MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 255 DICIEMBRE DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388
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S iempre quise ser testigo de las palabras de un muerto, pues me sentía emparentado con su nostalgia; bueno, lo que creo que sería su nostalgia luego de haber abandonado la vida.
Treblinka, Sobibor, Buchenwald, Auschwitz, Dachau, Mauthausen. ¿Y ahora esto?
Lo conocí por su nombre y así lo llamé. Me lo presentaron como estadística, ¡y allí grité! Hoy lo llamo G, con la letra del grito, y consigno su voz en primera persona, de modo que sean sus palabras la evidencia y declaren, desde el “no lugar”, eso que ignoramos los que nos suponemos vivos.
En vida conocí tantos vivos y despedí tantos muertos; y hoy, como devuelto de la muerte, puedo ser testigo de mis últimos días y ver, en primera fila, el momento del fin y lo que siguió a él. Mi viril anatomía —digo, lo que fue de ella—, magra y rotunda, había dejado a la vista lo que otrora encalaba con potentes músculos y una piel lozana. Una osamenta que no era más que andamio de sostén a pellejos, tendones y carne llagada por el filo de las sábanas. Sobre mi empinado cuello una descomunal cabeza, donde se traslucía la calavera. Entré a ese campo de crueldades por culpa de la delgadez de las arterias cerebrales, pues los sufrimientos y pesares, traducidos en potentes pistoletazos de mis sístoles, dieron paso a débiles sacos que no fueron capaces de contener el torrente vascular que descifraba los avatares de una vida de penurias. Perdí el sentido cuando estalló ese géiser que dio paso a mi inconsciencia. Rígido, y con las pupilas tan grandes como discos, fui admitido a esa barraca ocupada por otros cuerpos sin sentido. Todos conectados a enormes aparatos digitales que no paraban de hacer ruido. La boca, entreabierta como la de un pez, era penetrada por anzuelos de goma, que después supe eran tubos por los que insuflaban oxígeno a mis vecinos de tormentos. Cables y mangueras se columpiaban de patíbulos de hierro, para luego introducirse por orificios naturales y heridas fabricadas para vertimientos o para drenar líquidos avinagrados. Al entrar allí la operación era de una sencillez pragmática: el retiro de las cajas de dientes, despojarnos de nuestra ropa para usar unos traslúcidos uniformes monocromos, “invadir”, como ellos lo llaman, nuestras tramas vasculares, tubos digestivos y conductos respiratorios para, por último, someternos, bajo premisa penitenciaria, a una “vigilancia permanente”. Acto seguido nos retiraron los nombres, que fueron reemplazados por códigos de barras fijados a nuestra muñeca, señal indeleble que nos emparentaba con una empalizada, o tal vez con un producto en oferta. Los ritmos de esos fuelles mecánicos, que nos insuflaban aquella elusiva partícula, que en nuestra quiescencia éramos incapaces de atrapar, AÚNAdo a los cibernéticos tonos con los que se comunicaba esa interface, era lo único que definía lo que ellos se daban en llamar vida. Un día, dos días, tres semanas, cuatro meses, y nada; nada que ocurría algo distinto a esa infernal monotonía de un día perpetuo. Siempre luces, en artificial canícula perenne, y un silencio de cementerio que daban a ese lugar la calidad de una tortura por tedio. En ocasiones se encendían las alarmas, el sonido de las máquinas se hacía llano y persistente para anunciar un corazón que había dejado de batirse. Esto desencadenaba una aséptica y protocolaria maniobra, donde el cuerpo inerte era cabalgado por uno de estos vigilantes mudos, para luego, a golpes de sifón, a un tórax que se negaba a continuar con su vaivén, buscar incorporar de nuevo los trazos alternantes de aquel osciloscopio. Las únicas manifestaciones de alegría, de las que pude ser testigo, eran aquellas en las que celebraban el acto de arrancar una de esas no-vidas a la bien oportuna muerte. Una y otra vez, con sus tecnologías futuristas, le quitaban filo a la guadaña.
Mis pupilas seguían tan fijas como dos lunas llenas, y mi cuerpo, que remedaba la arquitectura de un puente japonés, donde mis talones y occipucio eran los únicos que soportaban toda su carga, seguían dando gritos y comunicando que allí, su dueño, yo mismo, había dejado de habitar hace mucho tiempo. Me miraba a mí mismo, famélico, con los ojos obturados con cintas y la carne abandonada. Triste figura, sin vida ya, pero tampoco muerto. Animado por descargas y empellones, los fluidos en movimiento gracias a moléculas que hacían las veces de acicate a aquello que insistía en una quietud que me prohibían. Norma de normas y ley suprema, se nos obligaba a permanecer, así hubiésemos abandonado el juego. El poder y sus dispositivos se habían estilizado a tal punto que ni ellos, participantes de ese culto, reconocían que el cepo y la alambrada habían sido reemplazados con su ciencia.
Negados mis órganos a seguir trabajando con impulsos ajenos, en silenciosa resistencia y uniéndose todos, uno a uno, en una conspiración secreta, abandonaron sus funciones, permitieron la acumulación de sus mal llamadas toxinas, que en mi caso fungían como el más dulce soporífero, aliviándome del terrible tormento que significaba mi singularidad ignorada. Morí para ellos el día X, a las 10:51 de la mañana. Firmaron mi acta de defunción con el diagnóstico: “falla orgánica multisistémica”, aunque yo hubiese preferido: “rebelión sistémica a la tortura” o “huelga definitiva de los órganos”. Nunca supieron que había muerto hace meses, apenas sentí el estallido en mi cabeza, y que la temporada en la que ocupé sus dominios apenas era carne húmeda que reclamaba el derecho a no ser nadie.
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