad, les sirve como salvavidas que les
arroja el gobierno para mantenerse vivas en el mercado.
No se puede negar que hay intervenciones ejemplares, honestas
y exitosas, pero parece que son la excepción. Las
irregularidades y dudas son múltiples y las denuncian
diferentes actores: la red hospitalaria pública y
privada se queja de que las intervenciones con frecuencia
amparan una irresponsabilidad mayor de las EPS con el pago
de la cartera, como si una medida especial suspendiera las
obligaciones contractuales; los voceros gremiales de las
EPS de los regímenes contributivo y subsidiado dicen
no saber para dónde van esos procesos, e incluso
señalan que en ocasiones las medidas en lugar de
corregir los males los agravan.
Y, ¿qué decir de los usuarios, más
desamparados y desorientados después de algunas intervenciones,
que lo que estaban antes de ellas? Porque el traslado y
la carnetización no siempre han marchado al ritmo
que exige la satisfacción expedita de sus derechos.
Y esto para no mencionar los casos particulares de posibles
desafueros, excesos o desviaciones, motivo de tutelas y
otros recursos que sólo la instancia judicial competente
puede dilucidar.
Pero todo este panorama enrarecido exige claridad, transparencia.
Y, ¿por qué no? También verdad y reparación,
esas dos palabras que el gobierno siempre pone con mayúscula,
que exige demagógicamente a todo el mundo, pero que
al parecer no le atañen como deberes de Estado.
Frente al cúmulo de preguntas que crece como bola
de nieve, la respuesta gubernamental es aún insatisfactoria.
El Ministerio de Salud poco habla del asunto, empeñado
como está en los proyectos de reforma del sistema,
y el superintendente de Salud, Gustavo Morales Cobo, lamentablemente
mantiene una política oscurantista en materia de
información, de la cual son víctimas varios
medios de comunicación, entre ellos el nuestro. Él
y otros funcionarios están a tiempo de corregir estos
errores. ¿Cómo avanza en general el proceso
de intervenciones y medidas especiales? ¿En qué
medida supera y corrige las situaciones anómalas?
¿A quién le sirven las intervenciones, liquidaciones
y vigilancias especiales? ¿Servirán esas medidas
para salvar a los hospitales o los acabarán de colapsar?
¿Salvarán vidas o mantendrán el paseo
de la muerte? ¿Qué tan legal ha sido
el manejo en la intervención de Saludcoop, ha sido
conforme a derecho el debido proceso seguido? ¿Se
mide con el mismo rasero a los magnates del régimen
contributivo y a las EPS indígenas? Doctores tiene
la santa madre Superintendencia.
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