MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 327 DICIEMBRE DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388

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El sillón verde selva

Autor
Por: Yéssica Tuberquia Agudelo`
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Siempre me ha gustado contradecir, a veces con motivo y otras, por el simple placer de no tener idea, pero aun así tratar de dejar mal a quien nos ha hecho daño o a quien nos ha dicho una verdad para la cual no estábamos preparados. Torpeza del ego, intento de ingenio; más torpeza que ingenio, por eso es que me atrevo a contradecir a uno de los grandes autores de la literatura latinoamericana.

Gabriel García Márquez escribió en El amor en los tiempos del cólera que “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado” y se convirtió en una de sus frases más célebres, sobreviviente y partícipe de las redes sociales. Fue el primer libro que leí en PDF y mi consciencia de quince años me obligó a escoger un lugar para darme a la misión de desentrañar a un escritor que, por culpa de Cien años de soledad, los profesores —falsamente, dicho sea de paso— habían decidido catalogar como “difícil”. Ese lugar, esa sala sobre la cual había decidido odiar a Florentino y dudar de la belleza de una ciénaga, ya no existe. El sillón verde selva con acabados isabelinos, donde leí a Gabo por primera vez, ya no existe. Bueno, eso no lo sé, no supe qué hicieron de él…, si acabó en un remate del centro de Medellín, si una nueva familia lo compró y otra adolescente se sentó ahí para calmar el odio inexplicable hacia sus padres, si lo quemaron, si lo llevaron al cementerio de sofás para que los muertos se sentaran.

No existe el sillón, ni la casa, ni mi padre. Mi memoria no eliminó los malos recuerdos ni magnificó los buenos. Desconfío de mi corazón, parece que con el tiempo aprendí a odiar, a odiar sobre todo las cosas de mi pasado. Aunque recuerdo con cariño cuando mi abuelo me sentaba en su regazo para darme dos mil pesos en navidad si me había portado bien todo el año, recuerdo más el temor que me generaban sus dedos de mecánico, descuartizados por las llantas y quién sabe qué más cosas que tienen los carros por dentro.

No es posible encontrar un recuerdo impoluto en nuestro corazón, ya no somos niños que se preguntan por qué. Ya hemos encontrado las respuestas y esas han manchado todo lo que fuimos alguna vez. Porque ahora entiendo que ese día en que mi abuela parecía sollozar de felicidad en el balcón por el día de la madre, en realidad estaba intentando lanzarse para rescatar al hijo que había intentado cortarse las venas.

Mi sillón verde selva no puede ser simplemente el sillón en el que me senté a descubrir el amor a la literatura, no puede ser simplemente el que aguantó todo el peso de los libros comprados en las gangas de La Bastilla y aguardó el olor de segunda mano. Ese sillón verde selva, con el que al parecer me encariñé tanto, también llevaba impregnadas las lágrimas de mi madre, escondidas y secadas mientras yo iba al colegio. Los sueños que ella soñaba allí estaban llenos de resignación mientras los míos de imaginación. ¿Cómo no lo vi?

¿Es posible recurrir a un olvido voluntario ante el recuerdo que es solo sufrimiento?, ¿qué nos puede quedar de la nostalgia, de los abrazos que no dimos porque estábamos demasiado ensimismados para reconocer el dolor del otro? No todo tiempo pasado fue mejor, y sin embargo, decido recordar y no recordar a medias. No quiero recordar con el disfraz de que todo fue bello, de que fui una niña sonriente y agraciada, como solían llamarme los amigos de mi padre. Quiero recordar con las lágrimas de mi abuela, las lágrimas de mi madre y con mis propias lágrimas. Pobre sillón, me pregunto si era verde selva por la lluvia que dejábamos caer sobre él.

Lo siento, Gabo, porque en mí no yace el artificio de sobrellevar el pasado eliminando los malos recuerdos, ni siquiera estoy segura de que mi memoria provenga del corazón. Existe el olor de la tristeza, existen las cicatrices dejadas en el cuerpo. Mis rodillas están cansadas de sangrar y sé que seguirán sangrando. Si hay una memoria en alguna parte, debe provenir de las rodillas, quizá por eso a los ancianos les duele tanto: llevan mucho tiempo tratando de curarse el corazón y se olvidaron de la parte en la que tantas veces recibieron el impacto de las caídas y en la que se apoyaron para rezar.

Desgraciado temor de aceptar que hemos sufrido más de lo que hemos sido felices. ¿Por qué lo ocultamos? ¿Por qué no supe que mi madre había deseado la muerte hasta tantos años después? Es suficiente de mentiras y engaños, de los juegos de buscar al escondido para nunca encontrarse, de encerrarse en el baño esperando a que afuera el mundo cambie. Tengo que reconocer todo mi pasado, incluso si eso incluye tener que enlodar los momentos que yo creía plenos, como aquel 24 de diciembre cuando recibí una cama para Navidad y le dije a mi padre: “Muchas gracias, pero no me gustó”. Después de cinco minutos estuve bien y feliz con mi cama, pero mi padre no. Yo no sabía que éramos pobres y que esa noche lloró porque en vez de darme lo que yo quería me dio lo que necesitaba.

Durante mi niñez quise crecer, crecer demasiado rápido para hacer las cosas que creía divertidas de ser adulta. Ahora, quiero viajar más a menudo a mi niñez y no para ser niña o para cambiar mi pasado, sino para llenar los vacíos de mi memoria con los sacrificios y el dolor de los que me rodeaban, para completar la imagen de lo vivido.

Le compré una silla rojo cenizo a mi hija con acabados modernos. A ella no le gusta leer tanto como a mí, pero a veces me pide que le lea en voz alta, ¿qué debería leerle?



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