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La investigación de la Contraloría General
de la República sobre el mal manejo de los recursos
de la salud, especialmente por desviación de esos
dineros, es por una parte la continuación de los
escándalos de corrupción que provoca un sistema
de seguridad social permisivo, desregulado, incoherente
en materia normativa y proclive a todos los abusos de posición
dominante por parte de los sectores privados.
Al mismo tiempo, esos hechos materia de investigación
son talvez la mejor demostración de la inocuidad
de la pretendida reforma del sistema con la Ley 1438. Efectivamente,
los críticos de la norma han dicho que en esencia
se mantienen las instituciones básicas que hacen
del actual sistema un fracaso social y que han permitido
la peor ola de corrupción con los recursos de la
salud.
Son los parámetros de este sistema los que facilitan
las prácticas corruptas que investiga la Contraloría.
El flujo de recursos no es claro, ni bien regulado, ni oportuno,
ni el giro directo tiene las suficientes salvaguardas que
garanticen su destinación adecuada; y tampoco hay
transparencia en la relación de entes territoriales,
EPS, IPS y entes gubernamentales, Fosyga, etc. En este marco,
el modus operandi de la corrupción es múltiple
y sólo la conclusión del proceso permitirá
saber las responsabilidades particulares de cada actor.
Todas las conductas irregulares y delictivas que existan
en el manejo de los recursos de la salud tienen que ser
investigadas cuidadosa e imparcialmente, sin miramientos.
Y si en el transcurso del proceso se establece la responsabilidad
de entes territoriales, sean municipios o departamentos,
el peso de la ley deberá caer sobre los funcionarios
cuya participación se demuestre. Ya lo anticipó
la señora Contralora, Sandra Morelli: en los hechos
investigados están involucrados, fuera de las entidades
territoriales, distintas EPS, IPS, ciudadanos particulares
y funcionarios públicos de distintos órdenes,
incluyendo algunos del Ministerio de la Protección
Social.
Sobre el proceso en sí poco nos corresponde conceptuar
a los periodistas y analistas, sin conocer todos los elementos
que obran en los expedientes. Sólo esperar que se
actúe en derecho, conforme al debido proceso y poniendo
la lupa en todos los rincones del sistema de salud, porque
todos los actores del mismo tienen que ver de una u otra
manera con la asignación, administración,
flujo, distribución y aplicación de los recursos.
Pero sí nos compete llamar la atención por
enésima vez sobre la intensificación de la
labor preventiva que debe acompañar estas acciones
de la justicia y de los órganos de control. Y como
quiera que el gobierno sigue sordo a todos los llamados
de la sociedad civil, de la academia, de los expertos, de
los sectores gremiales y profesionales y sobre todo de los
pacientes y usuarios, no queda más remedio que acrecentar
la movilización del pensamiento y de las acciones
legales pacíficas para clamar una vez más
por el desmonte de todos los elementos perniciosos que conforman
un sistema disfuncional, mercantilista, desregulado, caótico
e inhumano, características ideales como caldo de
cultivo para una corrupción sin límites como
la que estamos viendo.
El castigo de los culpables del despilfarro y desviación
de los recursos es importante, desde luego, pero solamente
es una parte del remedio, es algo coyuntural. Se necesita
parar el desangre y ello sólo es posible dentro de
un nuevo modelo de salud. Los rectores del sistema no pueden
seguir pasando de agache frente a esta realidad, ni actuando
como simples bomberos de un incendio que ellos contribuyeron
a prender.
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