MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 115  ABRIL DEL AÑO 2008    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Los colombianos:
millonarios en agua.
Pero no todos
Juan Carlos Arboleda Z. - elpulso@elhospital.org.co
La Constitución Política de Colombia de 1991, devolvió a los nacionales el derecho a realizar referendos como mecanismo de participación ciudadana y manifestación válida de su voluntad. Sin embargo, el derecho restituido hace 17 años ha sido poco utilizado, y por eso llama la atención que en 2008 dos grupos de ciudadanos estén recogiendo las firmas que respalden ante la Registraduría Nacional sus iniciativas. Los primeros, con amplios despliegues en los medios de comunicación, buscan una nueva reelección del presidente Álvaro Uribe; los segundos, casi inadvertidos y sin ningún despliegue informativo, pretenden que el acceso al agua se convierta en un derecho fundamental y que el Estado garantice el acceso a los mínimos vitales del liquido, sin condicionantes económicos.
Millonarios del agua
Colombia es uno de los países con mayores volúmenes de agua del planeta y está lejos de sufrir un estrés hídrico (mayor demanda que oferta). Diversos estudios reportan 2´680.000 hectáreas de humedales, 743.000 cauces, una oferta hídrica de 58 litros por segundo por kilómetro cuadrado, equivalentes a por lo menos 3 veces la oferta de Sudamérica y 6 veces el promedio mundial; una precipitación anual de 3.000 mililitros en el área continental, suficiente para generar una escorrentía amplia para ríos, quebradas y demás almacenamientos; los volúmenes de agua en los principales ríos son importantes: el Magdalena transporta 7.000 metros cúbicos de agua por segundo, y el Caquetá lo duplica con 14.000; hay 38 millones de metros cúbicos almacenados en lagunas, embalses, ciénagas y pantanos, y en el subsuelo, acumulada por infiltración, se estima un almacenamiento 70 veces mayor a la cantidad en la superficie.
Somos millonarios en agua, y algunas proyecciones estiman que a cada colombiano le corresponden 53.000 metros cúbicos al año, mientras en la mayoría de países ésta cifra llega a 1.000; más para Rodrigo Marín Ramírez, agrólogo del IDEAM (Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia), las cifras halagüeñas ocasionan un daño: le resta importancia a la pérdida real de los recursos existentes.
Entonces, ¿por qué muchos ciudadanos, de uno de los países con más riqueza hídrica del planeta, piden que el acceso al agua sea considerado un derecho fundamental? El tema tiene varias facetas, y para percibir sus dimensiones basta con hacer una radiografía a los centros del desarrollo colombiano en donde se vive una paradoja: siendo un país rico hídricamente, hay comunidades que se mueren de sed.
Las gentes del agua, sufren de sed
Frente al mar Caribe se levanta Cartagena de Indias, perla del turismo colombiano; no muy lejos de las murallas que detuvieron piratas y ahora albergan turistas, miles de cartageneros carecen de agua potable y la que consumen proviene de cisternas artesanales o de la ciénaga a la cual caen las aguas negras de la ciudad. El problema de aguas en Cartagena es muy complejo: el sistema de acueducto, privatizado en 1995 y entregado al consorcio Acuacar, conformado por la ciudad y la multinacional Aguas de Barcelona, no ha logrado una cobertura del 100%; las aguas negras están destapadas en amplias zonas, generando los popularmente llamados “caños”, que además son receptáculos de basuras que en las temporadas de lluvias se desbordan. Pero el problema, definitivamente, no es estético.
El Grupo de Investigación en Salud y Prácticas Sociales de la Universidad San Buenaventura SYPRES, encontró un panorama deprimente. La directora del grupo, Margarita Díaz, relata como en La Boquilla la gente utiliza albercas comunitarias para acceder al liquido, luego lo almacenan en platones y tarros sin ningún cuidado higiénico, pasando por gran cantidad de agentes contaminantes y que ponen a las personas en alto riesgo de enfermar; paradójicamente, a escasos 20 metros se construyen actualmente los complejos residenciales Los Morros, apartamentos de $3 millones de pesos el metro cuadrado, que sí están dotados del servicio de acueducto. “En Cartagena mucha gente no tiene acceso al agua, en general en los barrios subnormales, que son la mayoría, y en lugares como La Boquilla existe un problema de legalización de tierras que justifica desde la ley que no se les suministre el servicio de acueducto, pero tampoco se legaliza la propiedad aduciendo que las zonas presentan alto riesgo. El interés histórico es sacar a los habitantes de La Boquilla, trasladarlos al fondo de la ciénaga, para utilizar el sector en construcciones turísticas”, afirma Margarita Díaz
No es de extrañar la invisibilidad en el panorama nacional, del problema de aguas en La “Heroica”. Hasta hace pocos años los directorios telefónicos de la ciudad mostraban mapas que sólo contenían las zonas turísticas: la ciudad se concibe para el turismo y no para los cartageneros. “Esta ciudad sólo existe para la gente de afuera, para que se case la hija del ministro y cierren las calles, para que los presidentes y ministros pasen los fines de semana y de nuevo cierren las calles”, dice con pesar una residente de la ciudad. Los cartageneros son seres del agua: cuando hay lluvias torrenciales prefieren quitarse el calzado para atravesar los caños contaminados o que los rebuscadores los pasen cargados a la espalda a cambio de unas monedas; los niños se tiran a jugar a la Ciénaga y a los caños de aguas negras; la gente puede vivir en una casa con el piso de tierra y aguas sucias, y no lo consideran riesgoso. “Ellos conciben el riesgo asociado a fenómenos naturales: estar durante las temporadas de lluvia con el agua a la altura de la cabeza, es riesgo, pero vivir con el agua en los tobillos no lo es, porque hace parte de su cotidianidad”, declaró Liliana María Blandón, miembro del grupo SYPRES.
Para quienes tienen acueducto, los problemas también existen. El humor popular ha renombrado a los medidores del agua como “Los Montoya”, en alusión a la velocidad con que marcan el consumo; y aunque fuentes del Departamento Administrativo Distrital de Salud -DADIS-, dicen que la calidad del agua es buena, es vox populi que las personas que viajan del interior compran el agua envasada, porque al tomarla directamente del grifo se enferman. El DADIS realiza permanentes monitoreos sobre la calidad del líquido, y el director operativo de Salud Pública del Distrito, Enrique Mazenett, asegura que el agua es de buena calidad, aunque reconoce que se han detectado y solucionado casos puntuales. Infortunadamente no hay cifras confiables que muestren la magnitud del problema, y sólo este año la nueva administración municipal espera realizar estudios que correlacionen la contaminación del agua con las patologías sufridas en la ciudad. “Cartagena tiene prevalencias altas de enfermedades parasitarias, infecciosas y gastrointestinales, que pueden estar relacionadas con la deficiencia en el servicio de acueducto y alcantarillado, pero no tenemos la evidencia para demostrarlo”, dicen en el SYPRES.
Copos caen en el trópico
A 18 kilómetros al sur de la capital del país, en Soacha, los niños juegan en pleno trópico con copos grisáceos traídos por la corriente del río Bogotá, que son esparcidos por el aire por los fríos vientos de la sabana; son copos del juego y que hacen soñar con nieves de latitudes norteñas, pero llenos de los contaminantes de un río que recorre 340 kilómetros y recoge los desechos de la capital. Aunque no hay estudios contundentes sobre la incidencia de la contaminación del río en la salud, el director del hospital de Soacha, Leonardo Sánchez, sostiene que en los pacientes que allí acuden, “se presentan patologías asociadas a la contaminación del agua como Enfermedad Diarreica Aguda -EDA- o Infección Respiratoria Aguda -IIRA-, y dermatitis muy evidentes dentro del perfil epidemiológico de las zonas aledañas al río”.
En la Secretaría de Salud de Soacha hay preocupación por los efectos de la contaminación del río, pero sus manos están atadas, ya que por determinación del Estado, la CAR (Corporación Autónoma Regional) es la encargada de las intervenciones ambientales, aunque las connotaciones del tema deberían involucrar a todo el Estado. “Las aguas del río Bogotá irrigan los alimentos que se consumen en Soacha; investigaciones en población no expuesta de forma directa al río, muestran niveles de mercurio y plomo altísimos”, informó el Secretario de Salud, Cesar Jáuregui. El problema desborda la jurisdicción territorial, ya que estas hortalizas se distribuyen también en Bogotá, como lo confirma Consuelo Pérez, directora de Gestión ambiental de Soacha: “Los productos son vendidos en grandes cantidades en Corabastos; de acá salen todos los días camiones llenos de hortalizas, y aunque el municipio ha promovido la ubicación de tres plantas de tratamiento para las aguas de riego, no son suficientes”.
Varios estudios muestran que los alimentos producidos con riego del río Bogotá presentan alto contenido de metales tóxicos y microorganismos como bacterias y coliformes en mayor cantidad que las permisibles en vegetales; además, un trabajo publicado por la Universidad Nacional, señala la presencia en niveles superiores a los permitidos por la FAO de cadmio y arsénico en hortalizas regadas por el río y que pueden producir graves alteraciones en la salud; y mientras el apio, la lechuga, los repollos y el brócoli contaminados viajan a los hogares bogotanos, el río Bogotá espera la ejecución de un ambicioso proyecto de limpieza, que tiene proyectadas algunas etapas que involucran a Soacha para el año 2021. La administración municipal poco puede hacer, porque el río requiere tratamiento en toda su cuenca, e incluso soluciones como llevar el acueducto a los barrios no legalizados podrían llevar al alcalde a prisión bajo la figura de detrimento patrimonial. “En esas zonas tenemos episodios diarreicos generalizados en niños y mucha dermatitis”, dice el doctor Jáuregui; sin embargo, aparece la paradoja: “Si me preguntan como es el agua potable en Soacha, digo que es de excelente calidad, pero tenemos una dualidad: el agua que se consume es buena, pero infortunadamente no todos los barrios tienen posibilidad de recibirla”. Agua buena, pero no para todos.
El futuro del agua
La privatización del agua en Colombia no es una falacia: el documento Conpes 2912 promueve la participación privada en el manejo del agua, el TLC con Estados Unidos abre la posibilidad para el ingreso de capitales norteamericanos para su explotación, y en varias ciudades el suministro ya está en poder de operadores privados. Rafael Colmenares, director ejecutivo de Ecofondo, ONG abanderada del referendo del agua, considera que la concentración de la población en ciertas áreas afecta las zonas de recarga como los páramos, y genera deterioro del agua, incluso de los depósitos subterráneos: “Es el resultado de una utilización depredadora”.
Un referendo por el agua tiene muchas implicaciones: garantizar el acceso a consumos mínimos vitales de manera gratuita y obligación del Estado, evitar su privatización indiscriminada, proteger las reservas futuras, pero también, luchar contra la inequidad rampante que en elementos tan simples pero tan vitales como el agua, campea en el país. El referendo se justifica en esos niños que chapotean en la inmundicia de la ciénaga en Cartagena o de los que corren alegres tras los copos volátiles de mugre del río Bogotá, sin saber que están jugando con la posibilidad de una muerte temprana .
 
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