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X
Encuentro Iberoamericano
de Cementerios Patrimoniales
La muerte como memoria
de la vida |
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Desaparecido. Noemí Escandell
busca conjurar su horror al vacío producido por las
desapariciones forzadas de personas apelando, no a una fotografía
de los ausentes, sino a una obra del patrimonio cultural de
la Humanidad: La Piedad de Miguel Ángel.
Allí donde debiera estar el hijo descendido de la cruz,
ella ubicó solo la mirada de la madre y los brazos
abiertos sosteniendo el vacío.
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Hernando
Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
La muerte como memoria y reivindicación de
la vida, fue la idea central del X Encuentro Iberoamericano
de Valoración y Gestión de Cementerios Patrimoniales
(Medellín, octubre 7-10/09), donde 57 expertos en 45
ponencias dijeron en esencia que mirar a los muertos es
invocar la preservación de la dignidad de los vivos. |
Del
voluminoso documental, destaco conceptos de ponencias típicas.
La colombiana Katherine Montaguth mostró la pervivencia
de patrones coloniales de enterramiento en Bogotá, donde
el tradicional osario se resiste a morir, pero cede el puesto
a los cenizarios, que en espacio mucho menor, da mayores ingresos
a las parroquias.
El largo recorrido por los cementerios patrimoniales arrancó
por el anfitrión Museo Cementerio de San Pedro en Medellín,
antiguo Cementerio de los ricos, modelo de monumentalización
de la muerte y testigo de buena parte de la historia de Colombia.
En tres hectáreas de galerías, mausoleos y panteones
reposan Don Fidel Cano -patriarca del periodismo nacional-,
el poeta León De Greiff y su familia, el humanista Luis
López de Mesa, Ciro Mendía, Jorge Isaacs -muerto
en una guerra contra el gobierno de Antioquia-, Pedro Justo
Berrío -presidente del Estado Soberano de Antioquia-,
el filántropo Coriolano Amador y su hijo José
María, Francisco Antonio Zea -prócer de la Independencia-
y el coronel Hugo Blair Brown -médico de la Legión
Británica-, María Cano -Flor del trabajo-.
También, pioneros del empresariado antioqueño,
como Luis Eduardo Yepes (Almacenes Ley), Germán Saldarriaga
Del Valle (Pintuco), Jesús Mora (Landers Mora), Alejandro
Ángel, la familia Echavarría con Don Alejandro
-fundador del Hospital Universitario San Vicente de Paúl-,
e ilustres médicos como los Quevedo; Willis Foster, piloto
del avión en que murió Carlos Gardel; ateos, herejes
y libre-pensadores como el Indio Uribe, judíos, protestantes,
suicidas, niños sin bautizar y otros huéspedes
del antiguo Cementerio Laico, que absorbió el San Pedro,
y muertos de todas las clases sociales; además, los Muñoz
Mosquera (servidores de Pablo Escobar). |
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Éramos los
vencidos por una traición y no éramos iguales
ni ante la igualdad de la muerte, se dijo sobre los
liberales, ateos, masones, libre-pensadores y otros excluidos
que reposan en el Cementerio Libre de Circasia (Quindío).
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Cementerio Presbítero Maestro, Lima, Perú. Foto:
Lamento, Lalo Vilchez.
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La bogotana
Liliana Ruiz destacó el patrimonio intangible en los
cementerios de Bosa, Usme y Usaquén, fusión de
íconos católicos e indígenas (bohíos,
flores, maíz y quinua) con Micky Mouse, Winie Pooh, Piolín,
relojes digitales y símbolos de las barras bravas de
Millonarios y Santa Fe. Contrasta con la imaginería católica,
la escultura funeraria Art Déco en el Cementerio Central
de Ciudad de Méjico; la mejicana Isaura Wiencke señaló
que este imperio de la geometría, con influjo de artistas
italianos y sincretismo de culturas egipcias, griegas, latinas
e indígenas, cambió a los santos por figuras mundanas
y sensuales, es el rostro dulce y amable de la muerte sobre
el horror medieval cristiano.
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| La periodista
argentina, Verónica Meo, mostró el Cementerio
de Dolores (Buenos Aires) como ciudad y representación
histórica de la utopía liberal burguesa en la
consolidación del Estado-Nación, hogar de quienes
quisieron perpetuar en mármol el linaje que en vida ostentaron,
y señaló: Donde no es posible conmemorar
a los muertos, no hay monumentum, es decir, no se genera memoria.
Patrimonios invaluables son también las necrópolis
Presbítero Maestro de Lima, el Cementerio de la Recoleta
en Buenos Aires (Argentina) y sus estelas funerarias, Central
de Santiago de Chile, Monumento a Perpetuidad en Paysandú,
entre muchos más. |
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El gran trabajo
que tenemos por
delante no se reduce a honrar a nuestros
ausentes, a esos espectros de la historia;
ese homenaje debiera ir acompañado de la
pregunta por las razones que hicieron
posibles sus ausencias.
Rubén Chababo.
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El
patrimonio invisible
Sobre Villavieja (Huila), pueblo-cementerio, sin estatua
de prócer alguno y silente como el desierto de la Tatacoa
que está en su territorio, cuestionó el historiador
Germán Ferro Medina: ¿Acaso sin monumento
no hay memoria?. Allí fracasó el proyecto
fundacional hispano-católico, allí se suicidó
La Gaitana -símbolo de la resistencia contra el invasor-,
a orillas del Magdalena, río de las tumbas,
depósito de muchos cadáveres de la violencia.
Su cementerio es la memoria de Los inseparables,
dos muchachos asesinados como Martha La Bella -la más
linda del pueblo-, de Ángel María Quesada, el
mejor bizcochero
Por contraste, el Cementerio Central
de Neiva alberga las familias de sangre azul, a
N.N., víctimas del conflicto, a héroes de la guerras
del Perú y los Mil Días, lugar de memorias
que permanece en el olvido, dijo la antropóloga
Eloísa Lamilla. Ajena a la monumentalidad es también
la muerte en el mundo andino, explicó el sociólogo
ecuatoriano Santiago Recalde: El patrimonio de las culturas
incaicas y pre-incaicas era más intangible que físico;
no enterraban a sus muertos: los regresaban a la tierra para
que fueran vida. En Tubará (Atlántico),
caribe colombiano, todos los muertos tienen la cabeza hacia
el occidente, por donde muere el sol, y el número de
toques de campanas dice si el difunto es hombre, mujer o niño,
señaló Álvaro Bermejo González.
La memoria como construcción colectiva y resistencia
al olvido se expresa en las baldosas por la memoria,
iniciativa barrial de Buenos Aires (Argentina), donde se mantiene
vivos a los desaparecidos, detenidos y asesinados por la dictadura
mediante la presencia simbólica de placas con sus nombres
en sitios públicos, expresó la socióloga
Leticia Maronese. E Isabel Cristina González, con su
tesis de grado hiper-medial en Periodismo en la Universidad
de Antioquia, Presencias, relatos de vida en el espacio
de los muertos, mostró que los vivos son
quienes construyen y cargan de sentido los cementerios, quienes
los habitan; por ejemplo, un vigilante que canta en un cementerio
cerrado mientras lo convierten en parque cultural, un grupo
de muchachos que hace una tarea del colegio en el cementerio
municipal, madre e hijo que cruzan a diario un cementerio privado
para ahorrarse 20 minutos de camino, una señora que considera
al cementerio más tradicional de Medellín como
su hogar porque allí tiene a casi toda su familia y además,
creció en la cripta de una iglesia.
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Cementerio de Marsella (Risaralda).
Allí llegaron a sumarse los restos de más de
400 muertos N.N., de víctimas de traficantes y paras
arrojadas al río Cauca.
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En Riohacha (Guajira),
hace 40 años una mujer entierra los muertos del conflicto
guerrilla-ejército-autodefensas, en un cementerio propio
que ella fundó.
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Cementerios libres,
muertos anónimos
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| Antítesis
de las necrópolis católicas son también
los cementerios laicos y los pabellones de N.N., dos instancias
de memoria para los excluidos en vida y negados en muerte por
la memoria hegemónica. Éramos
los vencidos por una traición y no éramos iguales
ni ante la igualdad de la muerte, se dijo sobre los liberales,
ateos, |
masones,
libre-pensadores y otros excluidos que reposan en el Cementerio
Libre de Circasia (Quindío), monumento a la libertad
en forma de hexágono y trapecio, símbolos alquímico-masones,
erigido por Braulio Botero Londoño al frente de un grupo
de liberales radicales, en un entorno clerical y godo, dijeron
la profesora de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos
Aires, Andrea Romandetti, y el comunicador social colombiano
Diego Andrés Bernal. Algo similar al Cementerio de las
Prostitutas, de Rosario (Argentina).
Igual de marginal es el culto a la Santa Muerte,
con más de dos millones de devotos: los desesperanzados,
peones rasos y víctimas del narcotráfico en la
zona fronteriza de Méjico con Estados Unidos, a
quienes Dios y la Virgen de Guadalupe ya no oyen. Es un
esqueleto ataviado como santo con distintos colores, según
el favor que se le implore; su ritualidad es un sincretismo
con la católica, similar a la Virgen de los Sicarios
en Colombia, y a Jesús Valverde, bandido generoso,
patrón de traquetos, expresó la arquitecta
mejicana Luz de Lourdes Serna. Las tumbas sin cadáver,
memoriales enormes de accidentes en la Carretera Trans-peninsular
de Baja California Sur, algunos pequeñas capillas, cuentan
historias de quienes murieron en la vía, como expuso
el doctor en arquitectura mejicano, Carlos Mercado.
La antropóloga colombiana Maria Victoria Uribe, expuso
tres dramáticos tratamientos a los N.N. de la violencia
en este país, casos de los cementerios de Puerto Berrío
(Antioquia), Marsella (Risaralda) y Riohacha (Guajira). En el
caserío de Beltrán (Marsella), cuando prohibieron
sacar las víctimas de traficantes y paras
arrojadas al río Cauca, para bajar el índice de
homicidios, una mujer llamada la enamorada de los muertos,
los extraía e identificaba, por un gesto mínimo
de caridad cristiana, decía ella y agregaba: Yo
no podía dejar que esos cuerpos se los llevara el río,
yo sabía que detrás había una madre o una
esposa llorando que talvez vendría a recogerlos para
darles sepultura. Al declarar el Ministerio de Cultura
al cementerio de Marsella Patrimonio Histórico
y Arquitectónico, la Sociedad de Ornato Municipal
lo pintó de blanco, y borró la memoria de más
de 400 muertos N.N. |
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No es por
afán de nostalgia que volvemos a
ver el rostro de los obreros del banano asesinados
en 1928, es simplemente porque al verlos, algo
de lo vacío se llena, algo de lo que fue condenado
a la invisibilidad, retorna, al menos por un instante,
a habitar con nosotros la piel de
este mundo.
Rubén Chababo.
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En un
pabellón de N.N. del cementerio de Puerto Berrío,
los ciudadanos adoptan con sus apellidos a los difuntos a cambio
de favores o milagros. En Riohacha (Guajira), hace
40 años una mujer entierra los muertos del conflicto
guerrilla-ejército-autodefensas; en contra de la Iglesia,
dueña del camposanto, creó el parque-cementerio
Gente Como Uno, adonde traslada los cuerpos en una
carreta cuando no tienen asistencia funeraria, los llora y pinta
sus tumbas. El Encuentro destacó iniciativas como las
del Equipo Colombiano Interdisciplinario de Trabajo Forense
y Asistencia Psicosocial (investigación y acompañamiento
a familiares de desaparecidos), hacia la gestión
de los N.N. como patrimonio histórico, y el proyecto
Casa de la Memoria de la Alcaldía de Medellín.
El rostro de los ausentes
La muerte sólo tiene sentido como contrapunto
de la vida. El profesor de Letras de la Universidad Nacional
de Rosario (Argentina), Rubén Alberto Chababo, aseveró:
La memoria no basta en sí misma para detener ninguna
barbarie, y pidió no monumentalizar la evocación
de los ausentes: El gran trabajo que tenemos por delante
no se reduce a honrar a nuestros ausentes, a esos espectros
de la historia; ese homenaje debiera ir acompañado de
la pregunta por las razones que hicieron posibles sus ausencias.
Él conoció la masacre de las bananeras (1928,
Ciénaga-Magdalena) por Cien años de soledad
de García Márquez y por una foto de los obreros
tomada pocos días antes del hecho, que vio en un museo
de Bogotá; y la matanza de La mejor esquina
por un cuadro de Botero, y expresó: Todos tenemos
una fiesta interrumpida, un festejo transformado en desgracia.
Revalorando estos episodios y el golpe militar en Chile, conceptuó:
No es por afán de pura nostalgia que es necesario
volver a evocar cómo era Santiago antes de que el fuego
golpeara con fuerza homicida en 1973. No es por afán
de nostalgia que volvemos a ver el rostro de los obreros del
banano asesinados en 1928, es simplemente porque al verlos,
algo de lo vacío se llena, algo de lo que fue condenado
a la invisibilidad, retorna, al menos por un instante, a habitar
con nosotros la piel de este mundo. En fin, no es menos
dura y procelosa la vida, que el tránsito de los muertos
por el Hades en la barca de Caronte. El memorial renacentista
o Art Déco, la filigrana barroca en la estela funeraria
o la cruz de palo que custodia al muerto anónimo, la
corona de espinas o el hexágono masón, todos aluden
a una eternidad, a un incierto más allá que comienza
en un más acá de carne y hueso. Por ello, el profesor
Rubén Chababo concluye: Aquello que olvidamos,
es también lo que forma parte de nuestra identidad
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