MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 290 NOVIEMBRE DEL AÑO 2022 ISNN 0124-4388
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Como todo lo que pasa en Francia, la atribución del último Premio Nobel de Literatura a Annie Ernaux desató toda una tormenta de pasiones. En lugar de regocijarse por el galardón concedido por primera vez a una mujer francesa, buena parte de la crítica (de derecha) deploró que no se lo dieran a un escritor de sus filas como Michel Houellebecq o a alguno ya clásico (que no lo necesita) como Milan Kundera.
A mí, que ya me resigné a no ver al escritor checo recibir el Nobel de Literatura, me alegró la notica porque justamente me encontraba preparando un curso sobre La Place, una de las novelas más conocidas de la escritora francesa, que traducen al español como “el lugar”, pero cuyo sentido es doble y se refiere tanto al sitio físico ocupado en el espacio como a la posición social de una persona. En este corto libro, de apenas unas cien páginas, Ernaux retrata la historia de su padre, que nació en una familia de campesinos normandos, se hizo obrero luego de la Segunda Guerra Mundial y terminó siendo propietario de un pequeño café. Cambió de estrato, como diríamos aquí, y pudo darle a su pequeña hija una educación diferente de la que él recibió.
Contado de esta manera un poco burda, el libro parecería una simple historia edificante centrada sobre su propia persona, pero es, en realidad, una meditación sobre la memoria, la escritura y la pertenencia a una clase social. Todo a través de una prosa límpida, depurada hasta al extremo, que parece quebrarle la espina a la literatura misma y que hace que se arranquen los cabellos los amantes de las frases largas y sonoras. En ese sentido, se comprenden mejor todas las críticas que le han llovido en estos últimos días.
Sus detractores le reprochan sobre todo su “egocentrismo”, porque sus libros están escritos en primera persona del singular y porque hablan de su experiencia vivida. De su padre y de su ascensión social (El lugar, La vergüenza), de su matrimonio (La mujer helada), de su vida sexual y de sus relaciones amorosas (Pasión simple, Perderse), de su aborto clandestino en un momento en que aún era ilegal en Francia (El acontecimiento), del alzhéimer de su madre (No he salido de mi noche) y su muerte (Una mujer).
Uno de esos detractores, que por casualidad escribe para Le Figaro, la llama “papisa de la autoficción”, y considera que “la escritura de lo íntimo”, como han descrito su obra, no es más que una mala conclusión de lectores burdos y rústicos. Salvo que su escritura no es precisamente de la autoficción. O no lo es completamente. Tampoco es novela, pese a que al comienzo de este artículo utilicé ese término. Sus libros, ella misma lo ha dicho en múltiples ocasiones, están emparentados con la sociología, más precisamente con la descripción etnológica. Y, aunque hablan de ella y de su mundo, es sobre este el que se halla reflejado a través de una experiencia singular. Prueba de ello pueden ser los títulos genéricos de sus libros.
En un tomo que reúne lo esencial de su obra, dice con respecto al material de trabajo: “La vida, con sus contenidos que son los mismos para todos, pero que cada uno experimenta de manera individual: el cuerpo, la educación, la pertenencia y la condición sexuales, la trayectoria social, la existencia de los otros, la enfermedad, el duelo. Por encima de todo, la vida tal y como la cambian, la destruyen, la renuevan el tiempo y la Historia.”
Lo que molesta de esto es que, al ligar la literatura a la historia y a las ciencias sociales, Annie Ernaux corroe el mito de cierta pureza de la literatura, al que estábamos acostumbrados muchos de nosotros.
Más allá de eso, molesta el hecho de que hayan premiado una literatura de “abajo”, una que habla de las clases más pobres y vulnerables de la sociedad. Y que lo hace con una distancia clínica, sin concesiones, que le permite presentir los mecanismos del determinismo social, las contradicciones del sentimiento de pertenencia. En sus libros aparecen lugares banales como los supermercados de la ciudad de Cergy, el tren interregional de París, los programas pornográficos de televisión, mezclados con temas más nobles como el deseo, la memoria, el lenguaje.
En una entrevista famosa, ella utiliza el término desafortunado de “vengar su raza” para nombrar su proyecto literario que consiste en retratar con justeza ese mundo al que ella perteneció cuando era niña, y que dejó atrás cuando se convirtió en profesora, sin, por lo tanto, lograrse adaptar completamente a la nueva clase acomodada, sin lograr dominar su sentimiento de “vergüenza”.
Molestan finalmente, y, sobre todo, en el país de los derechos del hombre, de la igualdad y de la libertad, sus posiciones políticas de izquierda y su militancia en favor de los derechos de las mujeres. O su feminismo a ultranza, según algunos. Sus opiniones en cuanto al velo y su maniqueísmo político que separa de un lado los buenos y del otro, los malos. Su oposición al presidente Emmanuel Macron y su simpatía con el excandidato presidencial Jean-Luc Mélenchon, con quien salió a marchar pocos días después de la atribución del premio en contra de “la vida costosa”.
En todo caso, la polémica desatada por el Nobel de Literatura parece darle razón a Ernaux, pues lo que está en juego no es simplemente el gusto de cada uno, sino la imagen que una sociedad se forma de sí misma. ¿Y qué mejor ejemplo para demostrarnos que esa imagen no es ni santa ni uniforme, sino la lucha de grupos para tener un derecho de representación?.
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