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Colombia es un país de leyes, por fortuna si pensamos
en la vigencia relativa del Estado social de derecho, por
desgracia si miramos el leguleyismo que afecta nuestras
instituciones, la maraña de normas, leyes, decretos,
parágrafos e incisos donde naufraga una acción
oficial paquidérmica. El santanderismo
que hace de Colombia un país de leyes se replica
en un academicismo que nos convierte en un país de
diagnósticos, a cuál de todos más lúcido
pero al mismo tiempo más inútil por culpa
de la falta de voluntad política de la clase dirigente.
El sector de la salud no es ni más ni menos generoso
que los demás, en el aspecto regulatorio. Leyes generales,
leyes marco, leyes orgánicas, leyes estatutarias,
decretos-leyes, decretos reglamentarios, resoluciones, acuerdos,
documentos de política pública, circulares,
anexos, etc. etc. Tenemos un sector sanitario sobre-regulado,
con una problemática sobre-diagnosticada, y al fin
de cuentas, una situación de salud que no cambia
si no es para mal.
Por ello, ante esta saturación de diagnósticos
sobre los problemas del sistema de salud, urgen propuestas
de solución que al menos pongan a reflexionar a los
colombianos, con el obvio riesgo de saturarnos también
de soluciones carentes de fuerza impulsora. Difícilmente,
alguna persona o institución puede alzar la mano
para decir que tiene la propuesta perfecta para resolver
la problemática de salud y seguridad social, pero
debemos reconocer el esfuerzo y capacidad de los entes investigadores,
de las universidades, instituciones científicas,
gremiales, profesionales y ciudadanas, que además
de sobresalir por el acertado diagnóstico, coinciden
en las líneas generales, en los principios de solución
para tener un sistema humano, justo y eficaz.
No vale la pena repetir esos elementos teóricos,
muchos de ellos ya enunciados en sucesivas entregas de este
periódico, pero reiterados en la presente edición,
con los plus o valores agregados que se generan
día a día en la confrontación con la
realidad cotidiana y con la irregular actuación del
Estado. Pero todas esas fórmulas, muchas de ellas
aceptadas al menos sobre el papel, por el Ministerio de
Salud y Protección Social, se resumen en la necesidad
de un cambio total de las bases conceptuales y de los mecanismos
estructurales y operativos del sistema de salud.
Con pocas excepciones, los actores dicen no más intermediación
financiera y administrativa en el aseguramiento, ni en recobros
ni en nada. Y es tan perjudicial esa desviación de
las aseguradoras hacia la gestión del riesgo financiero,
que incluso EPS tan importantes como Salud Total la admite
y reclama una verdadera gestión del riesgo en salud,
pensamiento que respalda Acemi, gremio de las EPS más
fuertes del contributivo.
Ahora, las propuestas de solución a la crisis de
la salud en Colombia, coincidentes en la urgencia de un
cambio estructural, pese a ser justas y adecuadas al examen
de la situación, pecan por una especie de pecado
original que algunos llaman la honesta ingenuidad.
Esto significa que un cambio de modelo tan profundo como
el que exige la problemática sanitaria sólo
será posible con otro modelo de desarrollo, el cual
a su vez reclama un nuevo diseño de país.
Un sistema que proporcione atención y servicios de
salud con equidad, calidad y oportunidad sólo será
realidad en un país edificado sobre la base de la
justicia social, en el cual la salud no sea un negocio particular
sino un negocio donde ganen por igual todas las partes.
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