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Reflexión
del mes
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Mientras
los leones no cuenten su propia historia, las historias de
caza estarán contadas por los cazadores. Creo que ha
llegado la hora: los leones deben ser los actores de su propio
destino, sin intermediarios ni gran hermano protector.
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Rama Yade (Dakar -Senegal-, 1976).
Nombre usual de Ramatoulaye Yade-Zimet, política francesa
de origen senegalés. Fue secretaria francesa de Estado
de Asuntos Exteriores, de 2007 a junio de 2009. Actualmente,
es secretaria de Estado de Deportes. Es autora de los libros
Negros de Francia (2007, y donde enunció
la reflexión anterior) y de Los derechos del
hombre explicados a niños de 7 a 77 años
(2008). Es una de las funcionarias más destacadas del
gobierno del presidente Sarkozy. 
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El país entero está imbuido en mil y un debates
alrededor del presente y futuro del Plan Obligatorio de Salud,
y de todos lados salen voces pidiendo reformas y advirtiendo
un inminente colapso por cuenta de las debilidades que padece
el Sistema General de Seguridad Social en Salud. Todo eso puede
ser cierto, pero se nos olvida otro tema tan preocupante: el
de los recursos para la financiación de los llamados
Eventos No-POS.
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La Ley 715/01 asignó a los departamentos la responsabilidad
de la financiación de los servicios de salud de mediana
y alta complejidad para Población Pobre No Asegurada
(PPNA) de su territorio, pero no se garantizaron los recursos
suficientes para cumplir con esta responsabilidad.
En un principio, esta PPNA correspondía a los mal llamados
'vinculados', pero en la medida que se dieron ampliaciones
de cobertura del régimen subsidiado, los recursos fueron
pasando de subsidio a la oferta a subsidio a la demanda. Dicho
en otras palabras, se pasó de financiar la atención
de población vinculada a financiar ampliaciones del
régimen subsidiado, no previéndose la financiación
de servicios no incluidos dentro del Plan Obligatorio de Salud
del régimen subsidiado o eventos No-POS y que seguían
atendiéndose con cargo a los departamentos, ya que
el plan de beneficios de este régimen cobija todas
las actividades de baja complejidad de atención, pero
deja por fuera gran número de actividades de mediana
complejidad que están bajo responsabilidad de los departamentos,
sin tener éstos los recursos suficientes para garantizar
su financiación.
Dicha situación está llevando a la quiebra de
los hospitales públicos de mediana complejidad, por
el pago muy por debajo del precio de los servicios que prestan
y la demora en los pagos tanto a hospitales públicos
y a la red privada, por la no cancelación oportuna
de los servicios. Como resultado de esto, mas grave aún,
es el riesgo para la población que demanda estos servicios,
ya que nadie los quiere atender, poniendo en riesgo en muchas
ocasiones la vida de estas personas.
Así las cosas, hoy vemos como los entes departamentales
tienen un déficit por la prestación de estos
servicios de salud que supera el billón de pesos. Esto
es mucho más notorio en departamentos pobres como Sucre
o Bolívar (a propósito, este último acaba
de entrar en Ley 550), por citar apenas dos. El departamento
de Sucre, por ejemplo, afronta un déficit de $30.000
millones por deudas inherentes a servicios de salud y que
hoy lo llevan a tramitar una reestructuración de pasivos
por el colapso en el que está sumido. De esta forma,
se están llevando al traste esfuerzos importantes como
la reorganización rediseño y modernización
de su red de servicios de salud sobre todo en sus tres hospitales
regionales, logro alcanzado con el acompañamiento del
gobierno nacional a través del Ministerio de la Protección
Social.
Ante esta situación se hace necesaria la búsqueda
de soluciones de fondo al problema, que necesariamente tiene
que encaminarse a consecución de recursos con los que
se puedan garantizar efectivamente la financiación
de esta falencia en la estructura de nuestro sistema actual
de seguridad social en salud. Y este debate lo impulsaremos
desde el Senado este mes de noviembre y antes de que sea demasiado
tarde .
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La educación es el gran motor del desarrollo personal,
es a través de ella que la hija de un campesino puede
convertirse en médica, que el hijo del minero llega a
ser el jefe de la mina y que el hijo del agricultor puede llegar
a ser presidente de una gran nación. Esta frase
de Nelson Mandela en buena medida resume la razón de
ser de la universidad pública como canal lícito
de ascenso social para que jóvenes de estratos bajos,
alcancen posiciones de liderazgo detentadas hoy por una minoría
privilegiada.
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En Colombia las oportunidades para los jóvenes son
mínimas y sin lugar a dudas la universidad pública
es la única tabla de salvación para miles de
ellos que de no lograr ingreso, tendrían un futuro
incierto, bien en la economía informal o en el tenebroso
abanico de posibilidades que ofrecen los grupos delincuenciales
de todas las pelambres que lamentablemente pululan en nuestro
país.
Para vergüenza nuestra, la universidad pública
pasa por una grave situación económica que amenaza
seriamente su futuro y la pone al borde del cierre, como efectivamente
viene ocurriendo en las universidades de Tunja, Caldas, Cauca,
Pamplona, Tecnológica de Pereira y próximamente
en la Universidad Nacional, según manifiesta el rector
Moisés Wasserman. Esta crisis no obedece a un mal manejo
de las finanzas universitarias, sino al imperfecto sistema
de financiamiento vigente para la educación superior,
que a partir de la promulgación de la Ley 30 de 1992
no tuvo en cuenta los requerimientos económicos para
ampliación de cobertura, infraestructura física,
actualización tecnológica, investigación,
movilidad profesoral y estudiantil, exención de pago
de matrículas para estudiantes de estratos bajos, etc.
Con la globalización el mundo cambió y con él
las necesidades de la educación: por tanto, si Colombia
quiere ser competitiva, debe actualizar el presupuesto para
la educación pública congelado hace 16 años.
El presupuesto para las 32 universidades públicas es
de $1,6 billones, de los cuales $969.000 millones corresponden
a la Universidad Nacional con sus respectivas sedes, y las
27 universidades públicas restantes se deben repartir
los otros $631.000 millones.
El sector defensa nacional gasta en 2009, $19.5 billones equivalentes
a 9 puntos del Producto Interno Bruto y a 13% del presupuesto
nacional, y en contraste la educación superior recibe
sólo 0,25% del PIB y 1% del presupuesto nacional. En
América Latina el presupuesto de la educación
superior colombiana ocupa el penúltimo lugar, solo
superado por Haití; esto explica claramente la situación
financiera de la universidad pública, ya que para aceptarlo
se requiere debilitar la conciencia crítica de una
nación.
Cabe recordar que aproximadamente el 87% de los estudiantes
de universidades públicas pertenecen a los estratos
socioeconómicos 1, 2 y 3, y la matrícula pública
representa el 52% del total, cuando hace apenas dos décadas
era del 35%. Este incremento se hizo con recursos propios
de la universidad.
En comunicado al Presidente de la República, al Ministro
de Hacienda y a los senadores y representantes, los rectores
de universidades públicas solicitaron incremento del
5,5%, a manera de compensación económica a partir
de 2010 para garantizar su funcionamiento, debido a que el
déficit conjunto de las universidades suma $158.000
millones, suma necesaria para cubrir obligaciones normales
que de no atenderse, las condenarían al cierre. La
ministra de Educación, Cecilia María Vélez,
manifestó que este incremento no es posible, porque
según sus cálculos cada estudiante de la Universidad
Nacional le cuesta al Estado $20 millones anuales. Sería
bueno conocer como se llegó a esta cifra: ¿qué
metodología se empleó?
Según el sitio oficial de las fuerzas armadas de Colombia
(en: Medios para la paz, 15 de octubre/09), la marina, la
aviación y la policía uniformada y secreta tienen
en su conjunto 240.000 hombres, el número de efectivos
de las fuerzas armadas regulares es 180.000 hombres. Colombia
ocupa el primer lugar del mundo en número de miembros
de las fuerzas armadas y de policía entrenados en Estados
Unidos. Si el presupuesto de seguridad es $19,5 billones al
año, ello indicaría que cada efectivo de las
fuerzas armadas regulares nos cuesta a los colombianos la
suma de $100 millones anuales, si se hacen cuentas como las
hechas por la Ministra de Educación.
Lo que ocurre es que la seguridad democrática es la
prioridad para el gobierno colombiano y la educación
es a todas luces un asunto secundario. Vale la pena recordar
a Benjamín Franklin, quien decía que educar
en la igualdad y el respeto es educar contra la violencia;
según este pensador, la educación es la mejor
herramienta para alcanzar la paz, en Colombia, vale cinco
veces menos.
Si para la Ministra de Educación el problema de la
universidad pública es su alto costo, vale recordarle
que los $158.000 millones que solicitan los rectores para
salvar las universidades públicas, equivalen al 0,007%
del gasto en guerra, al 3% de $4 billones que pierde Colombia
en corrupción cada año y a $18.000 millones
menos que los subsidios entregados a un grupo de ricos por
el gobierno en el programa Agro Ingreso Seguro.
Triste futuro le espera a Colombia donde la educación
no es una prioridad, donde la razón y la verdad poco
interesan ante prioridades como el militarismo. Tenemos el
miserable orgullo de ocupar el puesto número 25 en
gasto militar en el mundo, ser la segunda potencia militar
en Latinoamérica después de Brasil y estar entre
los 15 ejércitos más poderosos del mundo en
guerra irregular e infantería ligera; pero paradójicamente,
no aparecemos en el ranking de las mejores 500 universidades
del mundo (Ranking de Shangai) y está en entredicho
el funcionamiento de las universidades para 2010. La universidad
pública tiene enemigos externos que la asfixian en
lo económico y enemigos internos que en su inmensa
miopía atacan, maltratan y tratan de acallar a uno
de sus máximos defensores, como ocurrió con
el rector de la Universidad Nacional.
Vale la pena hacer un poco de memoria y recordar experiencias
exitosas en educación en nuestro país y las
Américas: dos administraciones pasadas en las ciudades
de Medellín y Bogotá le apostaron a la educación
con calidad, equidad, acceso y sostenibilidad, y la ciudadanía
aún las añora por su exitosa gestión;
hoy Brasil confía su futuro a la educación con
asignaciones significativas del presupuesto nacional, Chile
en la frontera de los países desarrollados es tal vez
el mejor ejemplo latinoamericano de inversión en educación,
reflejado en indicadores trazadores de desarrollo.
Los colombianos fuimos obligados a subsidiar al sector financiero
con el 4 por mil de las operaciones bancarias, dinero que
hoy se destina a la guerra; seguramente sería motivo
de júbilo si ese 4 por mil se destinara a financiar
la educación pública, se haría justicia
con nuestra juventud y se aclararía el futuro de las
universidades, y tal vez algún día podríamos
decir que Colombia es la nación más educada,
la menos violenta y la más segura en el concierto latinoamericano.
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Bioética
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Basta dar un vistazo a lo que a diario ocurre en nuestro mundo
para comprobar como la violencia, considerándola desde
el punto de vista de ocupaciones de vías públicas
o de otros sitios de uso común hasta el de sangrientos
atentados, sin contar con otros múltiples hechos de igual
o similar gravedad, se convirtió en la forma ordinaria
de reclamos, de exigencias, de promoción de ideologías
partidistas, etc.
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Los líderes políticos, los gobernantes, los
legisladores, que debieran dar ejemplo de su capacidad para
raciocinar y para buscar caminos racionales, humanitarios,
para encontrar puntos de convergencia que sin negociar los
principios esenciales humanos e innegociables -derecho a la
vida en cualquiera de las etapas del desarrollo, respeto sumo
e inviolable a la dignidad y a la libertad de la persona,
entre otros-, actúan hoy en día apoyando o rechazando
propuestas de manejo público, sin analizar el contenido
de las mismas; sólo piensan que si quien las propone
es su amigo, su compinche, deben aprobarlas sin restricciones;
pero si no lo es, deben rechazarlas fanáticamente,
a veces con ofensas, aunque en sí sean benéficas
para el país. De este morbo no se han escapado prestigiosos
medios de comunicación de masas en el país.
Pero algo más grave se oculta en esta conducta de la
más baja política, verdadera anti-política
o negación del noble encargo de orientar al pueblo.
Es que para lograr éxito, popularidad y mantener sus
prebendas, tienen que sembrar odio como base de su actuación.
Es la política del odio, de la cual, infortunadamente,
no se escapó Colombia: las actuaciones de jefes de
partidos políticos, de funcionarios judiciales, de
instituciones legislativas, etc., son ejemplo claro de aquélla
política. Y para nosotros, el común
de los colombianos, la situación se agrava con el odio
predicado y practicado por nuestros más cercanos vecinos.
La historia nos enseña que no es la primera vez que
se impone esa modalidad de política y cuántos
hechos crueles ha desencadenado. Sin pretender hacer un inventario
histórico, recordemos algunos nefandos episodios: Nerón,
el emperador romano, incendió a Roma para reconstruirla
a su amaño, pero acusó a los cristianos para
sembrar odio contra quienes se negaban a rendirle homenajes
de dios. Más cercano a nuestros días encontramos
a Adolfo Hitler, que inculcó el odio contra los judíos
y contra los países que derrotaron a Alemania en la
I Guerra Mundial, que se rodeó de aliados que terminaron
siendo sus vasallos, y que al final de la terrible y sangrienta
II Guerra Mundial, perecieron como él en medio de la
desesperación que produce la frustración de
la egolatría, origen y consecuencia del odio a los
seres humanos, odio del que se excluye el propio yo que se
convierte poco a poco pero ineludiblemente en endiosamiento
de la propia persona, en un egoísmo desmedido y destructor.
Actualmente miremos lo que pasa en Irán, Irak, Afganistán,
Palestina, etc.
A este siniestro proceder se suma otro no menos reprobable
y vergonzoso: instituciones que fungen de tribunales internacionales
condenan a una de las partes en litigio sin haberla oído,
como en repetidas ocasiones hizo la ONU, o naciones que se
atribuyen, por su poderío y prestigio, el derecho de
juzgar a países libres y los condenan sin escucharlos.
¿Cómo podremos inculcar a nuestros niños
y jóvenes el sentido verdadero de justicia, si lo que
registran día a día son estos ejemplos universales
de venalidad, de justicia del odio?
La religión cristiana, como casi todas las religiones,
nos enseña la necesidad de amar al otro
como a sí mismo, y dicha enseñanza es la expresión
de una necesidad estructural del ser humano, una necesidad
antropológica intrínseca fundamental. Sin embargo
el hombre, en ejercicio de su libertad que es igualmente intrínseca,
fundamental y estructural, a veces ama solamente al otro
representado en su propia persona, y su egoísmo lo
lleva a ver a todos los demás seres humanos como sus
posibles competidores. En consecuencia trata de eliminarlos,
sin reparar en los medios empleados para hacerlo. El amor
trocado en egolatría se convierte en fuente de odio
cruel y quien lo practica perece, casi siempre por no decir
siempre, víctima de su propia crueldad.
«El rostro del otro me interroga», y la respuesta
es: amor por el semejante y todo lo que le pertenece u odio
a él y a todo lo que le pertenece; la indiferencia
a este interrogante no es posible. « [
] El rostro
es lo que nos prohíbe matar», afirma claramente
Lévinas.
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética -Cecolbe-.
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