Los trámites de los procesos judiciales generan
una serie de costos propios del proceso mismo que deben
sufragar las partes y que hacen muy oneroso el llegar a
una definición judicial concretada en una sentencia,
además de todo lo que significa para la comunidad
el funcionamiento del aparato judicial, la congestión
en los despachos, la demora en la terminación de
los mismos, etc.
Todo esto nos hace pensar en la necesidad, cada vez mayor,
de evaluar con detenimiento las razones, argumentos y pruebas
en que se ha de sustentar un proceso, a fin de que el resultado
del mismo sea favorable a la parte representada. No se puede
continuar demandando por demandar, ni los jueces fallando
en los procesos temerarios que se tramitan de manera irresponsable,
sin que se condene en costas a quienes de esa manera actúan,
olvidando que el solo hecho de la defensa implica erogaciones
importantes.
Las máximas o aforismos que con alguna frecuencia
se utilizan están llenos de sabiduría y uno
de ellos expresa:
Los defensores de las causas deben andar más
solícitos de la verdad que del triunfo.
No podemos los profesionales del Derecho olvidar que la
tarea fundamental es la defensa de la verdad, ser auxiliares
de la justicia, y dentro de estas premisas garantizar la
protección de los intereses de los clientes.