MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 11    No. 142 JULIODEL AÑO 2010    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Reflexión del mes

“Si no estáis prevenidos
ante los Medios de Comunicación,
os harán amar al opresor
y odiar al oprimido”.
Malcolm X (Nebraska 1925- Nueva York 1965). Malcolm Little, El-Hajj Malik El-Shabazz, fue orador, ministro y activista de derechos humanos. Es reconocido como uno de los más influyentes afroamericanos (término que acuñó) en la historia. Condenado a 7 años de prisión, se convirtió a la Nación del Islam (NOI), liderada por Elijah Muhammad. Pasó a un eficaz activismo político en defensa de una minoría racial maltratada.

Cambió su apellido por la «X», que simbolizaba el apellido africano original que los negros americanos habían perdido. Su popularidad determinó una rivalidad con Muhammad, que lo llevó a salir de la organización en 1964, cuando conoció planes para asesinarle. Peregrinó a La Meca y se convirtió al sunismo, viajó por África y Oriente Medio, contactó líderes africanos, incorporó a su discurso la lucha contra el imperialismo norteamericano y fundó la organización religiosa La Mezquita Musulmana, y la secular Organización de la Unidad Afroamericana, que proponía un nacionalismo negro. Fue asesinado en Nueva York.

 
Registro electrónico de
datos y vida privada
Se ha insistido en la importancia de la genuina relación médico-paciente: el acto médico, un encuentro particular y reservado entre personas concretas, supone o exige una atmósfera de confianza, de credibilidad mutua. Esto -lo sabemos quienes estamos en la arena clínica- parece apenas un escenario ideal, pues en la realidad, muchas amenazas se ciernen sobre el tema de la confidencialidad y del respeto a la vida privada.

El valor y la efectividad de la relación terapéutica se elevan si ambas partes conocen y guardan los límites en que suceden la confianza, la confidencialidad, el secreto, la reserva. La palabra empeñada y la veracidad son pilares de la buena relación interpersonal. No debieran inmiscuirse terceras personas en esta relación terapéutica. Reconociendo que ello es imposible bajo las actuales circunstancias de la práctica de la medicina, cabe al menos señalar que deben mantenerse mecanismos efectivos que controlen y protejan el acceso de la información clínica a terceras personas que podrían disponer de ella para fines ajenos a lo curativo.
En el complejo escenario de la prestación de servicios de salud se presenta un gran reto para el futuro inmediato: el mantenimiento de la privacidad de los datos clínicos del enfermo. Del mismo modo que se impone una imparable tendencia a las aplicaciones de la tecnología en campos como los de las imágenes diagnósticas o los avances en cirugía de alta complejidad, el uso de fármacos citostáticos y de modificación de respuestas inmunológica y endocrina, también aparece la necesidad de la aplicación de los asombrosos avances en el manejo de la información clínica computarizada, la transmisión efectiva e instantánea de datos, los sistemas unificados de historia clínica electrónica. Todo ello hace parte del entorno de innegables avances administrativos y logísticos.
Sin embargo, el tema de la privacidad no deja de ser importante. Como también sucede con información bancaria, hay amenazas y debilidades reales de los sistemas de acceso de la historia clínica electrónica por parte del personal de la salud. Este tema es tan vital que importantes declaraciones internacionales lo han considerado: el Convenio Europeo de Bioética manifiesta: “Toda persona tendrá derecho a que se respete su vida privada cuando se trate de informaciones relativas a su salud”, y más adelante añade: “Se prohíbe toda forma de discriminación de una persona a causa de su patrimonio genético”. Estas preocupaciones por la reserva en la información son versiones actualizadas del clásico compromiso hipocrático: “Todo lo que viere o escuchare en el ejercicio de mi profesión o fuera de ésta, en relación con la vida de los hombres, si ello no debe ser divulgado jamás, lo mantendré en silencio teniendo tales cosas como secretas”.
Puede haber estrategias para enfrentar estas dificultades: 1) Educación: todo el personal hospitalario debería recibir de modo constante formación en este aspecto; se debe reforzar racionalmente el sentido del respeto a valores perennes de la intimidad y las potenciales consecuencias negativas de la no vigilancia de esta norma, tanto para los enfermos como para quienes las omitan. 2) Seguridad: existen los recursos tecnológicos para afinar métodos informáticos de seguridad, como claves de acceso, diseño y funcionalidad de los sistemas para que los interesados tengan acceso a la información pertinente, con las debidas y apropiadas restricciones. Estos mecanismos deben aplicarse a los sistemas informáticos y a la protección de las bases de datos.
La protección de la intimidad hace parte insustituible de la relación terapéutica. Con tanta razón el pensador español Don Julián Marías escribía sobre la vida privada: “La vida -siempre lo he creído- es ante todo vida privada. Si se la destruye, se destruye la vida sin más, se la despoja de su condición humana” .

 
  Bioética
Hace algunos días los medios de comunicación presentaban con detalles degradantes la querella entre dos distinguidos especialistas: algo que podría calificarse de espionaje sobre procedimientos, substracción o intento de sustracción de manuales de procedimientos, medicamentos, etc. La noticia original no daba más aclaraciones.

Desde cuando el hombre existe la historia recoge conductas similares de disputas mezquinas, pero cuando los actores son personajes que ejercen determinadas profesiones u oficios la publicidad de sus actos crea más desazón, mas incertidumbre y una atmósfera de desconfianza enormemente perjudicial para los profesionales de esa área en general y para quienes reciben en una u otra forma el fruto de su quehacer.
Sin duda que los protagonistas de la infausta noticia son Doctores muy preparados en el aspecto técnico, lo que hace más aberrante la conducta difundida por los medios de comunicación, porque es de esperar que entre colegas con excelente acopio de conocimientos no se explican ni se justifican estos procedimientos.
Este episodio que muchos calificarán de baladí, debe preocuparnos si es el resultado de la información meramente técnica con carencia del espíritu humanístico propio y esencial en la formación profesional y en el ejercicio de la medicina. Es un secreto a voces que algunos educadores en el área de la medicina consideran que el médico, como trabajador de la salud, debe prepararse para laborar bajo las condiciones legales del momento, es decir, formar médicos que sirvan adecuadamente a las entidades comerciales creadas al amparo de la malhadada Ley 100. Obviamente dichos “educadores” no pueden inculcar en sus alumnos el espíritu hipocrático de la medicina, porque aunque ostenten el título de médico o de doctor en alguna especialidad de la medicina, carecen de él. No siempre la vocación de médico tiene como motivación primordial el deseo de servir desinteresadamente al semejante sino -y en los tiempos modernos más frecuentemente-, el afán de prestigio, de ganancias económicas -muy pocas para el médico honesto en general, pero jugosas en otras actividades relacionadas con la comercialización de la atención a los pacientes-.
El espíritu hipocrático, el que debe animar la vocación del verdadero médico, está clara y bellamente expuesto desde el siglo V antes de Cristo en el juramento llamado hipocrático (Hórkos). Destacamos algunos de sus votos: en la época en que el médico era hijo de médico, igual que otras profesiones u oficios que se heredaban de los padres, el juramento enseña: « […] considerar a sus hijos como hermanos míos”», fundamento de la “hermandad médica” que entre nosotros consagra la Ley 23 de 1981 como “juramento” para graduar a los nuevos médicos: « […] considerar como hermanos a mis colegas». « […] haré uso del régimen dietético para ayuda del enfermo, según mi capacidad y recto entender: del daño y la injusticia le preservaré…no daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante sugerencia. Igualmente tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte… lo que en el tratamiento, o incluso fuera de él, viere u oyere en relación con la vida de los hombres, aquello que jamás deba trascender, lo callaré teniéndolo por secreto…En consecuencia séame dado, si a este juramento fuere fiel y no lo quebrantare, el gozar de mi vida y mi arte, siempre celebrado entre todos los hombres. Mas si lo transgredo (sic) y cometo perjurio, sea de esto lo contrario»..
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.

 

 
 











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