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planta y libto abierto

El jardinero y la muerte: sobre la alquimia del cuidado

Autor
Por: Luisa Fernanda Hincapié
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“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”. Esta fue la primera frase que subrayé esa tarde en la que empecé a leer el libro, sentí sin ningún drama que había encontrado mi epitafio perfecto.

A la mañana siguiente, mientras preparaba el café, seguía pensando en ella. No soy de esa clase de personas que le temen a pensar en la muerte; lo que me desconcertó fue otra cosa: ¿cómo puede una sola oración contener tanto dolor y, al mismo tiempo, tanta vida?

Así comienza El jardinero y la muerte, del escritor búlgaro Gueorgui Gospodinov.

“Metástasis”. “Pronóstico”. “Cuidados paliativos”. Las familias aprendemos a pronunciar palabras que jamás imaginamos incorporar a nuestro vocabulario. Esa posibilidad se ve siempre lejana —eso le sucede al resto—, como si tuviéramos un fuero que nos pone a salvo. Vivimos en una época empeñada en combatir la muerte: la medicina la retrasa, la tecnología la monitorea y, aun así, seguimos llegando desarmados al momento en que más nos necesitan: acompañar a quien amamos cuando ya no podemos “salvarlo”.

Las primeras páginas me hicieron creer que estaba leyendo un libro sobre la muerte. Me equivocaba, estaba entrando en un jardín. Y de eso algo sé. Tengo plantas y conozco su exigencia: la tierra, el agua, la química precisa, toda vida es un juego de alquimia. Mi favorita se llama, curiosamente, corazón herido. Siempre digo que no hay nada más bello que un corazón herido que florece y florece.

El padre de Gospodinov fue jardinero toda la vida. Mientras acompaña su enfermedad, el hijo vuelve una y otra vez a ese oficio, a la memoria que comparten, y así el jardín se va instalando en el centro del relato. Allí el paso del tiempo no tiene la violencia de una derrota, sino el ritmo paciente de las estaciones. Hasta la poda, que a primera vista parece una renuncia, prepara las flores que vienen. La naturaleza no niega la desaparición. La incorpora.

Una frase del libro me quedó resonando durante días: “La enfermedad fuerza a que se den las conversaciones no mantenidas, la intimidad aplazada”. No habla solamente del padre del autor. Habla de todos nosotros. Pensé en cuántas conversaciones dejamos para después, como si el tiempo fuera una propiedad que nos pertenece. La enfermedad tiene esa crueldad y, al mismo tiempo, esa lucidez: despierta de repente la fragilidad de quien siempre habíamos supuesto permanente.

Con el paso de las páginas entendí que el dolor también tiene una extraña manera de ordenar la vida. Quienes trabajan en el mundo de la salud lo saben: en algún punto, las conversaciones cambian. De pronto dejan de importar tantas cosas que parecían urgentes. Hijos preguntando, por fin, aquello que habían callado durante años; parejas que dejan de hablar del tratamiento para hablar, simplemente, del amor; silencios que dicen mucho más que cualquier explicación. La enfermedad no mejora a las personas, pero a veces les devuelve la conciencia de lo que realmente no admite aplazamientos.

Gospodinov no romantiza el proceso ni convierte el sufrimiento en una lección de superación personal. Su escritura es desde la aceptación de entender que el dolor también desordena el lenguaje. En un pasaje del libro admite: “yo, que creo en las palabras, no tenía palabra alguna”. Entiendo esa rendición. Las palabras son también mi oficio, con ellas trabajo, acompaño, nombro aquello que otros todavía no alcanzan a decir. Porque también he descubierto que existe un territorio donde el lenguaje se queda corto. Y, sin embargo, seguimos intentándolo. No para vencer el dolor, sino para que quienes lo habitan sepan que no están solos. Existe un lugar donde el lenguaje deja de servir, y quienes vivimos de él llegamos ahí más desnudos que nadie.

Hacia el final del libro hay una escena que conmueve. El hijo se acuesta junto a su padre enfermo y describe ese momento como una “transfusión invisible de vida” mientras ambos respiran en la oscuridad. No intenta vencer la enfermedad, no hace nada para cambiar ese ritmo pausado, no busca respuestas ni pretende encontrar un camino diferente. Solo decide quedarse. Y mientras leía, pensé que quizá cuidar empiece justamente ahí: cuando dejamos de preguntarnos qué más podemos hacer y entendemos que, a veces, lo más valioso es permanecer en silencio.

Estamos fascinados por todo aquello que puede medirse: la presión arterial, la saturación, la frecuencia cardíaca. Pero existen cuidados imposibles de registrar en una historia clínica: permanecer durante horas al lado de una cama, aprender a guardar silencio cuando ya no hay respuestas o mojar unos labios resecos. Quizá esas sean las tareas más antiguas de nuestra especie, pero sin duda las que todavía nos son más difíciles de aceptar.

Llega un momento en el que todos —médicos, familias, pacientes— comprendemos que el desenlace ya no depende de nuestra voluntad y que el tiempo sigue su curso sin aceptar negociaciones. Lo único que permanece bajo nuestro cuidado es la forma en que acompañamos el camino.

Existen libros que se disfrutan mientras se leen. Otros que jamás nos abandonan después de cerrar la última página. El jardinero y la muerte pertenece a esa segunda especie. Desde que lo terminé, la frase con la que comienza no ha dejado de volver a mí. Tal vez por eso encontré un eco inesperado en Fotosíntesis, cuando Santiago Beruete rescata un epitafio dedicado a un jardinero enamorado de su oficio: “Aquí yace alguien que cumplió su sueño de convertirse en jardín”. Cuenta que, al leer esas palabras grabadas en la lápida, un enterrador comentó, casi para sí mismo: “Si el jardín es la respuesta, entonces ¿cuál es la pregunta?”.

Todavía no lo sé. Pero desde aquella tarde, la pregunta también es mía.


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