MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 255 DICIEMBRE DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

Una fiesta variopinta

Por: Damian Rúa Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
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Llega la navidad con todas sus luces, guirnaldas y colores. Tiempo de paz y de alegría. Tiempo de reflexión, perdón y reconciliación. Tiempo de fiesta y algarabía. Y, sin embargo, tiempo en el que celebramos algo que yo nunca he podido saber muy bien qué es. ¿El cumpleaños de Jesucristo? ¿La culminación de otro año? ¿La llegada del verano en nuestro país ecuatorial? Y en todo eso, ¿qué tiene qué ver el viejito barbón que se descuelga por las chimeneas para vendernos Coca-Cola? ¿Y el pino de Navidad? Estos hondos problemas filosóficos me han atormentado por mucho tiempo.

Si usted es como yo y tiene la sensación de que la navidad es un lapso indefinido entre finales de noviembre y principios de enero, sepa que es un buen comienzo para nuestra investigación pues el desbarajuste en las fechas viene de tiempos inmemoriales. A tal punto que la celebración de la navidad varía aún hoy según las creencias. Por ejemplo, para los ortodoxos, que se basan en el calendario juliano, el 25 de diciembre cae un 7 de enero.

Por otro lado, ya alguien me dijo alguna vez que le parecía muy extraño que nuestro amoroso Dios soltara a su recién nacido en medio de la nada un 25 de diciembre. Es decir, durante el invierno, en Palestina, que es donde se encuentra Belén. Y, más extraño aún, que los pastores a los que se les apareció el mensajero celestial estuvieran, según Lucas (Lc. 2, 8-12), a la intemperie durmiendo a pierna suelta mientras cuidaban el ganado. Lo que indica que Jesús debía de haber nacido en otro momento más cálido del año o en otro lugar del mundo, digamos en el Caribe, pero en general se acepta que vio la luz al sur de Jerusalén, en el actual territorio de Cisjordania. ¿Pero entonces, por qué cantarle el cumpleaños en otra fecha?

La edad de oro

Para descubrirlo hay que remontarnos unos cuantos siglos atrás, a la antigua Roma. En ese entonces la mayor parte de la población era politeísta, es decir que adoraba a varias divinidades relacionadas a manifestaciones naturales como las cosechas, los ríos, los vientos, el sol. Las deidades exigían la observancia estricta de ritos y sacrificios en su honor. Pero no todo eran penas. Los dioses también imponían fiestas. Entre ellas estaban las Saturnalia en honor de Saturno (asimilado al dios griego Cronos), que duraban alrededor de una semana e incluían el solsticio de invierno, fijado en ese entonces el 25 de diciembre por un error de cálculo.

Para ellos, el principio del universo y la división de las épocas estaban ligados al origen de los dioses y a sus constantes batallas para tomar el poder. El reinado de Saturno hacía referencia a la Edad de Oro, en que los dioses gobernaban con equidad y dulzura sobre los seres humanos. En memoria del dios caído en desgracia, las personas trepaban el monte Aventino, entraban al templo y le quitaban las cadenas que su hijo Júpiter le puso para contener su apetito infanticida. Asimismo, suspendían temporalmente el orden social: liberaban a los esclavos, que podían incluso criticar y mandar sobre sus amos, organizaban banquetes suntuosos y se ofrecían presentes unos a otros.

El sol invicto

Roma era un imperio y, como tal, buscaba expandirse, generalmente por las armas, mediante expediciones en regiones ignotas. Sus conquistas en Oriente no sólo le aportaban esclavos y riquezas, sino también retazos de otras culturas, otras lenguas y, por su puesto, otros dioses. Tanto que a mediados del siglo II de nuestra era, Roma se encontraba dislocada por diferentes costumbres y cultos que podían variar mucho de una región a otra.

Con un objetivo más bien político, el emperador Aureliano eligió una divinidad relativamente neutra y universal para unificar las creencias. Se trataba del culto al sol, inspirado en un antiguo dios con visos orientales llamado Mitra que con el pasar de los años se había fundido con la figura de Apolo. Así, lo nombró patrono del imperio e impuso la celebración del dies natalis solis invicti (día del nacimiento del sol invicto) el 25 de diciembre.

¿Pero y el niño Jesús? Casi cuatrocientos años después de su nacimiento, debido a la creciente influencia del cristianismo dentro del imperio, el emperador Constantino I decide hacer de él una religión de estado que unificara a los ciudadanos. Esa situación cristianizará a los paganos, pero “pananizará” también a los cristianos. Así, el culto de Jesucristo se mezclará con el del sol invicto de cuya ceremonia quedarán no sólo la fecha sino incluso el nombre: natalis dies que dará en nuestra lengua las palabras natividad y navidad.

El árbol de la vida

El árbol de navidad no es cualquier árbol. Aunque en mi casa cortábamos las ramas de un naranjo, siempre nos asegurábamos de organizarlas y de disfrazarlas para que tomaran la forma de un pino. Esto es, de un árbol originario del hemisferio norte y que, por lo tanto, está cargado de un simbolismo que para algunos tiene connotaciones paganas.

Antes de su conversión al cristianismo, los pueblos escandinavos tenían la costumbre de colgar en las casas ramas de pino a las que amarraban trapos de colores y guirnaldas para espantar a los malos espíritus. El pino, dado que conserva sus hojas en invierno, era símbolo de la vida eterna.

Sin embargo, otra tradición lo relaciona con un género teatral de la Edad Media: los misterios. Se trataba de pequeñas escenas bíblicas que tenían lugar delante del atrio de la iglesia y que buscaban completar la enseñanza religiosa de un público iletrado. Entre ellas estaba la historia de Adán y Eva con el árbol del Edén decorado con manzanas rojas o, en su defecto, con bolas de cristal pintadas, que simbolizaban el fruto prohibido.

Fueron los protestantes alemanes los que comenzaron a poner el árbol del Edén dentro de sus casas en épocas decembrinas. Los colonos alemanes llevaron la tradición a Norteamérica en el siglo XVII y la duquesa de Orleans, que era de origen germánico, la habría popularizado entre la nobleza francesa durante el siglo XIX.

Una extraña figura

Papá Noel encarna él solito toda la complejidad y el sincretismo de la navidad. Su nombre viene del francés Père Noël, literalmente “padre navidad”, pero hace referencia a Nicolás de Myra, obispo de origen turco, el famoso San Nicolás o Santa Claus.

Su leyenda comienza en el Medio Evo, después de que sus restos fueron trasladados a la ciudad italiana de Bari. Allí las reliquias habrían llevado a cabo varios milagros, entre los cuales está el de haber resucitado a tres niños asesinados por un carnicero. Desde eso, se lo considera su protector y en los países del norte comienza a decirse que un viejo va de casa en casa el 6 de diciembre repartiendo regalos entre los niños que se han portado bien.

Pero aún está lejos de la figura actual. El paso de la leyenda por Holanda y, sobre todo, por los Estados Unidos, tierra de inmigrantes, hará de él el personaje rechoncho y bonachón que hoy vemos en las postales. Su imagen seguirá cargada sin embargo del imaginario de los países del norte de Europa: renos, trineo, duendes. El cambio en la fecha, del 6 al 24 de diciembre, se dará por la gran influencia del cuento Canción de navidad de Charles Dickens. Su vestido, que originalmente variaba de color, tomará definitivamente el rojo debido a la publicidad navideña de la empresa Coca-Cola.

Ahora bien, entre toda esta mezcla fabulosa de culturas, gestos y ritos, ¡vaya uno a saber en qué momento se suman las cosas más importantes: los buñuelos, la natilla y la música de Guillermo Buitrago!


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