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La anunciada reforma del sistema de salud parece cada vez
más lejana, las disposiciones que la pondrán
en vigor se dilatan considerablemente y a juzgar por los
anuncios del gobierno, nada novedoso depara. Es difícil
formarse un juicio global sobre los cambios que quiere introducir
el gobierno, pero la experiencia acumulada de los últimos
años, cuando los gobiernos manejaron las mismas variables,
no despiertan mucho optimismo.
La reforma tributaria, en la cual cifra el gobierno buena
parte del éxito de la reforma de la salud, deja muchas
dudas sobre el futuro de la financiación del sistema.
Expertos llaman la atención sobre la inconsistencia
de la anhelada sustitución de fuentes, al cambiar
los recursos parafiscales por un impuesto general. Por lo
menos, no es claro el efecto que tendrá en el Presupuesto
General de la Nación, sometido a un posible desbalance.
Hay preguntas: ¿Qué tan iguales son las sumas
esperadas a las que sustituyen? ¿Qué tan previsible
es el comportamiento del nuevo gravamen en los próximos
años? ¿En qué medida se cauterizarán
las venas rotas de la evasión y la elusión
en el CREE, que tanta pérdida representaron en aportes
parafiscales? ¿Cómo creer en la prometida
generación de empleo cuando los empresarios le
hicieron conejo en reformas tributarias pasadas?
El giro directo y la utilización de recursos de cuentas
maestras para aliviar la bancarrota de los hospitales sólo
sirven como medida de extrema urgencia, pero no como solución
estructural. Eliminar la intermediación de las EPS
en la transferencia de dineros a las IPS sería un
paso positivo, pero si estas medidas apaga-incendios no
se acompañan con disposiciones que obliguen las EPS
a cancelar el gigantesco pasivo con hospitales y a observar
un comportamiento radicalmente distinto con esa cartera,
en un año o menos estaremos buscando otra vez recursos
quién sabe dónde para llenar un hueco sin
fondo.
Lo anterior tiene una consecuencia fundamental: el éxito
de cualquier reforma depende del papel que se asigne a las
EPS, empresas sobre las que descansa el modus operandi del
modelo de aseguramiento. Del rol y las normas de habilitación
se desprenderán las características del entorno
sanitario que tendrá Colombia. Ese rol de las EPS
es materia de estudio, con asesoría del BID y el
Banco Mundial. En gracia de discusión, confiemos
en sus conceptos técnicos: pese a ser baluartes del
neoliberalismo, a veces esas entidades internacionales producen
elementos de juicio más aterrizados que los locales.
El tan dilatado decreto sobre normas de habilitación
para EPS, a juzgar por los anuncios oficiales y bajo el
sofisma de que los parámetros esenciales de calidad
de las EPS son la solidez patrimonial y el margen de solvencia,
tiende a consolidar las aseguradoras más poderosas
y sólo de manera secundaria a evaluar su operatividad
por resultados en salud. Estos criterios manoseados de tiempo
atrás por el gobierno descansan en el falso paradigma
que caracteriza la crisis del sistema como problema de recursos
financieros. La liquidación de la CRES da reversa
al espíritu de la Ley 1438 y refuerza la tendencia
autocrática en la rectoría del sistema, el
nuevo régimen de intervenciones de Supersalud tampoco
augura esperanzas de salvación para los usuarios
de instituciones intervenidas.
La pretendida reforma, al propender sólo por ajustes
y mayores controles en inspección, vigilancia y control,
pero sin cuestionar el modelo de aseguramiento, lo deja
intacto. No pocas declaraciones del Presidente Santos y
del ministro Alejandro Gaviria indican buenos propósitos
y sensibilidad ante la gravedad de la crisis, la misma demora
en producir medidas podría interpretarse como tiempo
de estudio y reflexión. Pero ante problemas tan hondos,
ante una corrupción gigantesca y de profundas consecuencias
en el tejido social, las soluciones planteadas no parecen
guardar congruencia. ¡Dios mío, en tus manos
colocamos esta salud que se acabó y la reforma que
no llega!.
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