DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 134 NOVIEMBRE DEL AÑO 2009    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

 
X Encuentro Iberoamericano
de Cementerios Patrimoniales
La muerte como memoria
de la vida
“Desaparecido”. Noemí Escandell busca conjurar su horror al vacío producido por las desapariciones forzadas de personas apelando, no a una fotografía de los ausentes, sino a una obra del patrimonio cultural de la Humanidad: “La Piedad” de Miguel Ángel. Allí donde debiera estar el hijo descendido de la cruz, ella ubicó solo la mirada de la madre y los brazos abiertos sosteniendo el vacío.
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co

La muerte como memoria y reivindicación de la vida, fue la idea central del X Encuentro Iberoamericano de Valoración y Gestión de Cementerios Patrimoniales (Medellín, octubre 7-10/09), donde 57 expertos en 45 ponencias dijeron en esencia que “mirar a los muertos es invocar la preservación de la dignidad de los vivos”.
Del voluminoso documental, destaco conceptos de ponencias típicas. La colombiana Katherine Montaguth mostró la pervivencia de patrones coloniales de enterramiento en Bogotá, donde el tradicional osario se resiste a morir, pero cede el puesto a los cenizarios, que en espacio mucho menor, da mayores ingresos a las parroquias.
El largo recorrido por los cementerios patrimoniales arrancó por el anfitrión Museo Cementerio de San Pedro en Medellín, antiguo “Cementerio de los ricos”, modelo de “monumentalización” de la muerte y testigo de buena parte de la historia de Colombia. En tres hectáreas de galerías, mausoleos y panteones reposan Don Fidel Cano -patriarca del periodismo nacional-, el poeta León De Greiff y su familia, el humanista Luis López de Mesa, Ciro Mendía, Jorge Isaacs -muerto en una guerra contra el gobierno de Antioquia-, Pedro Justo Berrío -presidente del Estado Soberano de Antioquia-, el filántropo Coriolano Amador y su hijo José María, Francisco Antonio Zea -prócer de la Independencia- y el coronel Hugo Blair Brown -médico de la Legión Británica-, María Cano -“Flor del trabajo”-. También, pioneros del empresariado antioqueño, como Luis Eduardo Yepes (Almacenes Ley), Germán Saldarriaga Del Valle (Pintuco), Jesús Mora (Landers Mora), Alejandro Ángel, la familia Echavarría con Don Alejandro -fundador del Hospital Universitario San Vicente de Paúl-, e ilustres médicos como los Quevedo; Willis Foster, piloto del avión en que murió Carlos Gardel; ateos, herejes y libre-pensadores como el Indio Uribe, judíos, protestantes, suicidas, niños sin bautizar y otros huéspedes del antiguo Cementerio Laico, que absorbió el San Pedro, y muertos de todas las clases sociales; además, los Muñoz Mosquera (servidores de Pablo Escobar).
“Éramos los vencidos por una traición y no éramos iguales ni ante la igualdad de la muerte”, se dijo sobre los liberales, ateos, masones, libre-pensadores y otros excluidos que reposan en el Cementerio Libre de Circasia (Quindío).
Cementerio Presbítero Maestro, Lima, Perú. Foto: “Lamento”, Lalo Vilchez.
La bogotana Liliana Ruiz destacó el patrimonio intangible en los cementerios de Bosa, Usme y Usaquén, fusión de íconos católicos e indígenas (bohíos, flores, maíz y quinua) con Micky Mouse, Winie Pooh, Piolín, relojes digitales y símbolos de las barras bravas de Millonarios y Santa Fe. Contrasta con la imaginería católica, la escultura funeraria Art Déco en el Cementerio Central de Ciudad de Méjico; la mejicana Isaura Wiencke señaló que este imperio de la geometría, con influjo de artistas italianos y sincretismo de culturas egipcias, griegas, latinas e indígenas, cambió a los santos por figuras mundanas y sensuales, es el rostro dulce y amable de la muerte sobre el horror medieval cristiano.
La periodista argentina, Verónica Meo, mostró el Cementerio de Dolores (Buenos Aires) como ciudad y representación histórica de la utopía liberal burguesa en la consolidación del Estado-Nación, hogar de quienes quisieron perpetuar en mármol el linaje que en vida ostentaron, y señaló: “Donde no es posible conmemorar a los muertos, no hay monumentum, es decir, no se genera memoria”. Patrimonios invaluables son también las necrópolis Presbítero Maestro de Lima, el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires (Argentina) y sus estelas funerarias, Central de Santiago de Chile, Monumento a Perpetuidad en Paysandú, entre muchos más.
“El gran trabajo que tenemos por
delante no se reduce a honrar a nuestros
ausentes, a esos espectros de la historia;
ese homenaje debiera ir acompañado de la
pregunta por las razones que hicieron
posibles sus ausencias”.
Rubén Chababo.
El patrimonio invisible
Sobre Villavieja (Huila), pueblo-cementerio, sin estatua de prócer alguno y silente como el desierto de la Tatacoa que está en su territorio, cuestionó el historiador Germán Ferro Medina: “¿Acaso sin monumento no hay memoria?”. Allí fracasó el proyecto fundacional hispano-católico, allí se suicidó La Gaitana -símbolo de la resistencia contra el invasor-, a orillas del Magdalena, “río de las tumbas”, depósito de muchos cadáveres de la violencia. Su cementerio es la memoria de “Los inseparables”, dos muchachos asesinados como Martha La Bella -la más linda del pueblo-, de Ángel María Quesada, el mejor bizcochero… Por contraste, el Cementerio Central de Neiva alberga las “familias de sangre azul”, a N.N., víctimas del conflicto, a héroes de la guerras del Perú y los Mil Días, “lugar de memorias que permanece en el olvido”, dijo la antropóloga Eloísa Lamilla. Ajena a la monumentalidad es también la muerte en el mundo andino, explicó el sociólogo ecuatoriano Santiago Recalde: “El patrimonio de las culturas incaicas y pre-incaicas era más intangible que físico; no enterraban a sus muertos: los regresaban a la tierra para que fueran vida”. En Tubará (Atlántico), caribe colombiano, todos los muertos tienen la cabeza hacia el occidente, por donde muere el sol, y el número de toques de campanas dice si el difunto es hombre, mujer o niño, señaló Álvaro Bermejo González.
La memoria como construcción colectiva y resistencia al olvido se expresa en las “baldosas por la memoria”, iniciativa barrial de Buenos Aires (Argentina), donde se mantiene vivos a los desaparecidos, detenidos y asesinados por la dictadura mediante la presencia simbólica de placas con sus nombres en sitios públicos, expresó la socióloga Leticia Maronese. E Isabel Cristina González, con su tesis de grado hiper-medial en Periodismo en la Universidad de Antioquia, “Presencias, relatos de vida en el espacio de los muertos”, mostró que “los vivos son quienes construyen y cargan de sentido los cementerios, quienes los habitan; por ejemplo, un vigilante que canta en un cementerio cerrado mientras lo convierten en parque cultural, un grupo de muchachos que hace una tarea del colegio en el cementerio municipal, madre e hijo que cruzan a diario un cementerio privado para ahorrarse 20 minutos de camino, una señora que considera al cementerio más tradicional de Medellín como su hogar porque allí tiene a casi toda su familia y además, creció en la cripta de una iglesia”.
Cementerio de Marsella (Risaralda). Allí llegaron a sumarse los restos de más de 400 muertos N.N., de víctimas de traficantes y “paras” arrojadas al río Cauca.
En Riohacha (Guajira), hace 40 años una mujer entierra los muertos del conflicto guerrilla-ejército-autodefensas, en un cementerio propio que ella fundó.
Cementerios libres,
muertos anónimos
Antítesis de las necrópolis católicas son también los cementerios laicos y los pabellones de N.N., dos instancias de memoria para los excluidos en vida y negados en muerte por la “memoria hegemónica”. “Éramos los vencidos por una traición y no éramos iguales ni ante la igualdad de la muerte”, se dijo sobre los liberales, ateos,
masones, libre-pensadores y otros excluidos que reposan en el Cementerio Libre de Circasia (Quindío), “monumento a la libertad” en forma de hexágono y trapecio, símbolos alquímico-masones, erigido por Braulio Botero Londoño al frente de un grupo de liberales radicales, en un entorno clerical y godo, dijeron la profesora de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, Andrea Romandetti, y el comunicador social colombiano Diego Andrés Bernal. Algo similar al Cementerio de las Prostitutas, de Rosario (Argentina).
Igual de marginal es el culto a la “Santa Muerte”, con más de dos millones de devotos: los desesperanzados, peones rasos y víctimas del narcotráfico en la zona fronteriza de Méjico con Estados Unidos, “a quienes Dios y la Virgen de Guadalupe ya no oyen”. Es un esqueleto ataviado como santo con distintos colores, según el favor que se le implore; su ritualidad es un sincretismo con la católica, similar a la Virgen de los Sicarios en Colombia, y a Jesús Valverde, “bandido generoso”, patrón de “traquetos”, expresó la arquitecta mejicana Luz de Lourdes Serna. Las “tumbas sin cadáver”, memoriales enormes de accidentes en la Carretera Trans-peninsular de Baja California Sur, algunos pequeñas capillas, cuentan historias de quienes murieron en la vía, como expuso el doctor en arquitectura mejicano, Carlos Mercado.
La antropóloga colombiana Maria Victoria Uribe, expuso tres dramáticos tratamientos a los N.N. de la violencia en este país, casos de los cementerios de Puerto Berrío (Antioquia), Marsella (Risaralda) y Riohacha (Guajira). En el caserío de Beltrán (Marsella), cuando prohibieron sacar las víctimas de traficantes y “paras” arrojadas al río Cauca, para bajar el índice de homicidios, una mujer llamada “la enamorada de los muertos”, los extraía e identificaba, por “un gesto mínimo de caridad cristiana”, decía ella y agregaba: “Yo no podía dejar que esos cuerpos se los llevara el río, yo sabía que detrás había una madre o una esposa llorando que talvez vendría a recogerlos para darles sepultura”. Al declarar el Ministerio de Cultura al cementerio de Marsella “Patrimonio Histórico y Arquitectónico”, la Sociedad de Ornato Municipal lo pintó de blanco, y borró la memoria de más de 400 muertos N.N.
“No es por afán de nostalgia que volvemos a
ver el rostro de los obreros del banano asesinados
en 1928, es simplemente porque al verlos, algo
de lo vacío se llena, algo de lo que fue condenado
a la invisibilidad, retorna, al menos por un instante,
a habitar con nosotros la piel de
este mundo”.
Rubén Chababo.
En un pabellón de N.N. del cementerio de Puerto Berrío, los ciudadanos adoptan con sus apellidos a los difuntos a cambio de “favores” o milagros. En Riohacha (Guajira), hace 40 años una mujer entierra los muertos del conflicto guerrilla-ejército-autodefensas; en contra de la Iglesia, dueña del camposanto, creó el parque-cementerio “Gente Como Uno”, adonde traslada los cuerpos en una carreta cuando no tienen asistencia funeraria, los llora y pinta sus tumbas. El Encuentro destacó iniciativas como las del Equipo Colombiano Interdisciplinario de Trabajo Forense y Asistencia Psicosocial (investigación y acompañamiento a familiares de desaparecidos), “hacia la gestión de los N.N. como patrimonio histórico”, y el proyecto Casa de la Memoria de la Alcaldía de Medellín.
“El rostro de los ausentes”
La muerte sólo tiene sentido como contrapunto de la vida. El profesor de Letras de la Universidad Nacional de Rosario (Argentina), Rubén Alberto Chababo, aseveró: “La memoria no basta en sí misma para detener ninguna barbarie”, y pidió no monumentalizar la evocación de los ausentes: “El gran trabajo que tenemos por delante no se reduce a honrar a nuestros ausentes, a esos espectros de la historia; ese homenaje debiera ir acompañado de la pregunta por las razones que hicieron posibles sus ausencias”.
Él conoció la masacre de las bananeras (1928, Ciénaga-Magdalena) por “Cien años de soledad” de García Márquez y por una foto de los obreros tomada pocos días antes del hecho, que vio en un museo de Bogotá; y la matanza de “La mejor esquina” por un cuadro de Botero, y expresó: “Todos tenemos una fiesta interrumpida, un festejo transformado en desgracia”. Revalorando estos episodios y el golpe militar en Chile, conceptuó: “No es por afán de pura nostalgia que es necesario volver a evocar cómo era Santiago antes de que el fuego golpeara con fuerza homicida en 1973. No es por afán de nostalgia que volvemos a ver el rostro de los obreros del banano asesinados en 1928, es simplemente porque al verlos, algo de lo vacío se llena, algo de lo que fue condenado a la invisibilidad, retorna, al menos por un instante, a habitar con nosotros la piel de este mundo”. En fin, no es menos dura y procelosa la vida, que el tránsito de los muertos por el Hades en la barca de Caronte. El memorial renacentista o Art Déco, la filigrana barroca en la estela funeraria o la cruz de palo que custodia al muerto anónimo, la corona de espinas o el hexágono masón, todos aluden a una eternidad, a un incierto más allá que comienza en un más acá de carne y hueso. Por ello, el profesor Rubén Chababo concluye: “Aquello que olvidamos, es también lo que forma parte de nuestra identidad” .
 
 



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