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Fútbol o la
poesía del cuerpo
Hernando
Guzmán Paniagua Periodista - elpulso@elhospital.org.co
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En 1942,
los nazis ocupaban la Unión Soviética y los futbolistas
del Dínamo de Kiev jugaban de locales frente a Alemania.
Los de Hitler amenazaron: Si ganan, mueren
.
Temblando de miedo y de hambre, los ucranianos entraron al campo
resueltos a dar una lección de dignidad y ganaron. Los
11 fueron fusilados en un barranco al terminar el partido. Hecho
histórico que muestra al fútbol como un trasunto
de la vida social y de la condición humana con sus glorias
y absurdos, y destaca la emoción sublime de un juego,
confrontación de 90 minutos entre el amor y la muerte.
Esta pasión de domingo por la tarde que ya conquistó
todos los horarios y calendarios, que para Borges no es más
que "una cosa estúpida de ingleses... Un deporte
estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo
detrás de una pelota
", entraña mil
significados y suscita mil interpretaciones. El ensayo Fútbol
desde la tribuna. Pasiones y fantasías, de la socióloga,
máster en investigación y PhD en antropología
histórica, Beatriz Vélez, aporta a su comprensión
integral,
con la expectativa de quien supone no
saberlo todo sobre ese juego, abierto e inagotable (p.16),
advierte la autora. |
El fútbol
-declaró a EL PULSO- es un universo redondo de sentidos
múltiples, pero de un sentido global. Abordo
el tema del embeleso que suscita ese juego, desentrañando
las claves que lo hacen, según sus seguidores, comparable
a un orgasmo (p. 13).
Profesora de Sociología del Cuerpo y de la Ciudad en
la Universidad de Antioquia, vivió a finales de los 90
la gloria de la Selección Colombia. Dijo: La investigación
terminó en 2004, y con el Mundial de Fútbol Sub-20,
encontré el marco para escribir el libro. El trabajo
de campo en Medellín y otras ciudades de Colombia lo
ratifiqué con experiencias en Francia, con la Selección
Colombia en el Campeonato de 2003 en Lyon, en Argentina, Estados
Unidos, Alemania y otros países adonde fui invitada.
E indicó: En el primer capítulo, 'Fútbol,
un insondable universo', narro como llegué a amar el
fútbol sin haber sido jamás futbolista, como mujer
que desde la tribuna ama el fútbol, no tanto como deporte
sino como juego que nombra esas capacidades humanas que tenemos
de explorar las potencias corporales hasta unos límites
a veces inimaginables: La vida misma me enseñó
sobre fútbol. Desde niña estuve rodeada del fútbol
empírico practicado por los hombres de mi entorno, quienes
me mostraron el enorme significado de ese juego en el universo
masculino (p. 24).
Agregó: Siempre hay un ideal de masculinidad que
hace a los hombres muy limitados en la expresividad de sus emociones,
salvo cuando hay alcohol, o en el estadio donde están
embriagados de emoción: Es posible comprender
el fútbol como juego capaz de amplificar, por su escenificación
corporal, la humana necesidad de fundar un lugar (locus), de
construir un mundo (oikos) donde reposar y encontrar el sueño,
realimentar nuestras ilusiones y escapar a la locura (p.
39).
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Es posible
comprender el fútbol como juego
capaz de amplificar, por su escenificación corporal,
la humana necesidad de fundar un lugar (locus),
de construir un mundo (oikos) donde reposar y
encontrar el sueño, realimentar nuestras ilusiones
y escapar a la locura.
Beatriz Vélez.
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Ese papel del fútbol
como transgresor del mundo de la productividad en bien del
abandono al placer lúdico, y en contravía del
argentino Juan José Sebreli, para quien "el acto
de patear una pelota es ya de por sí esencialmente
agresivo y crea un sentimiento de poder, lo metaforizan
el poeta Washington Cucurto: "El fútbol es un
deporte de hombres dulces / El fútbol es un deporte
de hombres que se quieren con locura", y Javier Marías:
"El fútbol es la recuperación semanal de
la infancia".
Eros y Marte
En el capítulo 'Eros y Marte en el juego'
-expresó la autora-, aplico conceptos de la antropología
filosófica; el fútbol es el único juego
que pone en oposición y en guerra a la mano con el
pie, las cuales siempre han cooperado en todo tipo de actividades:
el fútbol fascina por lo insólito
de su propuesta y misión: 'proscribir la mano y prescribir
el pie' para conducir una pieza redonda, sujeta entonces a
un recorrido insospechado, a través de un amplio terreno,
con el fin de hacerla entrar en una portería
(p. 82).
Y explicó: La vocación aérea del
balón contrasta mucho con la vocación terrestre
del pie, y eso da al fútbol una inadecuación
absoluta entre medios y fines, intentar hacer del pie un émulo
de la mano, conduce a una suerte de ampliación del
espacio vital humano, de hacer cosas que no están en
los genes.
Albert Camus dice que siendo arquero en Argelia, aprendió
que "la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera
que venga. Esto me ayudó mucho en la vida... Lo que
más sé acerca de moral y de las obligaciones
de los hombres, se lo debo al fútbol". La investigadora
abunda en las connotaciones eróticas del fútbol,
imbricadas en una rica polisemia, pues el juego es canto
lírico, oda a la guerra, culto sagrado y referente
de todo tipo de identidades. Como puesta en escena, oscila
entre Marte y Eros: ya simula una batalla, ya parodia actos
de hondo contenido sexual, representando respectivamente,
fuerza, terror, pasión y amor (p. 70).
Y analiza la antítesis de género que se percibe
en las narrativas futbolísticas, donde al atacante
se lo asocia con el poder masculino y al defensor, sobre todo
al arquero, con lo femenino que se intenta penetrar. Así,
se homologa el pie al órgano sexual varonil, que en
el repertorio de filigranas y virtuosismos traduce el ritual
amoroso.
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De árbitros y otros
villanos
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En la liturgia del balón, se oficia
también un ritual de fertilidad que analiza
la escritora Beatriz Vélez: La proeza corporal
y su efecto sobre la sensibilidad humana, mater materia del
juego en el fútbol, conlleva entonces la promesa de
bienestar total, deseable a pesar del riesgo que entraña:
volver atrás, re-caer en el abrazo estrangulador de
la Madre-naturaleza-Muerte, en la fuente del origen
(p. 133-134).
Eduardo Galeano, autor del clásico libro Fútbol
a sol y a sombra, alude, entre otras cosas, a esta dimensión
explorada por Beatriz Vélez:
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Todos
los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido
en las maternidades, hay un estrépito tremendo. Yo quise
ser jugador de fútbol como todos los niños uruguayos
(
) La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso
de amor no correspondido.
En el capítulo 'Virilidad' -prosigue la declaración
de la escritora-, veo muy paradójico que los hombres,
emblema de la virilidad, que deben tener cojones, sin embargo
son capaces de la entrega después de un gol, como quien
dice: aquí estoy yo, cójanme, y me entrego en
los brazos del otro: Según el futbolista Ric Cantona,
él balón es como una mujer. Él ama las
caricias (p. 87). |
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Al
subvertirse las normas sociales en la cancha, el papel del árbitro
como juez es visto con desdén. Al jugador se lo ama,
al árbitro si mucho se lo respeta, así sea el
colombiano Chato Velásquez, famoso por expulsar
a Pelé en un partido amistoso, donde El Rey
lo agarró a trompadas, o el chileno Mario
Canessa, el mejor juez en la historia del fútbol colombiano,
quien en un partido Unión Magdalena-Santa Fe, se atrevió
a expulsar a los 22 jugadores, trenzados en batalla campal.
La socióloga analiza el goce colectivo con la transgresión,
y expresa: El juego, elogiado como modelo de regulación
social, facilita sin embargo la burla -sin sanciones- de los
límites prescritos por sus propias normas, pues la rapidez
de las acciones es mayor que la velocidad del ojo vigilante
de árbitros y jueces.
Cuando el boliviano Abel Vacca Saucedo, tras una orgía
de gambetas, túneles, sombreros y taquitos, y de espaldas
al arco, clavó la pelota con la cadera en el ángulo,
el árbitro Ignacio Salvatierra le sacó tarjeta
roja |
«para
que aprenda a tomarse el fútbol en serio». Y Brasil,
derrotado y eliminado por Hungría en el Mundial del 54,
denunció ante la FIFA a un árbitro inglés,
por estar «al servicio del comunismo internacional.
Para el ensayista Hernán Brienza, y para la mitad de
los futbolistas, el trabajo del árbitro consiste
en hacerse odiar. |
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Fútbol: una religión
sin ateos
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En su ensayo Fútbol
desde la tribuna. Pasiones y fantasías, cuando
la socióloga Beatriz Vélez señala las connotaciones
religiosas del acto futbolístico, alude a
ese
templo de la liturgia corporal
, donde se conjugan
las fuerzas que sostienen la ilusión de reinventar el
mundo cambiando las manos por los pies, y ve en el fausto y
atavío de los estadios y sus asistentes,
una
fiesta de exceso como el carnaval y de recogimiento como un
culto sagrado (p. 98).
Dice Eduardo Galeano: En mi país, el fútbol
es la única religión sin ateos (
)
Hasta el Papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes.
En Nápoles, en tiempos de Maradona, cambiaron a San Gennaro
por San Genn-Armando, cuya imagen veneraban con la corona de
la Virgen o el manto del santo sangrante. Hernán Brienza,
pregunta: ¿En qué se parece el fútbol
a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes
y en la desconfianza que de él tienen muchos intelectuales. |
| Carencias
innatas -declara Beatriz Vélez- las suplimos con el divertimento,
nos hermanamos para llenar vacíos. Alguno los llenará
con cocaína, que es costosa, pero es posible que otro
que ama la cocaína, también ame el fútbol
y se meta unos pases para ver un partido, otro se meterá
un 'basuco' o algo más barato como 'sacol' para lograr
el estado de lucidez y atrapar todo lo grandioso del juego.
Tras esa búsqueda, está también esa dimensión
humana sin el filtro de las clases sociales, que nos iguala
a todos: alguien con mucho dinero, en tribuna de preferencia,
se abrazará con el vecino pobre a quien alguien le regaló
una entrada. García Márquez, tras un partido
Junior - Millonarios, declaró:
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"No creo haber
perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago públicamente
a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo,
ahora, es convertir a alguien".
Fútbol, negocio redondo como
el balón
La investigadora examina los distintos matices de la
explotación del fútbol como negocio, señalando
su significación como trasunto del orden social donde
se inscriben. Analiza las diversas variantes de esta máquina
de millones de dólares y euros, y entre otras consideraciones,
plantea en su libro:
La camiseta, enarbolada en
el mundo entero como santo y seña de los miembros de
la familia deportiva, al funcionar como mercancía y negociada
en millones de ejemplares idénticos, encarna la dramática
oposición de lógicas en el universo del fútbol
(p. 80).
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El fútbol es máquina de alienación y vehículo
de solidaridad. Negocio impío, tráfico inhumano
de personas, es a la vez la más fascinante
aventura humana. Esta locura planetaria es un
poema a la vez lírico y trágico.
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Lo que Beatriz señala,
lo puso en cifras el entonces presidente de la FIFA, Joao
Havelange, en 1994, ante un círculo de empresarios
en Nueva York: el fútbol movía en ese momento
US$225.000 millones de dólares anuales, en contraste
con los US$136.000 millones facturados en el año 93
por la General Motors. Si el fútbol no fuese un negocio
tan redondo como el balón, el actual jerarca de la
FIFA, Joseph Blatter, no andaría en una limusina de
8 metros y con chofer negro.
Ese embeleco de "las almas pequeñas que pueden
ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan",
según el británico Rudyard Kipling, es para
Antonio Gramsci "el reino de la lealtad humana ejercida
al aire libre".
Y quien no crea en los milagros cotidianos, no ha visto fútbol.
Los médicos dijeron que nunca sería deportista
un niño famélico y cojo, con poliomielitis,
el cerebro atrofiado, la columna vertebral en S y ambas piernas
curvadas: lo llamaban Garrincha y fue el mejor
puntero derecho del mundo en su momento. Maradona no nació
en la opulencia sino en un barrio popular, donde de niño
dormía abrazado a una pelota. Romario, nacido como
Pelé en una miserable favela de Brasil, hoy tiene una
colección de Mercedes Benz y 250 pares de zapatos.
Y es milagrosa la magia de los negritos de Turbo y Puerto
Tejada, como lo es que nuestro país sin ser potencia
futbolística, sustituya exportaciones con
más de 170 jugadores en clubes del exterior, como lo
es el virtuosismo del Pibe made in Pescadito, de Willington
Ortiz, de Falcao y de Gio Moreno.
El balompié sirve para que la selección alemana
pose en la cancha con la esvástica hitleriana y también
para que el Barcelona y una selección vasca jueguen
en todo el mundo como embajadores de la resistencia democrática,
mientras el general Franco bombardea la república española.
Es máquina de alienación y vehículo de
solidaridad. Negocio impío, tráfico inhumano
de personas, es a la vez la más fascinante aventura
humana, así en Japón jueguen cada año
la RoboCup, con selecciones de robots humanoides programados
por ingenieros. Esta locura planetaria es un poema a la vez
lírico y trágico.
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Ocioso
lector
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Cenotafio para Gardel
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| Me llamo Enrique
y tengo 90 años, como cualquier personaje de García
Márquez. (
) Me gradué en la Universidad
Nacional y como buen paisa me fui a ensayar mis primeras armas
a Medellín, no sin antes hacer dos años de internado
en el recién inaugurado Hospital de La Hortúa
en Bogotá. (
) A comienzos de 1934 logré
obtener un puesto como interno del nuevo Hospital de San Vicente
de Paúl, donde me miraban algo recelosos por liberal
y por no haberme graduado en la Universidad de Antioquia.
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Gardel en su última foto
dentro del avión F-31 Ford de la SACO, antes del accidente
aéreo donde murió en el Aeropuerto Olaya Herrera
de Medellín, al chocar con otro avión en la
pista de aterrizaje. La cámara fotográfica tenía
un estuche de cuero que la preservó del fuego, salvándose
así esta foto.
| (
) Se
presentó una noche en el Club Unión y otras dos
en teatros de la ciudad, repletos hasta los bordes. Las multitudes
que lo seguían y asediaban eran tales que hubo que acondicionarle
un carro cerrado, de esos con cortinas retráctiles que
cubrían las ventanas, para que la gente no lo identificara
y lo acosara. Y obligatoriamente rodearlo por todas partes de
policías que, con sus uniformes verdes y sus bolillos
de madera, parecían parte de la comparsa. Los internos,
por supuesto, no teníamos ni el tiempo ni el dinero para
esos espectáculos y me tocó apenas verlo de refilón
una vez, cuando entraba al Hotel. Pero su cara y su sonrisa
cordial y decidida, rematada por un pelo negro y liso partido
casi por la mitad, se nos quedaría grabada por largo
tiempo. O al menos a mí, que tuve que levantar su cadáver.
(
) En el Hospital pronto sonó la alarma,
a cuyo aviso nos habíamos acostumbrado en los simulacros
que se hicieron después de la tragedia del teatro Alcázar,
y pronto me vi encaramado con otros colegas y enfersmeros en
una camioneta de los Bomberos seguida de cerca por nuestras
ambulancias.
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Atravesamos la ciudad
como ráfaga y llegamos al aeropuerto cuando los restos
de los aviones estaban todavía ardiendo. Había
cuerpos y trozos de motores y de aluminio en cien metros a la
redonda. Rápidamente nos lanzamos hacia esa hecatombe
que ya comenzaba a oler a gasolina, a sangre y a pelo chamuscado
y a tratar de separar los cuerpos que daban señales de
vida. Algunos dentro del fuselaje, aún amarrados a sus
asientos. Otros afuera, sentados o acostados en el piso de tierra,
delirando o quejándose. Unos pocos de pie, temblorosos
pero increíblemente indemnes, entre ellos dos guitarristas
aún aferrados a sus instrumentos.
A los aprisionados entre los restos tuvimos que cortar
sus amarras y su ropa, que se desprendía a veces con
jirones de piel quemada, para colocarlos en las camillas velozmente
desplegadas por nuestros enfermeros. Los cadáveres de
quienes viajaban al frente de ambos aviones estaban horriblemente
magullados y achicharrados. El de Gardel, al lado del piloto,
era irreconocible: sólo habían quedado sin quemarse
sus pies, calzados con finos zapatos de charol; al fin lo reconocimos
porque uno de los guitarristas, sollozando, me dijo que su ídolo
colocaba siempre unas plumas blancas por dentro de los mismos,
a modo de amuleto. Y notamos sus dientes perfectos surgiendo
de unos labios quemados y retraídos como en rictus final
de desdeño y de amargura. Uno de los cadáveres
detrás de él -después supe que se trataba
de otros dos guitarristas, Riverol y Barbieri- tenía
firmemente agarrada entre su mano carbonizada una cámara
fotográfica enfundada en cuero que se conservaba intacta.
De ahí se revelarían después las fotos
que mostraron los instantes previos al accidente.
(Extractos de la crónica Cenotafio para Gardel,
del libro Cuasi una fantasía, del doctor
Efraín Otero Ruiz).
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