Los eternos conflictos que vive el ser humano entre lo que es
justo y lo que es legal, lo del deber y lo del querer, y el conflicto
del derecho ante la fuerza, se ven agravados por todos los que
brotan por el inmenso poder conferido hoy por hoy a los mercados,
como fuerza única para moldear cualquier actividad hasta
hacerla potencialmente rentable. El equilibrio de lo vital puesto
a disposición de las fuerzas de la oferta y la demanda,
ha quedado, por ellas mismas, resquebrajado, como quedó
también lo que se entendía por virtud, considerada
como el impulso que genera un proceder con sentido humano. Esto
hoy no vale nada.
La opción de conservar la vida sólo si se puede
demostrar el derecho a unos servicios de salud, es un síntoma
de feo pronóstico e indicativo de que la sociedad es capaz,
por intereses económicos, de excluir a uno o muchos de
sus miembros de las posibilidades de vivir, de alcanzar las oportunidades
que da la vida, e incluso, paradójicamente, de pertenecer
a ese mismo mercado que lo rechaza, pero que en circunstancias
distintas habría peleado a brazo partido por tenerlo como
cliente.
Es evidente que no es el hombre lo que le interesa al mercado
y que sus derechos van en contravía de los derechos del
ser humano. Pero la sociedad le ha conferido a los mercados la
connotación de valor, a tal punto que empresa que no lo
incluya manifiestamente en su proclama, se la considera desactualizada
y desenfocada. Desde este punto de vista pudiera decirse que es
la sociedad la culpable de padecer lo que está padeciendo
en cuanto al desplome de sus verdaderos valores, los que enaltecen
y a la vez impulsan su progreso armónico y su desarrollo
conjunto.
De otro lado, cabe preguntar: ¿Es demostrable que haciendo
un uso juicioso de los recursos, de la inmensa cantidad de recursos,
que entre todos los colombianos ponemos en forma de impuestos
directos e indirectos, tasas, aportes y demás, estos no
alcancen para atender lo elemental de las contingencias que tiene
el vivir? La corrupción, las prebendas y bribonadas, la
indiferencia, el mal gasto y el desgreño, y en fin, toda
clase de maromas y artimañas que existen, son premisas
suficientes para demostrar que con lo que resta después
de que se sacan esas tajadas, no se puede atender ni el 50% de
la población, con un plan mínimo de salud, tal como
lo estamos viendo.
La Ley 100, la ley de los mercados de salud, repartió juego
y de inmediato, con mazo nuevo, los apostadores tomaron interés,
adquirieron fichas y pidieron cartas. En la primera ronda se dieron
los descartes y en cada giro todos esperaban ajustar su mano para
mejorar su retiro, ya que en este juego, se esperaba que fuera
la casa quien perdiera. Ella representa los colombianos aportantes
y los que deben ser beneficiados con el contenido de lo poco,
poquísimo, que dicen los textos a favor de ellos y lo mucho,
muchísimo, expresado en inmensos volúmenes en contra
de ellos, como restricciones y exclusiones.
No ha alcanzado el dinero puesto que gran volumen ha ido a atender
los antojos y desaciertos de los directivos de Unimec, Bonsalud,
Caprecom, Familias Unidas de Antioquia, Comcaja, Empresa Solidaria
Rioquito, Saludcoop subsidiado, Comsalud, Eps de Caldas y otras
tantas que se tambalean o ya cayeron, ante la mirada impasible
de las entidades que tienen obligación de vigilar y controlar,
empezando por el mismo Ministerio de Salud y la Superintendencia
del ramo. Entre tanto, la obvia escasez de dinero y los inconvenientes
que se generan, se resuelven desde allí mismo, legislando
y resolviendo la mayoría de las veces en contra de los
pacientes y de las entidades que por vocación y ley los
atienden. Es el caso de los Comités Técnico Científicos,
reglamentados por la resolución 5061 del 97. En la misma
fecha, el Consejo Nacional de Seguridad Social expidió
el acuerdo 83, por el cual se adoptó el Manual de Medicamentos
del Sistema General de Seguridad Social en Salud.
Es cierto que no existe ningún sistema que pueda conceder
absolutamente todos los medicamentos que se consiguen en el mercado,
y también es cierto que la terapéutica y la investigación
farmacológica van más velozmente que la ley, pero
no ha sido ese el problema, el asunto es otro. La existencia de
estos elementos como los comités, son herramientas de la
misma ley, del mismo contenido de las premisas que gobiernan los
mercados y de los mismos criterios de la globalización
avasalladora que ha lastimado inmisericordemente la condición
humana.
Entre el mercado, la corrupción, la tolerancia, la indiferencia
y con la sustitución de los valores por los negocios y
el convertir estos en el sentido de la vida, se ha acabado con
miles de esperanzas e ilusiones, mientras que se dicen palabras
a medias sobre lo que está sucediendo ante nuestros propios
ojos.
Reiteramos nuestra pregunta: ¿sí será cierto
que el dinero no alcanza para atender aunque sea de manera incompleta,
las enfermedades de la gente? De la que tiene derecho al plan
obligatorio de salud, por supuesto, porque los demás, colombianos
también y por supuesto hijos de la misma patria, ya sabemos
que no tienen derecho a nada.
Aun en el ambiente de mercado, en los tiempos de la globalización
y con el texto de la Ley 100, seguramente no habría necesidad
de la extensión y los alcances de los acuerdos y decretos
que manejan las restricciones y limitaciones a la recuperación
de la salud de los enfermos, si los recursos se aplicaran con
honestidad.