MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 113 FEBRERO DEL AÑO 2008    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

 
Apuntes de medicina
que reivindican
la risa en Cervantes y Rabelais

Salomón Castañeda Ceballos
Traductor y profesor de Idiomas - elpulso@elhospital.org.co
En la dedicatoria a los lectores que hace François Rabelais, médico y escritor ilustre, nacido de su libro “Gargantúa y Pantagruel”, hace énfasis en que:
“Si no aprendéis, reiréis al menos;
mi corazón no puede otra materia elegir
al ver el pesar que os consume y mina;
mejor es de risa que de llanto escribir,
pues lo propio del hombre es reír”.
La risa es considerada un factor esencial para el fortalecimiento de las relaciones sociales. Algunos investigadores médicos llegaron más lejos: sostienen que tiene efectos sobre el sistema inmunológico, estimulando los niveles de las células T que ayudan a combatir las infecciones, sirve para reducir la presión sanguínea, reduce las hormonas que producen el estrés, aumenta la flexión muscular. Una dosis de risa influye en la producción de endorfinas, los analgésicos naturales del cuerpo que propician que tengamos un sentido general de bienestar. Según otros investigadores, los seres humanos reímos más durante una conversación que mediante el contacto físico, lo que quiere decir que reimos más en contextos sociales. Algunos pensadores dicen que somos “animales políticos”, otros que “animales de juego”, y algunos más dicen que somos “animales que ríen”.
Algunos pensadores dicen que los seres
humanos somos “animales políticos”, otros
que “animales de juego”, y algunos más dicen
que somos “animales que ríen”
En la literatura existente, cada vez que se refiere una anécdota cómica sobre un médico o un procedimiento médico, lo más probable es que sea negativa en el sentido en que será el saber del galeno el que salga perdiendo; esto cuando no es que enfrenten el saber de un profesional al de un tegua… ¿Cuántas veces hemos escuchado de una cirugía en la cual se olvidaron unas pinzas o un bisturí dentro del cuerpo de un paciente? Y esto dicho así no tiene nada de cómico.
El saber médico en Don Quijote
Miguel de Cervantes tuvo médicos en su familia su abuelo lo fue- y su padre era cirujano-sangrador: conocía, al menos de oídas, sobre el oficio. En “Don Quijote de la Mancha” aparecen pocos médicos, pero el conocimiento que explota Cervantes está basado en dos grandes saberes de la época, que nunca podríamos considerar independientes aunque hayan querido, algunos genios de barba y pipeta, mostrar como irreconciliables: la medicina y la farmacia popular; esta que todo lo cura con las hierbas que se encuentran a la vera de los caminos o en los bosques, a la mano de cualquiera. Todo el texto está plagado de ungüentos, bálsamos; Don Quijote se había convertido en autoridad de muchos saberes; a partir de sus lecturas dejó para la medicina una receta cuyo potaje era tan potente que revivía moribundos y hasta servía para volver a pegar a un hombre que hubiera sido partido con espada, por un gigante descomunal, en dos. “Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide de esta fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el salutífero bálsamo, que en verdad creo que lo he bien menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma me ha dado”. Este es el bálsamo de Fierabrás, y antes había hecho referencia Sancho Panza a un ungüento blanco que servía para detener hemorragias.
Lo que viene después de estar listo tal brebaje es cosa de locos, como lo es casi todo en esta historia genial. Don Quijote lo bebe: ”Quiso él mismo hacer luego la experiencia de la virtud de aquel precioso bálsamo que él se imaginaba, y, así, se bebió lo que no pudo caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido... y apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar, de manera que no le quedó cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito le dio un sudor copiosísimo, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasen solo”. Luego de tres horas de sueño se despierta restablecido de sus dolencias, dispuesto a emprender de nuevo cualquier aventura.
Estas recetas, que según lo aseverado por Don Quijote, vienen de los libros de caballería, son en realidad, muy populares en la época y ampliamente utilizados por gentes de todas las pelambres, especialmente por el pueblo, que conocía bien las propiedades de las diferentes plantas, y de las que no sabía le inventaba su utilidad y le asignaba las que no tenían; al pasar de boca en boca, este “saber” se convertía en autoridad sin haber sido confirmada por ninguna. No hay datos estadísticos de los estragos causados por el uso indiscriminado y sin indicación por parte de un conocedor serio de las características de tales plantas y su conversión a diferentes mejunjes. Recordemos también que a España estaban llegando nuevas hierbas provenientes del Nuevo Mundo, que ayudaban a completar la bien amplia variedad de plantas medicinales: el tabaco y la quina.
En cierta medida, Don Quijote asume un papel:
el de curar a las personas de los males que
les hayan propiciado los bellacos; es casi
un médico preocupado por sanar a la
humanidad y salvarla de los “malos”.
Con la lectura de este pasaje podemos enterarnos la manera como se autorrecetaban los enfermos durante aquella época; claro que no varía mucho respecto de lo que actualmente ocurre…
Recordemos que son más bien pocos los médicos que aparecen en esta obra. Hay otro en la segunda parte, después que Sancho Panza se ha instalado en la ínsula Barataria y está ejerciendo un gobierno caracterizado por su prudencia y buenos manejos de la justicia: nos sorprende que sea él como un sanador, un médico que pretende curar a las gentes del proceder errático de aquellos que han llevado la batuta, de los que han dominado de manera arbitraria las vidas y el destino de las personas bajo su poder. Pero debemos recordar al mismo tiempo, que en cierta medida, Don Quijote asume un papel: el de curar a las personas de los males que les hayan propiciado los bellacos; es casi un médico preocupado por sanar a la humanidad y salvarla de los “malos”.
Este médico es el encargado de velar por la salud del gobernador de la ínsula, en este caso Sancho Panza. La forma como él mismo se introduce deja entrever la calidad de personaje que es: “Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Mal Agüero, y soy natural de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo, a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la Universidad de Osuna.” Una de las cosas más simpáticas de toda estra introducción de nuestro galeno es que es graduado de una universidad menor, que para la época no tenía facultad de medicina
Su labor radica en velar por lo que el gobernador debe y no debe comer, y sobre todo esto último; ya podremos imaginarnos qué puede ocurrir, cuando es una persona que considera que comer es la labor más importante. Todo se lo prohibe, no puede comer, porque todo lo que ingiera le acarreará enfermedades; pero Sancho no está para dejarse manipular su estómago, que es en últimas, lo que él piensa que quiere hacer Pedro Recio.
Una de las características principales que comparten los libros de esa época, es el trato satírico que da a los médicos; la reacción de Sancho ante tanta prohibición no se hace esperar: “...quíteseme luego delante, si no, voto al sol que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar médico en toda la ínsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes, que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas”.
Algunas lecciones de Rabelais
En 1530 François Rabelais se inscribe en la Facultad de Medicina de Montpellier, donde, debido a falta de recursos, solo puede obtener el diploma de Bachiller, más no la Licenciatura. Su primer trabajo como médico es comentar los “Aforismos” de Hipócrates y “El pequeño arte médico” de Galeno, debido a su amplio dominio de la lengua griega; con esto adquiere gran prestigio. La escritura de Rabelais oscila entre el humanismo y la jocosidad mordaz, que se vale de la parodia para plantear los grandes problemas de la época. Su horror al ascetismo, a la superstición, a la rutina y a la ignorancia, y su fe en la ciencia, hizo que criticara a la Iglesia pidiendo una serie de reformas que le relacionan con Erasmo. Rechazó todo dogmatismo y encontró en la razón su serenidad. Su estilo literario posee el gusto por el detalle concreto y pintoresco, y sus obras son un malicioso y divertido retrato de la sociedad que vivía en esa época.
El nacimiento de uno de sus personajes, el gigante Gargantúa, después de pasar cerca de 11 meses en el vientre materno, es una de las primeras exageraciones cómicas a la que nos somente Rabelais. Este largo periodo de gestación, ha sido interpretado de diferentes formas. La sátira nos muestra el poco respeto que el autor tenía por todo tipo de instituciones, fuera la que fuera, incluido el saber médico y biológico de la época.
Tenemos que volver a algunos textos
para reírnos, para reencontrarnos con
la vida, para salvarla, para hacerla
más justa y más vivible.
Adentrándonos en sus textos, encontramos la risa como centro del universo que construye; nunca da tregua al humor ni a la sátira cuando se trata de desmitificar, de lacerar, en parte, los ídolos que se van encumbrado sin darnos cuenta. Cualquier situación puede ser cómica: la muerte, que deja de ser un misterio, el nacimiento, el dolor, la alegría, la religión y sus representantes, el niño que está en la esquina temblando de miedo y de otras cosas.
Hace 510 años aproximadamente nació éste que habría de convertirse, con sus historias y sátiras, en un estandarte del respeto y el aprecio por la vida, en un admirador de la sabiduría popular y en un sabio de todo aquello que emana de la naturaleza, bastante compleja, del ser humano. Entre las anécdotas que se refieren de Rabelais está la del también escritor francés Anatole France: “Siendo el médico de Guillermo del Bellay, al presenciar una comida de este señor, señaló con su varilla un plato que contenía un hermoso pescado, y lo declaró indigesto. Al oír su opinión los criados volvieron intacto a la cocina el pescado, que Francisco Rabelais fue luego a devorar; y cuando el señor del Bellay sorprendió a su médico muy ocupado en esa tarea y le preguntó por qué razón comía de lo que había declarado perjudicial para el estómago, Rabelais respondió: No era el pescado lo que yo señalé con mi varilla designándolo como indigesto, era la fuente que lo contenía”.
Siendo fraile, Rabelais viajó a lo largo y ancho de Francia, y como médico entró e Italia, adquiriendo, además, mucho conocimiento de las costumbres y formas de hablar del pueblo, sus leyendas, sus dialectos, que influirían luego sobre toda su obra. Por su formación científica conocía muy bien las funciones saludables de la defecación; como escritor utilizó muy bien este saber, puesto que sus gigantes, de apetitos voraces eran adeptos a mesas llenas de comida y bebida, además de que regularmente estaban hablando de heces corporales.
François Rabelais siempre aconsejó la risa, la alegría y la bebida: ¿qué sentido tiene la vida si no hay buen vino para beber? Muchos años después de él han descubierto las propiedades terapéuticas de la risa en cualquiera de sus modalidades, pero en especial el de la carcajada. Tenemos que volver a algunos textos para reírnos, para reencontrarnos con la vida, para salvarla, para hacerla más justa y más vivible. Ellos no se equivocaron. Fueron médicos muchos de ellos, otros compartían el respeto por este saber: Miguel de Cervantes, por ejemplo. Pero también grandes escritores que supieron arrancarnos todas las carcajadas, con sus dichos, historias y exageraciones. No tenían punto medio. Y eso lo sabían. El comienzo de la risa es una mentira bien narrada, o más bien una exageración reducida a niveles de credibilidad, pero siempre pensando que lo más importante siempre estará faltando.
Claro que en medio de esto también aparecerá quién, como el comediante Garrick, después de visitar un médico para que le mandara un remedio para curar su gran tristeza y éste le propone visitar a Garrick, le contesta: “Yo soy Garrick, cambiadme la receta”.
 

 

El Ministerio de Cultura celebrará en 2008 el Año de Tomás Carrasquilla, con motivo de los 150 años del natalicio del escritor antioqueño, considerado un autor de talla universal.
La Academia Nacional de Medicina y y el Centro del Pensamiento Creativo, acaban de publicar el libro “Cien años de la medicina en Colombia a través de la comunicación”, dirigido y editado por el reconocido publicista barcelonés, José María Raventós.

La serie “Numb3rs”, que muestra la matemática como algo cotidiano, que nos rodea, intriga, atraviesa y cautiva, es un “peso pesado” de la televisión estadounidense desde hace 4 años y es citada en universidades. Demuestra que la matemática es más que fórmulas y ecuaciones: es lógica, es racionalidad, es utilizar la mente para resolver los misterios más grandes, como delitos, epidemias, seguridad informática.
El diario sueco The Post Och Inrikes Tidningar, el más antiguo del mundo según la Asociación Mundial de Periódicos, dejó de imprimirse en papel, y desde el pasado 1° de enero sólo se publica en su edición digital. Desde 1645, el rotativo publica los anuncios gubernamentales de bancarrotas y compañías.
Con el título “El Deseo, el perpetuo deseo”, Arango Editores reunió la obra poética de Juan Gustavo Cobo Borda en el sexto volumen de su colección, dedicada a la poesía de los mejores escritores colombianos, como Álvaro Mutis, Piedad Bonnet y Mario Rivero, entre otros.

 
 



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